Hoy toca hacer de tripas corazón y alejarse en la medida de
lo posible de la necedad que traen los tiempos, la vieja memez que cautivó las
conciencias y las desnudó para siempre, por donde entra y sale la merienda que
se van a tomar esta tarde después de la siesta, a la sombra de los árboles, que
no se chupan el dedo. Bajo el cielo hay un mundo construido con cuerpos como
bajo el mar está el mundo del coral. Uno quiere ascender a las alturas y otro
vivir sumergido en las aguas. Uno necesita fe y otro paz. La fe es la interrogación,
el anzuelo para poder explicar el arte de la pesca. Hay cola en las orillas,
pero no hay peces para todos. Las estrellas se han puesto de huelga, al conocer
los papeles secretos. Han echado cuentas y han optado por la rebeldía. No están
para iluminar los bordados blancos del poder, sino para guiar a la gente, que
sigue formando hordas sin saber adónde va. La fe siempre nos lleva hacia el
enemigo, que trabaja hasta de noche y se infiltra entre los disidentes. Hemos perdido el norte. Nos quedan tres puntos cardinales
en los que apoyarnos, de ahí la cojera. Todo ocurre a la luz del día. Los
labios que cantan son del color de la sangre, que durante siglos tuvo mucho efecto
llamada. Se venden libros y doctrina. Todo al peso. Cuidan todos los detalles,
incluso que no haya viento para que no se levanten las faldas ni las enaguas
y pueda quedar al descubierto la farsa, el hombre que manipula al hombre, que lo despoja de su
dignidad, que lo tira al aire como un pelele
y lo caza cuando está cayendo. Todo
transcurre en un abrir y cerrar de ojos: un soplo sobre el alma cándida es más
que suficiente para que esté preparada y pueda recibir la bendición a través de
la aorta, que viene a ser la vía por donde se riega
toda la huerta. En ese instante, la letra, la vanguardia, el poeta, salen volando, o huyendo, rumbo a otro cuerpo que no esté dispuesto a hacer de conejillo de Indias y se
deje apresar por lo divino.
Vuelan los poetas y las mariposas evitando los núcleos
urbanos y a los intelectuales como Nabokov para no ser apresados. Huyen indefensos
y asustados ante la que se avecina. La mariposa ha optado por detenerse en una
flor y el poeta en una silla de mimbre. La tropelía está ensayada, como era de
suponer. La gloria no deja nada al azar. Los caminos que quedan no son más que
cuatro láminas románticas por donde todavía queda espacio para volver a dibujar
al hombre nuevo, su actitud, su batalla, su mirada unánime, de respeto al orden
natural.
El poeta y la mariposa se han pasado la noche hablando. Al siglo
todavía le quedan momentos dulces para
compartir un trozo de tierra y poner cuatro letras de un poema en el fuego. Sin
fotos, sin cámaras, sin testigos, sin dioses. Así jugábamos también cuando
éramos chicos. Era una guerra de botones, sin más. Nos tenía hechizados, por
ejemplo, la magia del cuarzo, cuando buscábamos torrecillas por el cerro San Jorge. O pinturas rupestres en La Cueva del Relojero, donde no había
un reloj sino estalactitas, que eran las verrugas de la montaña, la obra de orfebrería
del agua, que andaba por allí seduciendo a la tierra, al mundo del neolítico y
de la Enciclopedia, que nos hablaba de muchas cosas de “aquí abajo”, de las
viejas bodegas del subsuelo, de los lagos interiores y subterráneos de aquel paraje, que, tan chicos como éramos,
nos daban respeto, por no decir algo de miedo, aunque se parecían en mucho a
los sótanos de las casas, donde estaban las trébedes, la jaula de los
caracoles, el embudo…, y un sinfín de cachivaches que se utilizaban de uvas a
peras, sin que tuviésemos que preguntarles qué hacían allí, o a nosotros qué
hacíamos allí metidos en el vientre del mundo, de la tierra, enamorados de
ella y de la "milana", que siempre
sobrevolaba nuestras cabezas cuando salimos de los adentros de los cerros.
Pienso escribirle una carta a la inteligencia y otra a la
imaginación. Voy a preguntarles qué les parece todo este guirigay que se ha
montado con la visita de un señor que dice
representar a un ente. La empresa en cuestión la fundó Constantino en el año
313, tras el edicto de Milán. No tiene buques de guerra ni aviones. El producto
que vende es la fe. Y al jefe no lo he visto nunca vestido de paisano. Dicen
que se llega por vocación porque se trata de cosas “muy trascendentes”. La "milana" le ha hecho un guiño a Don Quijote y éste a Sancho. Se oye una voz en la
penumbra y, de pronto, hay un revuelo de autoridades. Todos en un puño en la catedral para la foto.
Cuánta ironía.


1 Comentarios
¡Buenísimo!
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