LA TERTULIA DEL VERANO




Uno no lee algo para saber de ese algo, sino para llenarse por dentro.

 

En el bar El Figón, acaba de dar comienzo la tertulia sobre la reforma agraria, aunque muchos, con los bolsillos llenos de desesperanza,  piensan que las cosas ya vienen impuestas desde Bruselas. Así opina Daniel Pintado, que hoy se ha pasado de la raya con el alcohol, intentando olvidar los problemas. El jornal del campo no le da para comer. Y no siempre hay jornales. Está algo nervioso y preocupado por la situación. No quiere verse pidiendo limosna. Lo que propone la Unión Europa no son más que migajas: pan para hoy y hambre para mañana.

Se ha pedido un vaso de vino, pero prefiere bebérselo en la calle. No quiere oír nada de lo que dicen cuatro indocumentados que, cada vez que hablan, es como si dispararan al aire. Daniel quiere ver resultados, avances…, y no arreglos de mierda que no son más que una golosina para distraer a los pobres.

Le ha dado otro sorbo al vaso de vino, pero a él lo que realmente le gusta es coger la botella de vino y beber a morro, que es como mejor se aplaca la sed. En ese momento, siente en el paladar cómo el fragor del vino tinto de la tierra se lleva para los adentros la ansiedad. Beber a morro es un ritual de desobediencia, igual que comer con las manos. Es otra manera de explicar el mundo, de levitar ante un trago o un cacho de queso. Todo eso se ha perdido. Ni tan siquiera se utiliza la mano a la hora de detener un eructo. El vino a morro entra como la sangre penetra en la aorta. Así piensa un hombre al que no le gustan los aplausos, sino las cosas bien hechas, un hombre que acaba de despedirse de la noche y del vaso de vino, y que ahora camina tranquilamente hacia su casa sin tener a quien apretarse a la hora de dormir. Duerme solo; vive solo. Y se llena de felicidad al saber que no nació con la vocación cambiada. Se siente orgulloso de ser agricultor, de poder comer de la fuerza de sus brazos, como otros compañeros.

Se oye ladrar a un perro. La noche es un cuadro en el que un perro tiene miedo. Sus ladridos enfrían el resplandor de la luna. Cada cual interioriza su impaciencia como sabe en esta sociedad decadente, que sigue teniendo la duda en su seno. La duda es la coartada secreta de cualquier biografía y un sustantivo que viene a explicar el mundo de hoy, tan convulso. La noche, sigue siendo bella y profunda,  incluso se podría asegurar que hoy viene algo húmeda, con tal de mantener fresca la verdad, que siempre huye de la imaginación, de esa actriz que improvisa mucho sobre el escenario y se queda desnuda como la madre que la parió cuando le parece. La imaginación es la soledad de la inteligencia y no es la primera vez que ha tirado las llaves del alma a la basura.

La mañana trae la palpitación fresca en medio del patio con el agua del pozo sobre la cara para ahuyentar la resaca de anoche, antes de comenzar a echarles de comer a los animales. A Daniel Pintado no se le pegan las sábanas. Tampoco a muchos otros vecinos que enderezan el camino de los viñedos antes de que el sol caiga a plomo. El pueblo tiende la mano hasta llegar al río. Entre los árboles se mueve una brizna de viento. El murmullo de las chicharras es constante. La naturaleza vertebra sus lenguajes para que todos se entiendan, incluidos los enemigos, aunque recela de nuestra vida barroca, y de nuestras banderas, pero sobre todo de nuestro individualismo.

Los lenguajes suelen cambiar de lugar constantemente: igual los escuchamos a las orillas del río que junto a una estantería repleta de libros, donde Emilia trata de reunificar dos baldas repletas de ejemplares de la literatura norteamericana, que están manga por hombro. Y mientras los recoloca, su imaginación va tras los pasos de ese corazón que hace unos días salió por la puerta con el libro de Martin Eden. No quiere ilusionarse más de la cuenta o que se le note, pero no puede evitarlo. El chico es un diamante en bruto. Y no quiere volver a equivocarse y meterse rápidamente en una relación por dejar de estar sola. Desde que terminó Hispánicas, ha tenido dos relaciones y dos trabajos. La primera, fue agua para beber; en cuanto a la segunda…, era un juego de intenciones donde no cabía una mano enamorada como la suya. Nada más terminar los estudios, comenzó a trabajar en la librería de El Corte Inglés. Después, y este fue su segundo trabajo, pasó a un grupo editorial del que prefiere no decir el nombre.

A medida que coloca los libros, va organizando también sus sentimientos. Siendo honesta, no deja de pensar en todo lo que pasó, todo aquello que vivió o dejó de vivir por si acaso todavía queda algo en la penumbra de la memoria, de aquel pretérito emocional. Cuando echa una mirada atrás, no puede evitar esbozar una sonrisa llena de ironía. Ahora, cuando está a punto de colocar en la estantería el último libro, Pastoral americana, de Philip Roth, sus ojos vuelan hasta una pequeña claraboya que hay sobre su cabeza por donde entra la luz del atardecer, que convierte las dudas en uno de esos colores valientes que ayudan a encender la hoguera, a pesar del calor. El verano trae algo metido entre sus días y éste se lo ha dejado colgado en el techo de la librería por si desea aceptarlo.

