LA TEMPORADA VIENE FEMENINA


 

Por la mañana temprano, el cielo se pone monárquico, después provinciano y, a partir de las doce, cambia a municipal. El cielo cambia de color como los políticos de chaqueta, harto de ser la techumbre de tantas pillerías y de hacerle el juego a la seducción, que en estos días se desborda por los campos y los pinares: los machos haciendo de pavos reales y las hembras de emperatrices, contrayentes que se aparean desnudos y sin esperar a la tarta nupcial o a la noche de bodas.  La temporada se va poniendo femenina mientras espera que a los barbechos y a las viñas les terminen ese traje verde que te quiero verde, entre la lluvia y el sol, ya que no siempre se ponen de acuerdo en estos menesteres ni en el día de la entrega de los ropajes. Los trapos definen bastante al individuo y a las cepas de los majuelos, porque cuando se quedan desnudos enseñan la genética, la raíz y el ADN, de dónde viene el ejemplar que se analiza y de quién es hijo, o nieto…, y, en el caso de las viñas, de qué planta o plantel cultivado en semilleros fue injertado…, y todas esas explicaciones que hay que dar, por otro lado, nada sencillas. Y en esas estaba Daniel Pintado en el Ventorro, cuando, de pronto, Matías, se quitó el puro Reig de la boca y le dijo:

—¡Qué sabrás tú de injertos, Daniel, siendo un híbrido como eres!

—No sé lo que quiere decir esa palabra y si me estás insultando, pero…

—¡No le hagas caso a este…! —dice Violante, el dueño del bar, que está muy atento a la conversación—. Lo más redondo que ha visto en su vida ha sido un huevo de gallina.

La palabra se enreda en las conversaciones mundanas y, cuando se rescolda en el pasado como si se rescoldara en el brasero, salen a la luz tiempos perdidos en la memoria, asuntos indignos y recuerdos que se quedaron detenidos en el aire. La vida de los hombres no es lo que se ve, sino lo que hay debajo. Por eso no hay respuestas fáciles a la hora de juzgarlos. La mujer ya es otra cosa. A veces, en un matrimonio, la mujer es el filtro por donde se desliza el marido para conseguir lo que él solo no puede lograr. El problema viene a la hora de aceptar esas carencias. La mayoría se van con todas esas incógnitas a la tumba. Algunos, como le sucedió a Camilo Giralta, buscaban el momento de quedarse a solas para tirarse al pozo que había en el patio de la casa. No soportaban que su esposa fuese dueña de su ineptitud. Lo que realmente no soportaban era sentirse manipulados. Las mujeres han sido las mejores escultoras de todos los tiempos. Han pulido el mármol y al hombre quitándole la parte salvaje, la necedad, y le han aportado algo de inteligencia y elegancia a la parte más viril, que a menudo se hundía en la oscuridad de la habitación. Así lo entendió Emilia la primera vez que descorrió una cremallera. La película era una comedia de enredo, Snatch: Cerdos y diamantes, pero el verdadero enredo estaba en la butaca del cine. Mario, el chaval, desde aquel primer momento, se quería ir a vivir con ella. Tuvieron tiempo de tranquilizarse, ya que, en aquellos encuentros esporádicos, llenos de entrega y pasión, Emilia, pensando en cuál sería la mejor manera de bajarle los niveles de testosterona a aquel zangolotino que trabajaba de aprendiz en un taller mecánico, se agarró a su melena, larga, rubia y salvaje, y, en cada grito, en cada orgasmo, que era un clamor de clamores, en aquellos encuentros góticos, que sonaban a metal y llenos de energía, le fue quitando la corteza con sus rugidos de pantera. La primera noche que durmieron juntos, no tuvieron sexo. Estuvieron largo rato hablando, desnudos. Al apagar la luz, se dedicaron una sonrisa inocente y tierna. La guerra de la carne, sensual y explosiva, los había convertido en dos guerreros que se admiraban. Habían encontrado el amor en la batalla, haciendo de las heridas una necesidad vital y del triunfo la razón por la que seguir. Y ahí los tienes. Es la pareja más coherente que se puede encontrar en el pueblo. Lo suyo fue un acto de bondad, de gratitud, de entrega…, de pasar sin llamar, de saber esperar sin pedir nada a cambio, cogiéndose con las manos pequeñas y con las grandes, con todas las manos, como si fuera la primera vez, su vez, en una mañana intensa por donde siempre se paseaban los besos. Hablo de la obra secreta de dos desconocidos, que ahora tienen hijos, trabajan y, ante todo, siguen haciendo amistad, tras años de casados.

