En aquellos tiempos, la
familia, como sabemos, no se podía romper, hasta que un día llegó el divorcio.
Los rojos, cuando se separaban, se repartían las sartenes y el cesto con los
hilos, las agujas y los alfileres; los de derechas, al romper el matrimonio…,
ella se llevaba la capilla de la Virgen y él la máquina de escribir. La antena de
la televisión, tan alta como la luna, como dice la canción, se quedaba en el tejado de recuerdo: “Quisiera ser tan alta como la luna, ¡ay, ay…!”.
La luna hace que las noches sean más bonitas y más
cortas, o más llevaderas, porque, sin ella, se eternizan. En la soledad de la
habitación, muchos, sin saber qué hacer, se abrazan a sí mismos como si se
abrazaran a la vida, ya que la noche trae recuerdos muy oscuros y todas las
réplicas que tiene la muerte. Nadie quiere decirle adiós al tiempo hasta que no
se consuma como la colilla del cigarrillo que, al final, termina apagándose sobre el cristal de la
mesilla de noche. Blas Martínez, una de estas noches, va a salir ardiendo. Fuma
más que cuando va conduciendo el camión, donde los puros toscanos caen por
docenas. Huele a puro, a banquete de bodas y a tugurio, a una de esas timbas
secretas donde el humo es el hilo dramático de la historia. Fumar y jugar, maneras
distintas de morir, aunque sea a cámara lenta. El humo se acumula en el cuerpo
y el juego también. Ambas cosas encogen el alma y la ponen a bailar un
pasodoble con la muerte. A la muerte le gustan los pasodobles. También todos
esos estafadores, ya que tienen mucho vicio y son presas fáciles.
Ladra un perro. A lo lejos se oye el ladrido de un perro.
Es otro de los rituales, antes de dormir. Cada uno de los animales buscan un
refugio donde pasar la noche, respetando el territorio: el gato en los bajos de
un coche; el perro tras una gran maceta que hay en un chalet de las afueras;
los pájaros en los árboles de la carretera; el autillo entre las ramas de los
castaños de la plaza; los gavilanes entre las campanas de la torre de la
iglesia…, y la luna quieta como un clavo sobre el vacío de la noche, cambiando
los reflejos del ayer por otros nuevos. Fátima,
una bereber que vive en la calle “Salsipuedes”, al
ir a cerrar la puerta de la calle y mirar al cielo, ha exclamado:
―¡Mohamed, hijo,
ven…, corre… Mira, la luna se ha vuelto loca… Se ha puesto unas gafas de sol!
Era la voz secreta de
la noche la que había insultado a la luna porque a esta le había dado por
improvisar, saltándose el ciclo. La noche, tan oscura como el alabastro, no
quiere testigos, ni lunas díscolas. La noche lo que necesita son víctimas,
tener un batallón de gente débil a la que acojonar con sus jueguecitos para
que, cuando llegue la madrugada, estén rendidos a sus pies. La noche es uno de
los verdugos de la vida.
A la mañana, cuando
arranca el día, la luz anaranjada, o la luz de lo cotidiano, invade los pasillos de las casas por donde va
y viene el drama diario, repleto de cuadros falsos y feos, o de algún bodegón
copiado mil veces, que rompen la pureza de las paredes blancas, sin gotelé,
lisas y níveas como el tiempo que está detenido en ellas, porque el tiempo
nunca cuenta con la muerte, una vez que ya está asimilada. En los pasillos de
las casas hay un tiempo místico, silencioso, como en los monasterios o en los
conventos, porque la familia es otro drama interior que se examina todos los
días ante los dioses. La única que queda a salvo es la golondrina, que sigue
las leyes de la naturaleza.
En el chalet que se
hizo don Jacinto en la calle de Las
codornices, también hay un
pasillo muy largo en el que, desde hace unos años, al poco de terminar las
obras, se metió una golondrina y ahí sigue. En el día a día, entre mosquitos y
moscas, se come unos ochocientos bichos. Luisa, la nieta que heredó la casa
cuando murió su abuelo, cree que este animalillo trabaja en la contrata del
control de plagas del ayuntamiento. El chalet es un monolito acristalado donde
nunca ha habido intimidad. Y no por las transparencias, habituales en este tipo
de construcciones, sino porque el señor era un exhibicionista y andaba todo el
día en pelota viva, mostrando al mundo los efectos de las dosis de cuerno de
unicornio en polvo que se tomó a lo largo de su vida. Se las traía de África un
patrón de cabotaje que trabajaba en el Puerto de Valencia en eso de los barcos
con la empresa Boluda, si bien la mayoría de viajeros y naturalistas aseguraban
que este animal solo existía en la literatura y que lo de don Jacinto era otra
cosa, un empalme gracias a la Viagra, que un buen día lo dejó fulminado en
medio del pasillo. La golondrina, del susto, salió volando, y él se quedó
tendido en el suelo decúbito supino. El pájaro salió sin más por una ventana
que estaba entreabierta y el muerto por la puerta en un ataúd. Uno en busca de
la vida libre y el otro, el finado, en busca del unicornio, porque hay
ilusiones que no desaparecen con la muerte y se quedan revoloteando en el
aire…, tan cierto como que también hay momentos que nos separan para siempre
del ser o del Yo. Para don Jacinto el Yo era su chalet o un falo en erección.
Toda su vida estaba presidida por lo que tenía o por cuanto podía exhibir.