 

Sobre las once de la mañana, los nogales de la carretera cobran un canon por darle sombra al ganado de Laureano. Hoy es un día de verano con todas las letras. El sol es fuego. Un enemigo viene a sustituir a otro. El mundo se ha puesto histérico y el cuchillo, tan cerca como está del corazón, provoca un grito, que no se calma ni con el chorro de agua fría. Esas son nuestras señas de identidad. Y nadie se arrepiente de nada. La calle de enfrente está en obras y no tiene espacio para la protesta. Llega el momento de la palabra, lenta y solemne, el discurso corto y la loa, mientras el nudo de la corbata sigue aflojado y la realidad tirada por los suelos. Son algunas de las noticias que escucha Laureano en el transistor, portátil y a pilas. Podría utilizar el celular, pero le gusta más el transistor de siempre. Es más creíble, según este pastor moderno y salvaje, que pastorea con el rebaño de sol a sol, entrando en los campos de rastrojos para que coman las ovejas.

Los vecinos se pinchan en el alma con las agujas del humor para despertar si es necesario hasta a los muertos, ya que, estos, algunas noches se declaran en rebeldía, sobre todo los que murieron sin esperar, ya fuera de repente o en un accidente. Los otros, están más predispuestos a la llamada del cielo… Por eso, algunas noches, el cementerio se llena de ruidos extraños. Las ánimas golpean la madera de los ataúdes o las urnas, como protesta. Se fueron con la madeja, sin decir  todo aquello que querían decir. Y ahora ya es tarde. Muchos quisieron llevarse todo al otro mundo. Lo que no sabían era que, al enterrar tantos secretos, el cementerio se quedaría sin espacio. La vida no suele durar mucho. Los pueblos tienen la palabra. Y los hombres, su voz. Pero  a menudo, sin un porqué razonado, unos y otros callan. O enmudecen por mandato divino, como enmudeció durante años el púlpito de la parroquia. El miércoles pasado se marchó el cura párroco, don Federico, homosexual confeso, próximo al Opus Dei. En este pueblo duran menos los curas que los presidentes de la Cooperativa Vitivinícola. En el último lustro, ha sido uno por año, sin contar con don Fulgencio, que no llegó a durar ni un mes. Claro que aquel, según la Curia, era un cura rojo y, los curas rojos, solo tienen cabida en las asociaciones de barrio, en las oenegés, en alguna fundación o casándose con alguna monja clarisa que haya abandonado los hábitos. Se va un guerrero de Cristo Rey y viene un jesuita; llegó un franciscano y salió un agustino o un benedictino que, en realidad, era dominico y lo guardaba en secreto por aquello de que los dominicos eran “los sabuesos del Señor. Los pueblos, o estos pueblos, tienen en su organigrama o en sus vísceras una guía espiritual para que se cumpla con el mandato divino, que es un mandato terrenal que acaba en un hoyo o en algún que otro agujero de la naturaleza, porque una cosa es la palabra escrita y otra el compromiso, muy lejos del espíritu de la ortodoxia, que siempre se pasa antes por la cuenta corriente de cada feligrés.

 

Unos que vienen y otros que se van, como se van lo días, esas páginas de la vida encharcadas de miserias por donde asoma, tras la ventana, la lucecita de la lámpara enchufada en pleno verano de algún que otro intelectual, raro e intratable, que nada en su propia sangre, al margen de cualquier suceso diario. Los intelectuales de la comarca andan escondidos en sus zulos y alejados de la vida social,  evitando mezclarse con la plebe para que no se manche su inteligencia, ennegrecida por la humedad de sus casas o por su ignorancia. La mayoría iban de anacoretas que opositaban a obispos y se quedaron en peones solitarios del ajedrez. El marfil siempre tuvo un precio muy alto, así como el mármol del tablero, cuyas casillas parecen los ladrillos de la cocina de las casas señoriales, donde en vez de jugar al ajedrez se juega a las damas con los platos de porcelana. La soberbia ha creado muchas aves de rapiña dentro de la cultura, aves que se pasan el día con el pico metido en la copa de wiski poniendo a remojo sus sueños y sus ínfulas de superioridad, mientras el reloj de la muñeca les va dando la hora de salida, cuando ya se les ha acabado el tiempo. El reloj es el que realmente gobierna la vida. Así lo entendieron los suizos. De ahí que, para seguir siendo neutrales, que no lo son, se quedaran con la mayoría de las patentes. Otros países optaron por los diamantes, pero estos no dan la hora. Entretanto, los progresistas,  andan metidos en sus trincheras de burgueses recalcitrantes; y  los republicanos,  en las barricadas. Los primeros, van a la ducha con el batín de algodón; y, los otros, con el semblante serio. El agua les quita protagonismo, pero no logra hacerles entender cuál es el verdadero significado de la vida, se perfumen o no después del afeitado. Cuando les da por cantar en la ducha, no sale música sino doctrina rancia. No aprendemos; no avanzamos. La silla de la barbería sigue dando vueltas como la luna al sol. Se inventan los países mirando el libro de Geografía, gobernándolos con cualquier receta de cocina, desfasada en el tiempo. Siguen instalados en el fracaso, en el tren en vía muerta, olvidándose de los nuevos aires que trae el siglo. La gente lo que espera es tener algo creíble entre las manos donde poder leer su destino, sin trampas… ¡Ah!, y que la llave abra, que esa es otra…

 

 


 

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