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| Novio a la vista. Berlanga. Playas de Benicasim. 1954 |
Trabajar
no nos asegura que vayamos a vivir mejor. A pesar de que han pasado ya 50 años
de la feria Alimentaria, que se celebra en Barcelona, cada día es mucho más
caro llenar la cesta de la compra. O el carrito, porque hoy todo va sobre
ruedas, cuando no por los aires, sin que entienda por qué nos ha dado por llenar el cielo de bombas, como si fueran los juguetes de la infancia, y las calles de procesiones, la ópera del pueblo,
la tragedia a pie de calle, la lágrima y la saeta, la fascinación por la muerte
y el dolor. Y así hasta que llega el domingo y la vida se convierte en una oda a la torrija, regada con el vino, que
nos deja una neblina que oculta la verdad y deja al descubierto la
mentira, porque, ese día, el verso se pasa
la mañana correteando por el alma y el romance atravesando el corazón, sobre
todo al entrar a la taberna vestidos de nazarenos. Al salir, ya anochecido, nos
topamos con ese hombre anónimo que se arranca en plena calle, que se encara hacía el paso, y de repente siente los siete dolores, el silencio y el “quejío” de un pueblo que
canta sus penas, que son muchas. Música y ritual, y un sonido ronco y
desgarrador que sube desde la esquina al balcón, donde quedan inmortalizadas las emociones.
La
mirada microscópica del arte, representada en Arco, y los ecos de Cahiers du Cinéma, setenta y cinco años
después, lejos del cine radical de Gus Van Sant, con esa aventura formal donde
se terminan las palabras y la narración se diluye para dejar paso a una
experiencia construida a base de gestos,
silencios, cuerpos y movimientos por el espacio. El cine como el rumor de la
sociedad, que se prepara para unas vacaciones, si el tiempo no lo impide. Días
de luz y regocijo, y del cambio de la hora, que nos anunciará de madrugada la
orgía de la carne, la orgía visual, el desnudo, los desnudos de Francis Bacon,
en los que parece que no queda humanidad, sin distinción de sexos, y con muchas
sensaciones inquietantes. El arte, la obra de arte que nos hace vulnerables,
más frágiles, si cabe, y que genera debate en estos tiempos en los han
vuelto los fascismos, el cuerpo en esta sociedad del
espectáculo, del maquillaje, que oculta el rastro humano, la baba que va
quedando por donde pasamos..., el rastro de la destrucción.
Estamos
a punto de entrar en abril y ya estamos pensando en la jarra de cerveza. El mar al fondo
y el chiringuito sobre la arena, al que acudimos con los pies descalzos y las
gafas de sol. Georgie Dann le hizo una canción a un chiringuito como si se la
hiciera a un caserío. Era una forma de buscar una sombra donde corriera el aire
y la birra, mientras llegaba un espeto
de sardinas asadas, recién perfumadas con un poco de cítrico. Y entonces, “ya
no importa nada…, nada”, la voz de Luz Casal, “si me quieres o me engañas”, porque
en ese instante la vida cobra otro sentido, y el mes, tanto que hasta el perro
se ha dado un baño en las aguas saladas y los niños han construido unos cuantos
castillos y puentes sobre la arena. Los niños de cincuenta años, no te vayas a
creer, porque el hombre siempre está reconstruyéndose, modelándose para el
futuro, por lo que pueda venir, o por
esos momentos bucólicos sobre las arenas movedizas, la lucha de gladiadores y
romanos, y con las multitudes invadiendo las costas, y las olas jugando con la orilla al “me quedo
y me voy”, donde el mar igual trae
un latir que se lleva otro, sí, porque
el mar está a sueldo de la naturaleza y toca todos los días unas melodías
maravillosas. Y, en cuanto llega la marea baja, sale a saludar y saca pecho,
sin mendigar una limosna. El mar tiene su orgullo. El mar de los mares, por
donde se zambulle el espíritu de las sirenas y de Ulises, camino a Ítaca, que es
un lugar que no está en los mapas, sino en nuestra memoria. De regreso a la
rutina, volvemos a nuestros pensamientos, entre lo que
somos y lo que seremos…, el niño yendo hacia el adulto o el hombre intentando
imitar al héroe. Y llega el momento de elegir. Ninguna patria nos convence,
pero hay que elegir. Necesitamos más tiempo, pero no hay tiempo… De pronto, nos
viene un flash a la mente y…, ¡zas!, decidimos quedarnos. Al despertar, caemos
en la cuenta de que todo es un sueño y que estamos de vacaciones. ¡Qué alegría…! La frase
sale sola -“¡Camarero…! ¡Una jarra de cerveza bien fría, por favor”. Cuerpo con cuerpo. Mañana seguro que salimos
en los periódicos.


1 Comentarios
¡Buenísimo!
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