CRÓNICAS PARALELAS


 

La mañana, arrogante, y el desayuno, un recetario de cocina. Se hace difícil interpretar los tiempos. Cada día amanece una versión más compleja que la anterior. El café no sabe a qué atenerse: frío o caliente; americano o expreso. La bota de vino anda colgada en el hueco de la escalera. Y el plato fuerte son dos tostadas con tomate que parecen dos azulejos del baño que hay que cambiar. Más la radio, porque he puesto la radio para evitar sermones, que igual hace amistad con Ella Fitzgerald, que se salta la escaleta y el orden del día y riega el desayuno con un concierto de arpa. La mayoría casi siempre empiezan y terminan en Händel, ya que al músico alemán le gustaban esos sonidos angelicales, ese vínculo que hay entre el cielo y la tierra, como pone de relieve  su Concierto para arpa en si bemol mayor, donde suena el trabajo musical de siglos. Es lo único que logra distraerme  en la mañana.

El pueblo a las órdenes del clero. El mandato viene de las altas esferas, que los del mono azul cumplen a rajatabla. Las trompetas anuncian el apocalipsis, por si alguno tenía en mente salirse del redil. Tocan para que se reúnan todos en el plató de televisión, que va a empezar la grabación urbi et orbi. Es un ensayo general. El perdón de los pecados se llevará a cabo en directo, cuando tenga lugar el oficio ante los arrepentidos. La palabra, en estos casos, se convierte en concepto. No viene de la galaxia, que es donde ruedan las películas con efectos especiales, sino de un púlpito que hay en el cielo, cuya ubicación es secreta. En cuanto llega la palabra de los domingos, se pasa de las ideas a las imágenes, mientras algunos asistentes, embelesados, se tocan con la punta de los dedos la medalla que cuelga del cuello. La puesta en escena abre el corazón. Luego, ya en casa, imprimen la foto elegida. Vivimos en la sociedad del ego, hasta el punto que ésta se adora a sí misma en cada uno de esto actos. No es amor, es egoísmo, el culto a la imagen, a la contemplación y al fetiche, los privilegios de las apariencias, la apuesta por lo superfluo.

Suena la alarma de la cocina. Los huevos duros ya están cocidos. Me esperan unas empanadillas semicirculares. Crujientes y saladas. En el Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago de Compostela, que data de 1188 al 1211, hay una empanadilla esculpida en piedra. O sea, que no provienen de Móstoles, a pesar del numerito de Martes y Trece, sino de los persas y los egipcios, o tal vez de los árabes. De todos un poco. Dos bocados…, y puedes dar la vuelta al mundo con esa mirada cosmopolita que tienes, porque lo otro, lo que traen las noticias, me da a mí que tiene mucho de falso, y que debajo de esa capa neutra o indolente hay otra algo más cruel y menos tranquila. El sentimentalismo se instrumenta según la partitura que se toque a eso de las doce del mediodía. Es la forma de legitimar los acontecimientos. 

Con las temperaturas tan elevadas y a dos semanas de la llegada del verano,  se impone la búsqueda de un oasis antes de que salgamos ardiendo. El oasis es la dicha, el regalo, sobre todo esos que tienen las aguas color esmeralda. Hay que volver al regocijo, a ese estado profundo donde conectamos con el gozo de la vida,  a ese juego de luces y sombras que nos encandila cuando lo contemplamos. Hay que volver a la gota de sudor, a la gota de agua, al remanso del silencio y de la belleza. Perdernos  para encontrarnos en un sueño de palmeras, de riscos al fondo, de un chorrito de agua que nos susurra confidencias. Lejos del sermón, del mapa que nos han puesto sobre la mesa esta mañana, al desayunar, sobre cuál será nuestro destino. Lejos de la luz que nos hace prisioneros, de la fe que nos encierra en las mazmorras (la droga eterna), de la sangre que es vino, del cuerpo que no existe, de la celda donde la muerte espera a los cautivos. Quiero hablarle a una planta, a las dunas, a la lagartija que se pasea por la arena, y meter los pies en el interior de esa tierra árida, y quemarme, sentir las batallas que ganamos bajos nuestros pies, bajo las raíces de los escasos cultivos salvajes y libres, y quedarme dormido vigilado por un sinfín de estrellas en un cielo estrellado. Y la palmera como péndulo del viejo reloj de arena que marca la hora en el desierto. La hora, nuestra hora, que ha llegado, sentados frente a un cactus, que contemplamos, de nuevo en el refugio, que nos induce a reflexionar, a posar nuestra mirada sobre las cosas que nos rodean, las más simples, las más importantes, y las más bellas. No hay barrotes, no hay ventanas, no hay monserga, no hay despachos o luces que se apagan, no hay boato, pompa ni ostentación. Y puedo ver cómo mi rostro se refleja en el agua tranquila. Y saber, al menos, quién soy.




 

 

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1 Comentarios

  1. Qué buena crítica de esta sociedad y sus egos, frente al placer de las pequeñas cosas y a la fuerza de la naturaleza.
    ¡Impresionante!

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