Tener es un verbo muy vedette, rubio y transformista. El otro, el verbo
ser, suele crecer en las zonas húmedas de la soledad. Es muy parecido a los
hongos. También a los sindicalistas, que siempre buscan el lado débil de los
trabajadores para hacerles el carnet del sindicato. Hasta las religiones suelen
tener sus sindicalistas, que no siempre están de rodillas en los reclinatorios
o en el humilladero. Y esto no es nuevo porque ya viene definido desde la
antigüedad. Y al que se sale del croquis o del dibujo, rápidamente lo
convierten en un demonio o en modisto de alta costura. Es el precio a pagar por
la rebeldía. El negocio no lo pueden poner en peligro cuatro díscolos; el
negocio debe continuar.
Casimiro, al salir de
trabajar en el almacén de coloniales, casi anochecido, se pasa por El Figón, un bar que regenta Pepe el
Pupas en la calle “Topueser”, y
se pide un chato de vino tinto y aceitunas con sosa cáustica. Hay veces que,
entre trago y trago, a Pepe, el dueño, le da por subirse en un barril vacío de
cerveza y se canta una saeta. En esos momentos, El Figón se pone solemne, por no decir eterno. Al tercer chato,
Casimiro sale hasta la calle para leer bajo la luz de la farola que hay cerca
de la puerta del bar. Suele leer novelitas de Marcial Lafuente Estefanía, un
toledano que, al acabar la Guerra Civil, empezó a escribir en la cárcel, porque
decidió no exiliarse. Enrique Jardiel Poncela, le decía: “Escribe para
que la gente se divierta; es la única forma de ganar dinero con esto”.
Casimiro siempre lleva alguna novelita en el bolsillo de la chaqueta, sobre todo
del Oeste. No le gusta llegar pronto a casa y ponerse a discutir con Águeda, su
mujer, que siempre tiene dispuesto algún “pero” en la punta de la lengua o un “pronto” a punto de explotar dentro del
corazón. Para él, lo de leer bajo las farolas no es una gallardía, sino una
costumbre tan necesaria como respirar, además de ahorrar luz en casa y marcar
distancias con la rutina familiar. Casimiro no está solo. En la localidad hay
cuatro aficionados, puntuales a la cita con las novelas de Marcial Lafuente. Y
cuando no sale uno a la calle para leer, otro tararea en el interior de la
taberna un fandanguillo de Huelva con toda la felicidad que bulle en su cuerpo.
Llega el primer acorde y la presentación, no sin antes dar otro trago al chato
de vino: se trata de Ángel, un veterinario jubilado, al que le gusta el
morapio, la guitarra y el flamenco. Es feliz en su propia fiesta, la que monta
cada dos por tres en El Figón o donde sea, porque don Ángel, que es
como le llaman los más cercanos, lleva a cuestas su guitarra y su mundo, que no
es otro que el de la música, que suelen ser cosillas improvisadas, habilidad
que depende de la cantidad de vino ingerida. A veces se hace un corrillo de “compañeros de alegrías”, que animan con
el palmeo; en ocasiones, se aventura él solo con una coplilla de esas que
muerden el alma, con duende, con rabia, con sangre. Y don Ángel se emociona.
Sobre todo porque se acuerda de su mujer, que murió hace unos años, de su
juventud de estudiante de Veterinaria en Granada, de los momentos de entonces,
reavivados por el vino, que entra en su cuerpo haciendo justicia. Y llegan los
aplausos y los abrazos de los asistentes…, y El Figón se va
llenando de luz, de un resplandor barroco y transcendental, casi divino.
El
pueblo se despierta y se vuelve a comunicar con el universo, mientras sus
vecinos se lavan la cara y desayunan. Algunos aparentan ser respetuosos
contribuyentes pero capaces de linchar al que trae otros vientos. En 1986, el
día de 5 de febrero, que se celebraba el día de Santa Águeda, que era una santa
que había hecho sus votos de castidad para entregarse a Jesucristo, una jauría
humana formada por ultracatólicos quiso linchar a Juan Montesinos por ateo, a
pesar de que España era ya un estado aconfesional. La libertad siempre compite
con el credo, que no acepta lo que se ve al otro lado del cristal. Esos
ciudadanos exaltados no eran más que cuatro animales amaestrados para borrar
las ideas que traía el tiempo. La memoria histórica de estas tierras tiene
muchas manchas. Solo tuvo cojones un brigada de la Guardia Civil que se puso
ante la multitud, pistola en mano. Tras él, Montesinos. Ni tan siquiera la
prensa provincial recogió el suceso. Había consignas dadas desde arriba. La
diócesis, también calló. La mecanografía no se lleva bien con la verdad. Aquí
fracasó Freud, la democracia, la Revolución francesa, el Enciclopedismo… En
nuestro recuerdo, aparece aquel celuloide de los años sesenta con un Marlon Brando
impresionante haciendo de sheriff en La
jauría humana, de Arthur Penn. Con él, nos dimos un baño en el drama, sin
jabón ni espuma, un baño entre el poder y la degradación humana, espinas de una
sociedad en construcción que al tirarse al agua, en el intento de salir a
flote, saca la violencia que anida en su seno y convierte la existencia en una
demostración de lo que es el terror. Pasadas las horas del suceso, calmados los
ánimos, solo quedaba mentir y poner en marcha la maquinaria para que todo
siguiera igual, sin cambios, y esas fieras humanas pudieran ir paseando por el
pueblo como vecinos ejemplares.


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