La
mañana viene fresca y el camionero, que acaba de despertarse y abandonar la
cabina del camión, se lava la cara con el agua de una botella de plástico. Es
lo que tiene despertarse en los alrededores de una gasolinera. Hay quienes duermen
de pie, apoyados contra una de las ruedas delanteras. Está amaneciendo en la ciudad, allá a lo lejos. Hasta aquí llega el rugir de ese animal dormido,
aunque una ciudad nunca duerme. La ciudad, que, a estas horas, es como una ladera del Ngorongoro, en Tanzania, donde se puede ver a un ciudadano o a una
cebra con el pijama a rayas, mientras se escucha cantar a Ana Torroja Hoy no me puedo levantar o Perdido
en mi habitación, recetas para ir espabilando y dejar de esconderse en los
rincones de la vida. Tiramos la raya sobre el cabello como si fuera una jugada
de billar, en tanto que ellas cogen la diadema porque no les ha dado tiempo a lavarse la
cabeza, y salimos moribundos hacia el tajo, que no es un río, sino el destino al
que opositamos. Vamos de la almohada al curro. Con corbata o sin
ella. Con alfiler o sin alfiler. La familia, bien. Gracias.
Es
lunes. Parece que ha cambiado el tiempo: hace fresco. Y hace un rato ya que ha comenzado
el espectáculo de ver amanecer, al que muchos asisten en soledad desde la
ventana o yendo al trabajo en bus, donde los pasajeros se ignoran unos a
otros. El dinero les obliga a ir a trabajar dormidos y recién duchados, un grupo de braceros honrados metidos en el
transporte público, donde viaja el músculo que necesita el sistema, la máquina, que anda levantada desde que apareció la luna por el horizonte. Algunos van perfumados para eliminar ese olor a proletario que hay
en el ambiente. La luz de bajo consumo se detiene en unos rostros llenos de desencanto.
Nadie lee. La mayoría va mirando el móvil. Otros, los menos, miran por las
ventanas las luces difusas de la ciudad. Pasa una ambulancia a toda velocidad
con la luz de la sirena girando sobre sí misma. El ruido se apodera de la mística y trae la realidad más candente. Más de treinta años cotizando para después
tener derecho a una pensión, a una ensalada, un flan de huevo de postre y unos días en un balneario para que nos den media docena de masajes. La piel necesita sus cuidados como los
necesita el jamón, sobre todo el tocino, que es lo que le da sabor y lo que
alimenta, porque la piel y el jamón son otras de las pasiones, por eso, al
tocarlos o comerlos, se enciende la memoria, esa memoria melancólica del otoño
que nos lleva a la lágrima fácil, al último capítulo de ayer, cuando
recordábamos nuestra juventud, corriendo delante de la pasma por un día de
libertad sin ángelus.
El nuevo siglo ha marcado una profunda
transformación de la sociedad. El tiempo y la memoria parecen detenerse en un mundo
en el que nadie puede escapar. La vida es un retrato por donde asoman
los vapores del subsuelo y de quienes viven a contracorriente esperando a que
pase el expreso de medianoche, que es el tren de la verdadera libertad, una
palabra que se ha quedado sin definición, sobre todo a la hora de salir de la rutina, toda
una aventura, porque la vida sigue siendo un juego en el que se puede ganar o
perder, o alcanzar un sueño sin tener que disculparnos a cada momento, para lo
que se nos exige, en primer lugar, que crucemos las fronteras de nosotros
mismos, porque ahí fuera, lo que queda…, lo único que queda es la furia, las calles llenas de odio,
las paredes llenas de grafitis y un montón de personas que hormiguean por las
calles para llegar a fin de mes. Solo hay que ir a las tripas de los barrios y
ver a grupos de muchachos cobijados en la oscuridad de la noche. Es
el relato crudo, el drama social, esos personajes que conviven en un universo
que ha fracasado. Es el relato de extramuros, de los agujeros negros, de los
que es muy difícil escapar. Rostros esculpidos sobre la miseria y una sociedad que
se va por los desagües, sin que sepa cómo enfrentarse al destino, que es una
palabra a la que le pegan fuego con el mismo
chisque con el que encienden el
cigarrillo que se meten entre los dedos. No hay respuesta para las dudas; no hay
preguntas. Preguntar es de aficionados. Es
la lucha por la subsistencia, de perros, de hijos de puta, de zumbaos, de estar
pendientes de la pela, de la tribu, de mirar por las rayas que tienen las
persianas de las casas, de los mitos, de la vieja vida.
Amanece
un lunes como el de hoy. Ese es el título de este drama maravilloso. Amanece en
las vísceras de la existencia, amanece en la cuenta corriente ―con dos cifras
menos, ya que han cobrado la luz y el gas―, amanece en el hemiciclo de la
carrera de San Jerónimo, desde donde se escuchan los tambores de guerra o los
tambores lejanos de la tribu por una ley justa de la vivienda, tras el affaire
de Mari Carmen, que somos todos. Han pasado la noche tranquilos, durmiendo en
las tiendas de Decathlon, con veinte euros para desayunar, más la tarjeta de
crédito. Proclamas al viento y pancartas, tras las que se esconden algunos
espías de los fondos buitres. La pela tiene sus secuaces, con tal de
desestabilizar. Se turnan como en los hospitales. No sabemos los días que va a
durar la acampada, que siempre empieza en un drama y termina siendo una comedia de enredo. Hay quienes se han
traído una manzana para desayunar, que es la fruta del paraíso. La manzana
quita muchas asperezas en esa rivalidad humana, tan eterna. El tiempo amenaza lluvia. En cuanto empiece a
llover, el agua borrará muchas culpas. El agua es un camino lento, pero seguro.
Por la función se han pasado algunas caras conocidas de la cultura. Han hablado
a la luz de las linternas y parecían luciérnagas dando la buena nueva. Es lo
que tiene ser un príncipe: que no te desaloja nadie. Como dice Villarroya, “cuidado con los pastores del rebaño “.


1 Comentarios
Muy bueno!!!?
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