LA MAGIA DE LA SEDUCCIÓN



 

Tras la seducción de ayer jueves vuelve la calma a los caminos y a los campos. Los conejos a sus anchas y las golondrinas dándose un banquete: más de ochocientas moscas en un solo día. Atracón. La luz natural recrea la atmósfera e ilumina el análisis sociológico del entorno rural donde la seducción es un desafío, porque toda seducción no es más que un camino por el que, a medida que avanzamos, aprendemos a reconocernos.

Ha desaparecido la magia del eclipse, pero ha llegado la magia de la seducción, el arte de seducir y ser seducido, atraer y ser atraído, esa fuerza dual que termina convirtiéndose en una danza, en un tango interminable, donde, cuando menos te lo esperas, en ese tête a tête,  aparece el erotismo, el mundo de las emociones, el diálogo orgánico entre los cuerpos, tan sugerente, y tan bello, porque toda seducción genera una estética.

Vuelve la emoción a los campos,  a las viñas y a los barbechos, mientras transitamos esos caminos polvorientos con un calor sofocante, hasta que optamos por detenernos bajo la sombra de un pino piñonero, que, con su altura, seduce  a ese cielo azul azulísimo. El pinar es un clamor de chicharras. Los machos cantan su “Novena” para atraer a las hembras. El sofocante calor los excita. Llegado el momento, esos sonidos se convierten en una canción de amor, hasta tal punto que atraen a alguna que otra mosca parásita, tanto a hembras como machos. Brian J. Stucky asegura que cuando suenan los cantos de las chicharras es como si sonara un CD de Barry White, de tal modo que, a ciertas horas, el árbol en cuestión parece un bar de solteros.

La luz de la mañana coordina el canto. Cantar por amor y no para llamar al agua, que caerá cuando tenga que caer, tal y como está el tiempo.  El paisaje se muestra en toda su majestuosidad: por la mañana, en prosa; y, por la tarde, en verso. El calor ha obligado a algunos caminantes a poner el alma en reposo. El alma lleva unos días muy ajetreados. Entre el eclipse y lo de Ceuta, nuestro interior se ha convertido en una cocina sentimental, con todas sus contradicciones. El menú ha pasado de 12 euros a 15 y con flan de huevo, de postre.  Al terminar, la siesta con el  personaje de Fausto, el momento en el que se enfrenta a su creador, Goethe, asegurándole que, lejos de los misterios, hay que buscar la verdad desnuda, puesto que los hijos de las tinieblas aborrecen la luz. Una línea, en plena siesta, que nos lleva a Parsifal, la ópera de Wagner, que se basó en un poema épico medieval del siglo XIII, una de las versiones más celebras del Grial,  escrito por Wolfram von Echenbach. Mitos y verdad. Y luz. Seducción, amor y belleza. Todo a la vez en una verano demasiado caluroso, mientras echamos una cabezada.

El viento agita la cebada  antes de que entren a segar las máquinas y la pantalla le dé un enfoque más humano a la vida. No hablamos de un espectáculo, sino de la vida misma. El viento agita los ánimos sobre todo cuando suena el himno, que unos quieren  sin letra y otros con ella. Del “Lo, lo, lo…”, al  Prieta las filas…”.  El viento que sopla y la luz que sigue subiendo. Sube la temperatura y la bilirrubina. También las expectativas de las encuestas. La vida es un mar de índices: índices del consumo, de la masa corporal, del conocimiento, del bienestar, de la salud…  Vivimos muy pendientes de cuantificar lo abstracto. Nos pasamos el día transformando la experiencia humana en datos, indicadores y resultados. Muchas operaciones de aritmética, pero las cuentas no nos salen nunca. Lo único que sale es el pitido del afilador, tan antiguo, que ha detenido su motocicleta frente a mi casa. Por cierto, hubo un afilador orensano, José María Rodríguez, que hizo varias grabaciones interpretadas con su instrumento, que unos llaman el “chifro” y otros el chiflo. Curiosidades de la vida, años después, estos sonidos llegaron a oídos del arreglista Gil Evans y éste, completamente hechizado, se los mostró a Miles Davis, quien quedó cautivado por la conexión que encontraba entre esa música ibérica y el blues, y decidió reinterpretarla con su trompeta en el inicio de The Pan Piper, tema incluido en el mítico álbum “Sketches of Spain”.

Vuelve el verano del vino y las estrellas en las noches de blanco satén. Vuelve lo de fardar, ser o no ser,  un verbo que ha sido rebautizado como “flexear”, o sea, presumir,  diseñar la puesta en escena de cada una de nuestras salidas coreografiando el postureo…, hasta conseguir darle otro color y se le parezca en algo al de Sevilla, que es tan especial. Llega la tarde y, después de hacerse un Eyeliner de ojos,  lo que impone es fardar con naturalidad, aunque hoy sea un viernes cualquiera. Lujo y buen ambiente, y mucha apariencia. Del selfi a mostrar una vida extraordinaria,  aunque,  en este caso, la chica en cuestión (la fardona) se esté muriendo por dentro. Bombo y platillo, y mucha pose, donde van a parar todas las miradas de la concurrencia. Egos y saber estar.  Flashes, instantes, y fidelidad a uno mismo, que es la especialidad de la casa, “tron”, que no se diga, fiel a uno mismo hasta la muerte, desnudo y en pelotas y recién levantado, sinceridad ante todo, aunque luego te juzguen por las cuatro fotos que has subido a Instagram.





Publicar un comentario

1 Comentarios

  1. Como nos mostramos y quienes somos en realidad …
    ¡Muy bueno!

    ResponderEliminar