Regresa la silueta, la apariencia y sus
sombras. Regresan los límites, el dibujo exterior, que
repasamos. Quedamos a disposición de las
formas, que ocultan lo indescriptible. Se impone la textura de ese bosque
interior, que es el alma. El diseñador, con tal de presumir de su obra, de vez
en cuando se da un capricho y retuerce el modelo, lo deforma, los
destruye, le da otro aire, creando una
figura inesperada, desconcertante, pero milimétrica, maravillosa, bellísima,
que define ese interior como nadie, como nunca hasta ahora lo definieron, de
tal modo que, cuando emerge el interior y sale a la superficie, el aplauso es
atronador: por los deslumbrante del diseño, por la sincronía, el equilibrio…, una
obra con todas las de la ley y con todas sus puertas abiertas para que entremos
a ese museo íntimo donde se expone la
verdad. De nuevo las formas que nos
definen y nos representan. El cubil y la horma, en una imitación perfecta de
nuestra caverna, en la que la magia se convierte en mito.
Nadie
nos conoce. Y eso nos salva de los demás. El secretismo nos avala y nos
defiende de la burla, más la orla, que
cubre los desaciertos, que son muchos, la misma que nos echamos por encima del
hombro, siempre tan desnudo.
En el
interior suena la música, más la letra, escrita tras los amoríos con la vecina,
aquella rubia de mi adolescencia, la que me hizo sudar la gota gorda cuando le
tuve que escribir unas cuantas líneas con sentimiento, una de aquellas cartas rematadas con la firma
y el lacre, la vitola del amor, pero, al no tener a mano una barrita, lo hice
con una gota de sangre, porque aquella rubia se lo merecía, aunque después me
dejara en la cuneta, que fue donde descubrí lo que había sido amar, sin
prejuicios, también sin egoísmos, yo y
la rubia, Luisita… Si supiera lo que la
echo de menos, aunque, siendo sincero, creo que nunca hubiésemos llegado a
nada, pero, en aquellos días, esa nada
era más que suficiente. Me conformo con poco, porque lo pequeño siempre se hace
grande, inmenso y, aquel metro sesenta de rubia, al acercarme, se convertía en
una escultura gigantesca, en un homenaje
a las formas, casi perfectas de la vecina, iluminadas con su mirar azul
azulado, eterno, que me hacía salir de casa corriendo para verla y echarme en sus
brazos, que eran el ramaje sobre el que dormían los enamorados, y yo lo estaba. Y ahora la extraño. Y la extrañaba entonces. No solo era deseo, sino conexión. Me sentía a
gusto a su lado, asomándome al interior de su caverna, tan inquietante. Nos
pasábamos la tarde recorriendo laberintos humanos. Toda una aventura. Cuando ella
entraba en mi órbita, lo primero que hacía era saludar a mi alma, con la que se
llevaba muy bien. Le gustaba pasear por ese terreno baldío e ir sembrando
trocitos de afecto. La ternura me convirtió en un hombre. Al terminar la siembra, dejaba por
los rincones algunas palabras muy diminutas. Yo no las veía, pero cuando
sonaban dentro de mí eran como una llamada urgente, un fogonazo de sentimientos
y deseo, porque todo ese arsenal de cosas pequeñas, comenzaban a hacerse tan grandes
que solo cabían en el alma. Y ahí se quedaron para siempre. No puedes
decirle a alguien “te quiero” y que no
suceda nada. “Te quiero” es una frase que se graba con el hierro candente.
Cuando alguien te ama de verdad, has de saber que no saldrás ileso de esa
batalla. Y que todo pasó pero todo quedará. Y que serán las formas las que
ocultarán las heridas para que no se vean. La historia, nuestra historia, en
manos de las apariencias, como siempre, que no le dejarán salir al ego, a ese
bufón de la corte, para evitar las risas.
Regresan
los estores y los cortinajes que revisten nuestras ventanas o nuestra vida; regresa la decoración de
interiores para dar otra imagen, sobre todo cuanto tenemos abierta la
ventanilla de atender al público, por donde nos traen los papeles de nuestra
existencia, los papeles y el papelón, los de la fiera y los de la figura
humana, monólogos continuados, hasta llegar a la última voluntad, al armario,
que es donde están las ropas y el ropero y el bisoñé, donde está la cascara y
la yema, o sea, el huevo recién puesto, ese
espacio donde suenan las trompetas, la verdad, con sus formas.


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