La vida es una fotografía o un álbum de recuerdos, de la que cada día escribimos una página. Hay días de mucho ajetreo, en el que se acumulan las experiencias y llenamos dos o tres hojas. Páginas para recordar. Texto e imágenes…, huellas de nuestro paso por la vida, que, en algunos momentos, más que una fotografía, es un escenario en el que se acumulan los recuerdos, puesto que la vida, a menudo, funciona como una obra de teatro donde los recuerdos son la parte principal de la obra, que, después de caer el telón, aún sigue intacta. Existimos gracias a esa memoria individual. Y por eso decidimos ponerla a buen recaudo y guardarla. Ahí están personas que entran y salen de nuestra vida; lugares de nuestras idas y venidas; y los múltiples objetos que se han ido acumulando a lo largo de los días. Con todo eso, podemos hasta conformar una narrativa: para recrear el pasado, sólo es necesario echar mano de los recuerdos, que son el hilo conductor. Pero, hay veces que, en ese álbum, tan solo buscamos una fotografía: la que más carga emocional tiene. De todo cuanto hemos vivido, solo necesitamos ese instante y no otro. Al dar con la página y ver la foto, nos rompemos en pedazos. Hay fotografías poderosas. Inolvidables.
En
esas fotografías del álbum, hay puertas que se abren, miradas que se cierran,
frases que quedaron en el olvido, afectos que se perdieron por el camino… Éramos
jóvenes; Juli Mari, guapísima; los primos gemelos, como dos calcomanías; la chica, con "impedines" (irritaciones en la piel); Cloti, con paperas; y el perro moviendo el rabo y sacando la lengua. Pero, a veces, aquella vida era también como
el teatro de lo absurdo. Corrían los sesenta. Así lo acuñó en 1961 el dramaturgo Martín Esslin. En la sociedad se reflejaba la
angustia de la condición humana moderna. Sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial.
Muchos rompieron con el realismo tradicional. La existencia se convirtió en una
espera infinita: esperábamos metas que nunca lográbamos alcanzar. Así lo puso
de relieve Samuel Beckett con su
Esperando a Godot. Diálogos repetitivos, vacíos y superficiales. La rutina,
el bucle infinito y, tanto el futuro, como el progreso, no eran más que ilusiones
aparentes. Ha pasado el tiempo y nada ha cambiado. Y eso es así porque la vida
es cíclica y todo en ella se repite. Vuelve la tragedia con tintes de comedia,
vuelven aquellos tiempos en los que se entrelazaba lo ridículo con lo trágico.
Situaciones que generan un gran vacío y, por ende, el auge del fascismo. De
nuevo la locura y el caos. El fascismo saca la violencia de las entrañas de los
hombres. El teatro del absurdo, surrealismo y psicoanálisis, sueños que nunca
se podrán traducir con palabras y que se quedarán sobre nuestra almohada como una
sonrisa estacionada. Estaciones que ya no volverán, momentos de gloria,
maravillosos, felices, y otros vividos en el infierno. El álbum, los álbumes de
nuestra vida, los recuerdos, el valor que tienen los recuerdos con el paso de
los días. Fotos de los abuelos, del
primo Julián, de la tía Encarnita embarazada de Mari Luz… La comunión de mi madre, vestida de blanco; y mi padre, en la
mili, vestido de soldado de aviación. Fotografías que nos hacen decir alguna
palabra que otra, presos de la emoción. La vida, la boda de Juanita, y los
recuerdos que aparecen de súbito mientras no dejo de mirar por la ventana,
donde estaba el patio y las cuerdas de tender la ropa; y los geranios; y el infiernillo o cocinilla de petróleo para guisar, llena de polvo. Personas en blanco y negro, alguna Polaroid
y recuerdos con aquel Kodacolor
insuperable. Tonos cálidos y saturación selectiva, película con grano, con
acento familiar. La ascensión y caída de una leyenda, la Kodak, conocida como
el "gigante amarillo", fundada en 1881 en la ciudad de Rochester, que daría para muchas páginas: -“Usted apriete el botón, que nosotros hacemos el resto”. Ése era su
eslogan. La vida en un clic, la vida en un ¡ay!, historias y dulces recuerdos
de aquellos años entre niños y párvulos en las escuelas de las monjas Trinitarias, con el flequillo por la frente y un escapulario que colgaba como una estampita tambaleándose tanto o más que la vida. Archivo de pérdidas y alegrías, de risas y abrazos. También de alguna mirada
furtiva, que no pasó desapercibida por aquel entonces.
La
fotografía de nuestra vida, que no siempre salía perfecta, nítida, a foco. Aquel
viaje a Alicante con el maestro, junto a mis compañeros. Entre ellos, algunos
amigos también , ahora algo difusos o en el olvido. Instantes. Amores
platónicos y furtivos, tras el despertar sexual, cogidos de la mano en el Castillo de Santa Bárbara, entre cañones y, al
fondo, el mar Mediterráneo. La memoria de la historia en aquella fortaleza ubicada en
la cima del monte Benacantil, donde, años después, Joserra, el amigo de los
amigos, el artista multidisciplinar, encontró la muerte al resbalar y caer al
vacío. Estuvo unos días muerto en la ladera del monte, hasta que lo encontraron. Habían dado cuenta de él los animalillos. Una historia rabiosamente
triste, que, cada vez que la cito, no puedo evitar que me embargue la emoción. Ahora mismo, no me
salen ni las palabras, pero sí el respeto y la admiración por aquel muchacho
con pintas del Che Guevara, alto y guapo, que reía como un indolente. Un
abrazo, bro.



1 Comentarios
¡Buenísimo!
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