En El secreto de los espejos en el cine”, José
Luis Sánchez Noriega cita a Séneca: -“Se
inventaron los espejos para que el hombre se viera a sí mismo”; y
después, a Carl Miraille: -“Filmar el
espejo en el cine se convierte en una oportunidad para demostrar el saber hacer
técnico y artístico diseñando una puesta en escena espectacular…”. Noriega
afirma que “el espejo, en ese momento, se convierte en un emblema de la
celebración del cine como espectáculo…, porque reproduce dentro de una película
el papel de la pantalla, en la que aparecen los miedos y las fantasías del que
mira”. Citando a Heri Langlois (“el cine supo adivinar, desde su nacimiento,
que era dueño del secreto de los espejos), lo que viene a decirnos José Luis Sánchez Noriega es que
“si un personaje se mira en un espejo es porque se hace preguntas, rememora el
pasado, busca reafirmarse, necesita pensar más despacio. En el cine, mirarse al
espejo es mirar dentro de uno mismo, es un fenómeno por el
que la luz del rostro rebota en la superficie y construye una imagen que llega
a nuestros ojos, algo que podemos llamar cavilación o especulación“. Speculum, especular. Es decir, que en
ningún instante tocamos la realidad. Lo que vemos, solo son reflejos, puesto
que la realidad es otra bien distinta. Y lo que hace el espejo es intensificar
el juego entre dos identidades de una misma historia: el diálogo con nosotros
mismos…, o con los besos, que siempre unen dos realidades imposibles…, o más
aún, con el diálogo que se produce con los
sueños, que invitan al espectador a mirar dentro de los personajes, jugando con
la idea del doble, del otro… La iconografía cinematográfica ha bebido del tema
del doble y ha hecho del espejo un recurso para crear identidades
falsas, aunque, antes o después, es el propio espejo el que descubre al
culpable. Esto sucede en algunas películas de David Lynch. Hay quienes afirman
que el espejo es un símbolo de la imaginación o de la conciencia. Sheler y
algunos filósofos, aseguran que es el órgano de auto contemplación y el reflejo
del universo, ya que conecta con aquello
que se refleja en el agua y con el mito de Narciso, apareciendo el cosmos como un inmenso Narciso
que se ve reflejado en su propia conciencia.
Los
cineastas comenzaron a usar los espejos para rebotar las luces o crear ilusiones
ópticas, antes de que aparecieran los efectos visuales. Era también la forma
más barata y fácil de encuadrar a un personaje en un ángulo y, con unas lentes
más largas, fuera de cuadro, engañar un tanto al actor. Hoy en día, la mayoría
de los cineastas usan la poderosa "rotoscopia" (técnica de animación) para las
tomas de espejo y no se molestan en ocultar la cámara detrás de una pared
falsa. Pero lo cierto es que el espejo se ha utilizado muchísimas veces como
recurso narrativo y expresivo, y a
menudo ha estado cargado de simbolismo.
En
noviembre de 1957, en el número 76 de Cahiers
du Cinéma, apareció publicada una crítica, firmada por Jacques Rivette, de
la película Más allá de la duda, de
Fritz Lang, que, la Hoja de Ciclo de la Filmoteca Española, como nos cuenta
Ángel Quintana, tituló “Jacques Rivette
en su laberinto de espejos”, y donde éste nos venía a decir que “el cine no
se había formado como lenguaje superando las debilidades del teatro, sino que había
nacido como extensión del teatro, puesto que el cine necesitaba la puesta en
escena y el artificio en el que la cámara dejaba de ser ese dios Baal adorado
por los cineastas clásicos. Lo que era clave del trabajo de la puesta en escena
eran los actores y sus movimientos en el espacio”. Otra película en la que los
espejos cobraban realmente una gran importancia fue El año pasado en Marienbad, de Alain Resnai.
El
juego de espejos entre el cine y el espionaje también ha sido el punto de
partida de muchas películas: desde Mata Hari hasta Carrie Mathison, pasando por
James Boond y Edward Snowden. Un punto de partido y un viaje cronológico-temático
en la exposición que se celebró en CaixaForum en Valencia en febrero del 2025, en cuyo centro cultural se infiltraron los
espías del cine, en una muestra que
exploraba la historia inédita de los vínculos entre el oficio de actores y los
espías, con el atractivo nombre de Top
secret. Cine y espionaje.
Lo que
queda claro es que, en toda historia, el silencio es el guardián de los
secretos. En El Espejo (Stalker, 1979),
la película dirigida por Tarkovski, el director construye a través de recuerdos
inconexos un relato en el que teje una red de secuencias que unen el pasado y
el presente. El cineasta no se queda ante el espejo, sino que cruza al otro
lado, que es el lugar donde se esculpen los sueños.
El
espejo es un voyeur y nosotros, para no ser sorprendidos, optamos por
escondernos y mirar a través del cristal, sobre todo porque, fuera de esta
irrealidad, la única opción que nos queda es la verdad: quiénes somos, todas
las mentiras que somos capaces de creernos de los demás, también de nosotros
mismos… Hasta que llega un momento en el que urge mirar de otra manera o, más
concretamente, urge mirarnos por dentro. Y…, entonces, descubrimos, no solo cómo son los demás, sino cómo somos en
realidad nosotros mismos. Por fin, estamos desnudos. La moraleja que sale de
todo esto es que no siempre es conveniente tener un espejo a mano, donde
reflejarnos. Los reflejos tienen grietas, ya que al ser humano, tan lleno de
fantasías, cada dos por tres le da por cargarse o hacer añicos a cualquier espejo atrevido que se
interponga en su camino o que no le dé la razón. Espejos…


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