EL ECLIPSE


 

Seis minutos de oscuridad y un espectáculo irrepetible. Un momento histórico en el que la Luna cubre al Sol como si lo poseyera en un coito fugaz, en directo, algo que ya contó Jerzy Kawalerowicz, el director `polaco, en su película Faraón (1966), una historia sobre la manipulación de las masas, cual rebaño, en la que nos habla de la fe y la renovación, que, en estos tiempos,  como cualquier otra manifestación popular,  siempre acaba en un consumo desaforado. Después, toca regresar a casa y a la realidad, donde la oscuridad es diferente. Aunque también queda una segunda opción, tumbarse a la bartola en medio del campo para ver a las perseidas, esos granos de polvo que entran en la atmósfera a mucha velocidad. No son estrellas, a pesar de que a ese fenómeno se le llame “lluvia de estrellas”, sino que, cuando las esas partículas se evaporizan, se convierten en estelas luminosas, llamadas  Perlas de Baily. Las perseidas son las lágrimas de San Lorenzo cuando lo estaban quemando en la parrilla, pero aquí tenemos la costumbre de llamarle lluvia a cualquier cosa: lluvia de estrellas, lluvia de millones…, lluvia de meteoros y lluvia de albóndigas, otra película, en este caso de animación, Angry Birds (2016), dirigida por Clay Kaytis y Fergal Reilly.

Seis minutos para vivir la eternidad provistos de unas gafas homologadas ISO 12312-2 con filtros solares. Magia y venta, como en las películas 3D. Todas agotadas. Magia por tan solo 3 euros. Barato, barato.., amigo. Llévese tres y pague dos. Top manta o acudir a una óptica. Esas son las opciones. Incluso hay propuestas selectas diseñadas para disfrutar del eclipse de una forma única, irrepetible, en un ambiente visual adecuado, perfecto, con música y una gastronomía exquisita (la música es para evitar que se oiga la declaración de amor que le está haciendo la Luna al Sol, llena de erotismo y sensualidad, mientras le pide matrimonio, un acto que concluye dibujando en el cielo un anillo gigante. Una confesión que  no escuchamos porque los códigos de  la moral reinante nos la ocultan tras una melodía, como los grandes almacenes nos ocultan sus propósitos entre la música ambiente). Todo para grupos selectos, espacios de confort y una atención personalizada; zonas chill-out llenas de artistas, conocidos, famosos, invitados vip y telescopios.

Canciones, banda sonora y ambientazo. Desde Jordi Savall a la música ochentera; desde Pink Floyd a David Bowie, mientras dejamos caer unas cuantas lágrimas entre viñedos, presos de la emoción. Lágrimas artificiales mientras suena Martín Urrutia, “Cuando el Sol bese a la Luna”, un tema que vio la luz el 12 de agosto, día del eclipse, un día para los cazadores de estos fenómenos, que recorren el mundo por unos minutos de oscuridad. Persiguen el instante preciso, el silencio repentino, ese momento en el que se produce hasta una caída de la temperatura. En realidad, lo que buscan estos observadores es la sombra de la Luna: de Libia a Mongolia y de ahí a la Antártida. Son los amantes  de la sombra: “umbraphiles”. Lo difícil no es encontrarla, sino conseguir que nada se interponga, como por ejemplo las nubes. Todos acuden a la cita. Llegado el momento, no pueden evitar que se les ponga la piel de gallina. Es lo que tiene un eclipse: dura unos minutos pero, la afición de perseguirlos, dura toda la vida.

Hoy es jueves, el día después, el de la ciencia ficción o de la realidad más pura. Ayer repicaron las campanas y hoy también, porque ha habido toques a muerto: se trata de una señora con un carácter imposible que dormirá para siempre sola porque el marido no quería estar enterrado junto a ella. Hoy volvemos al presente y nos enfilamos hacia el futuro con la mirada todavía puesta en el horizonte. Volvemos a mirar al cielo porque se anuncia tormenta y granizo, y la uva, ya enverada, espera ser recogida cuanto antes. El día se hace noche y la vida vuelve a echar mano de la magia. Amanece y nos quedamos a solas con el número trece, que es otra sombra. Sombra aquí y sombra allá, maquíllate…  La canción de La Movida, con ese cielo de cristal por donde la naturaleza nos trae los eclipses. Mundos de fuera y mundos de dentro, espacios entre los que intentamos buscarle un  sentido a la vida para que ésta no se quede tan vacía. El caso es llenar  de la mejor manera posible esa oquedad, ese vacío, porque todo vacío genera muchas dudas.   

 



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