SEPTIEMBRE


 


A la vuelta de vacaciones, la mano pasa por los escaparates de la capital para ir llevándose el polvo y la desidia. La mano pasa por los cristales y los barcos pasan por el mar: unos que llegan y otros que se van lejos para peinar  espumas, como le gustaba decir al 27, sobre todo a Aleixandre, que siempre tenía su mirada en la luz del poema barroco, tres siglos atrás.  Se van las vacaciones y llega la modernidad, además de unas cuantas imágenes familiares con los niños preparándose para regresar a las escuelas.

Regresan los ciudadanos a sus hogares y la mano a las superficies, porque la mano siente, y nota lo que viene,  sobre todo el tiempo, que nos trae calor y enigmas que descifrar. El tiempo es memoria, un relato que se puede contar también con objetos, porque, cuando tenemos la suerte de encontrarnos con ellos,  podemos interpretar más fácilmente lo sucedido, días después, y descorrer las  sombras para que entre la luz de los días, en el justo momento en el que tratamos de empezar de nuevo, muy pendientes de mantener la belleza, sobre todo cuando  entramos en la intimidad de las cosas. En tanto, los negocios aprovechan la nostalgia de los días  para  idealizar los recuerdos y vendérnoslos. El  mundo es un mercadeo constante. En las rebajas de verano, se venden almas a un módico precio. Por ejemplo, un lápiz de labios y un alma. El rojo pasión y el rojo tenue del sufrimiento, porque el arte sangra, el dolor sangra…, en las pinturas y en la vida misma, que viene con el pie cambiado. La vida y el arte a subasta, la puja por el color, que siempre hace magia con la piel, como el rojo amapola lo hace con el verano. Septiembre es una paleta de tonos cálidos que inspira entre los que destaca el glow del bronceado, que deja la piel radiante, luminosa, hidratada, aunque  el exceso puede terminar en esa adicción llamada tanorexia.   

La mañana es un lío de carteras y  mochilas con los niños entrando en las aulas y los papás dejando el coche en medio de la calle con las puertas abiertas. Regresan los niños a la enseñanza, donde el rendimiento en Lengua y Matemáticas ha sufrido un claro retroceso en los últimos años, según el informe PISA. El método sigue priorizando el aprendizaje memorístico de reglas, tan obsoleto, a lo que sumar el uso excesivo de pantallas, la falta de lectura por placer… Se habla del fracaso del sistema educativo, que va en caída libre, comprometiendo el futuro. Los jóvenes escriben cada vez peor.  Hay padres que piensan que es mejor la escuela con deberes; otros, sin ellos. Y por haber, hay familias que prefieren que sus hijos aprendan jugando, sobre todo en ese intervalo de la infancia que va de los 4 a los  12 años,  en una escuela que esté conectada con la vida, con el entorno,  sostenida por el trabajo en equipo, donde los profesionales, junto a los alumnos, vayan aprendiendo a ser maestros, con textos libres, ficheros, y debate constante. La escuela del futuro es pensar juntos, entre todos. Durante ocho años estuve llevando a mi hija al colegio Palomeras Bajas, en el distrito del  Puente de Vallecas,  entre el barrio de Entrevías y del Pozo de Tío Raimundo, donde cada día se repensaban los espacios y se transformaba el patio, hasta conseguir ese patio soñado por todos: un pequeño rocódromo, una zona de baile con altavoz, un espacio para teatro…, materiales diversos para construir y jugar… con cajas, telas, cuerdas, piezas de madera…,  organizando, de alguna manera,  el juego creativo, y entendiendo el patio como un espacio educativo más, no como un simple descanso. Mi hija, con 4 años, pasó del colegio Veritas, en Somosaguas, Madrid, al Palomeras Bajas, en pleno Vallecas. Todo bajo una idea más global, que no era otra que  compartir para seguir creciendo. Cada vez me reafirmo más en esa manera de educar. Los resultados fueron excelentes. Y los alumnos, otros; alumnos que mañana serán los adultos de un mundo diferente, como lo es el mundo de hoy,  en el  que será necesario hablar y entenderse. Un colegio que no quiso ser bilingüe, porque era algo que no venía a ser más que un caramelo envenenado, como asegurábamos los padres, los profesores y la dirección, ya que “era y es muy difícil explicar la fotosíntesis en inglés. Es más, los libros de conocimiento en inglés suelen estar llenos de frases estereotipadas: frase-sujeto-predicado. No hay argumentación, y eso sin duda empobrece”. Ante la dificultad de adquirir conceptos como la gravedad, la prehistoria o el sistema nervioso en un idioma extranjero, a muchos niños no les quedaba otra que recurrir a la ayuda de sus padres para entender la asignatura. Si estos no les podían ayudar, esos niños se quedaban atrás. Un colegio tenía que ser…, y tiene que seguir siendo.., un pedazo de nosotros mismos, simplemente porque por allí pasaron y pasarán nuestros hijos.

Vuelven las sumas y las restas, un manojo de lápices y rotuladores, alguna goma de borrar, y  aire puro que respirar, después de tanto humo, de tantísimo ruido, de tanta fiesta en nombre de cualquier dios, que a veces puede ser hasta un macarra defendido por un profesor de religión, una asignatura que se resiste a abandonar las aulas sin que nadie se rasgue las vestiduras. El sermón debe de volver a la montaña, de donde partió. Y el circo, a la  carpa de la pradera. Y el teólogo, al rayo que no cesa, que es la fe. Cada mochuelo debe volver a su olivo. La mirada de nuestro tiempo es otra.  Una mirada que no cesa de evolucionar y que, afortunadamente, opta por posarse en una nueva encrucijada, o en una propuesta  diferente, cuando el tiempo es otro y la pantalla está tan próxima a nosotros,  tan cercana, que nos muestra una realidad más transparente, más subjetiva,  si cabe,  animándonos a que nos impliquemos en cada problema del mundo y dejemos de ser contemplativos. Necesitamos una mirada colectiva y una estética colectiva. Y eso es lo que nos trae septiembre.

 


 

 

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