 

Hubo una época en la que, por la comarca de La Tagardilla, se puso de moda  tener un aprendiz o varios en los talleres, no solo de mecánica, sino de carpintería, así como de otros gremios: herreros, fontaneros, chapistas, constructores, jornaleros del campo, encofradores… Normalmente, el aprendiz raramente superaba al maestro (aprendiz de mucho, maestro de nada, decía un refrán). No fue el caso de Mario, que, tras estudiar electrónica del automóvil en sus horas libres, que eran pocas pero muy aprovechadas, superó con creces a su maestro, al que, llegado el momento, le daba sopas con onda, que diría don César, un maestrillo de escuela, vago y sibilino, que desayunaba un vaso de café con leche y galletas a mitad de la clase. Aquel empresario, que además era su instructor, se había quedado algo desfasado ante el avance de la tecnología locomotriz, mientras que el conspicuo epígono había conseguido con su inteligencia silenciosa un peritaje en mecánica. Llegado el momento, el joven comenzó a rebasar a su mentor solo con pisar un poco el acelerador. Y decidió irse. Se fue para montar un taller en las afueras del pueblo.

Emilia sigue limpiando el escaparate de su librería La Goma de Borrar que, en estos tiempos que corren, es un oficio que tiene algo de generosidad y mucho de romanticismo. Para ayudar al negocio, los libros comparten espacio con carpetas, paquetes de papel, lápices, mochilas del cole, rotuladores…, todos esos productos propios de una papelería. Es la fórmula para poder resistir. Un librero, como le gustaba decir a Héctor Yanover, es alguien que cuando descansa, lee y, cuando pasea, se divierte en las vidrieras de otras librerías. En una librería todo puede suceder. Y sucedió. Fue el día en el que entró a la librería un muchacho muy apuesto buscando el libro de Jack London, Martin Eden. Se lo quería regalar a su hermano, unos años más joven que él. Pasaron al interior de la tienda, ya que los libros se hallaban bajo una especie de bóveda en la profundidad del local, todos revueltos, conformando una Capilla Sixtina de la sabiduría. Y allí, entre la tranquilidad y el silencio, sucedió lo que tenía que suceder. Mario no podía dejar de mirar a Emilia, que una y otra vez lo envolvía con su voz aterciopelada, con sus gestos, con aquellas manos que volaban delante de sus ojos como palomas…, mientras iban escribiendo una pequeña historia muy parecida a la que contenían aquellos libros que se apilaban en aquel cuartucho interior de aquella librería tan coqueta.

Mario salió por la puerta de la librería con el libro en cuestión en la mano y con una cita para ir al cine. Estaba feliz. Acababa de conocer a la mujer de su vida. Así lo pensaba. La conocía de verla por el pueblo, pero nunca había tenido la oportunidad de hablar con ella. Fue su voz lo que le cautivó. Aquella tarde, detenido en un ladrillo, inmóvil, se sumergió en aquel río de palabras rodeado de montañas de libros, que, dicho sea de paso, Emilia controlaba a la perfección sin necesidad del ordenador. Tenía una forma muy divertida y particular de buscar cada ejemplar. Quizás se debiera a la pasión que aquella chica tenía por los libros. Desde el primer momento, Mario no dejó de leer en la frescura de los labios de aquella muchacha que tenía frente a él. Y así fue cómo nació ese viaje, esa conspiración silenciosa del amor.

 

Los viajes no suelen tener un idioma concreto. Hay quienes viajan silenciosamente por la periferia cósmica buscando a Dios para rezarle sin articular palabra. Rezan con la memoria. A veces se confunden y se pasan horas rezándole a un lucero. El discurso del rezo tiene mucho de política. Los curas hacen política con sus sermones y con sus plegarias, tan orquestadas por los escribanos del Vaticano. A Marabela le gusta ir andando hasta la ermita y rezarle en secreto a la Virgen. El rezo de Marabela cobra fulgor con la luz que entra por las ventanas de la ermita. No suele interrumpir el rezo aunque entre gente a la nave de cruz latina. Ni aunque se sienta observada. Le gusta recitar el oficio divino sin fisuras, sin parones. Cuando termina, vuelve a santiguarse. No se santigua por respeto, sino por miedo. Los cielos tienen sus servicios secretos, también en la tierra, donde hay abiertas unas cuantas oficinas. No se fía ni de la ropa que lleva puesta. Le llama el fervor que le tiene a la Virgen de Loreto, no así a la liturgia de la parroquia, que tiene algo de circense, y le desconcierta un tanto. A ella le gusta su Virgen, la Madre que protege a los que aman las soledades y el aire puro, que forman un manto en el que resguardarse. Todas las semanas se acerca hasta la ermita para rezar en silencio, como a ella le gusta. No mueve ni los labios. Expresa a su manera sus sentimientos y su fe. Son mensajes misteriosos. Siempre con las manos juntas y los dedos entrelazados con devoción.

La doctrina tiene sus colores y sus adeptos. Lo eterno siempre es excesivo y suele generar un halo de dudas, del que huyen las almas errantes por miedo al castigo. El miedo como símbolo de todo esclavo, y Maravela, con su fundamentalismo, lo era. Lo que tal vez ella no sabía era que la fe es un rayo que destroza la libertad.





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