El
otoño empieza con un punto álgido de calor y, según previsiones, así seguirá hasta el veranillo de San Miguel.
Las temperaturas arden en llamas y el azucarillo se derrite en el café. Llega el otoño y la muerte bordada en tu
boca, con las hojas muertas cayendo sobre el musgo o sobre la tierra, mientras
nos va envolviendo la oda astronómica y el glamour del cine, tras el Festival
de Donostia. Llaman a la puerta, porque, el otoño, como el cartero, siempre
llama dos veces, sobre todo en estos tiempos tan sórdidos en los que la palabra
vale menos que un pimiento y los sonidos de la música son impulsados por los
intereses económicos: -“La gente que construyó su paraíso en la tierra quiere
que tú creas que el tuyo está en el cielo” (Nina Simone). Nos hemos
quedado con el pop, el trap-drill, el
reggaetón y el dembow, y con unas
letras explícitas para una sociedad superficial. Entretanto, Bollywood se apodera de Netflix
con más de dos millones de visualizaciones, y nuestro pensamiento
sigue sin conectar con lo real, ya que al raciocinio le va más la ficción que la vida diaria. Lo de siempre: viejas verdades que se meten en
el cuarto de dormir como se mete la vida de las estrellas, a las que les
pagamos sus caprichos sentándonos en la butaca para ver esos bodrios en los que destrozan
a los personajes. Luego vienen los flashes, el griterío, la alfombra roja y el
flirteo con la prensa, que ni quita ni pone rey, pero les echa una ayudita para que estos se suban al
trono. Tronos repletos de peleles, que a veces atienden a la concurrencia en
pijama y camisón. Hasta que llega el fhotocall,
que puede ser un simple panel donde los artistas, ya de frac, van a
ser fusilados por los disparos de los fotógrafos, sin que muera nadie. Mucho diseño, corte y
confección, muchos académicos y mucho prosaísmo, cuando a las obras, en general, les falta
poesía, verdad y belleza. Van del bordado al remiendo y de ahí al recorta pega.
Producto terminado, subvención cobrada y, cuando llega el día del estreno, van
y venden cinco entradas. Que pase el siguiente.
Llega el otoño y sale volando el último pétalo rojo que
quedaba asido a la amapola, esa flor que baila en el espacio en cuanto suena la
música de la vida. Llega el otoño y las hojas bailan al caer, o bailan a medida
que van muriendo. La que realmente baila es la muerte, que tiene su belleza,
sus geometrías y sus círculos…, también sus
modistos, que siempre dan la última puntada para que unan de una vez por
todas la vida y la muerte. De ahí las formas, tan
inevitables, que flotan en el espacio delante de nuestra mirada, mientras el viento
trae unas cuantas ráfagas y pone en marcha el ballet de las hojas, creando un
movimiento muy colorido, que levanta los
ánimos, aunque el ambiente, a lo lejos, se va llenando de grises, de
sombras, de nieblas, y de lluvia. Dentro de unos días, cuando nos acerquemos a
mirar, seguramente que ya habrán cambiado los escaparates. La vida es un
escaparate en constante evolución, que va de las revistas a los comercios y de la inspiración a la originalidad. Hay veces que pasa de una
simple silueta veraniega a la gabardina, que es la contrafigura del verano, el uniforme de la mujer fatal, del detective y
del gánster, cuando en realidad era el abrigo que se diseñó para los soldados
de la Primera Guerra Mundial, sobre todo para las tropas de Garibaldi, el comandante que lideró
la unificación de Italia.
El otoño se asoma por
la ventana. Se oye arrancar un motor Diesel; la gasolina, en el noventa por
ciento, se ha quedado en las carreteras de las playas; y el petróleo, en Ormuz.
Sonidos de un otoño enfadado, caliente, con la cosecha de vino de por medio y
el pulpo casi regalado. El tiempo va envolviendo al hombre moderno en la medida
que va saliendo desde el fondo de los siglos. Hace por salir a la superficie y
respirar, pero le cuesta abandonar la caverna. Cuando lo consigue, se pasa los días en un
silencio absoluto mirando al techo y a las
vigas de madera, tan desengañado del
cielo. Son días de mucha nostalgia, de
volver a la vida de entonces, de recorrer los rincones de la casa materna y
los propios, que son unos nidos llenos de espíritus, de preguntas, de
guerras perdidas, de escaleras, de pasos perdidos… Hay muchos recuerdos
esparcidos por las superficies o guardados en alguna cómoda: los álbumes con
las fotografías, los retratos de la pared del salón y del pasillo, los objetos
del desván, la puntilla y el ajuar, que se quedaron en un sueño… Hay
muchos sueños guardados, pero sobre todo hay ausencias, que suelen pesar más
que las presencias; la voz imprescindible del ausente, la que en su momento nos
ayudó a seguir con lo nuestro, que nos dio fuerzas, y que, al pensar, nos lleva
a otro verano, años atrás, jugando en el patio o en las habitaciones de abajo, donde retumbaban
nuestras voces, al amparo del frescor de las paredes blancas y gruesas, que
guardaban muchos secretos y silenciaban nuestras risas. Los recuerdos suelen
tener larga vida. Y el ausente, también, porque llega un día en el que el
ausente deja de ser invisible y, esa ausencia desnuda, de Alejandra Pizarnik, nos deja a solas con el
miedo, o con el poema lleno de luz por donde la mano se hunde y borra los
afectos, y borra también el amor, y solo quedan unas cuantas palabras, las suficientes para
quedarme a vivir en ellas. Voz y ausencia; sombras. Y ahora el recuerdo, como
castigo. Los ojos, tus ojos, visitando mi memoria. Y el desencanto, brillando
en el suelo. Otoño y esos pasillos de viento por donde corre la mentira.
Recuerdos y ausencia, y una intimidad naranja donde faltas tú.


1 Comentarios
¡Me ha encantado! Es un texto con muchísimo sentimiento. Logras tocar la fibra con los recuerdos de los que no están cerca. ¡Buenísimo!
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