CLOTILDE: La vendimia de Francia


 


Clotilde, una anciana de ochenta y dos años,  esperando a que se haga la hora de comer,  no cesa de mirar, con sus ojos azules y cansados, a través de la cortina de la cocina, los geranios del patio. Le gusta llevar su mirada más allá del telón, del visillo, siempre tan calvinista. Sobre el mediodía, cambia de sitio y se pone en la ventana o en la puerta que da a la calle, ambas entreabiertas, con la cortina de canutillo bailando, por donde también mira la vida como si fuera una extraña. Mira y observa a los transeúntes o el avance de los rayos del sol, que ya comienzan a crear sus sombras; también sigue el vuelo de la mosca cojonera, que no deja de dar vueltas alrededor de ella,  sin que por un momento se olvide del sonido del puchero, que ya casi está. Le gusta estar a solas en medio de la corriente que se forma entre la puerta del patio y la de la calle. Con todas las cancelas abiertas, a media mañana se crea una brisa muy agradable. Junto a la ventana, que es como el  confesionario de una iglesia pero sin rejilla, Clotilde se confiesa todos los días y pide respuestas a sus preguntas. Echa de menos a los suyos:  a Marcelino, su marido, que hace ya más de diez años que se fue; y a la mula, la Giralda, que, cuando se acercaba la hora de ponerle su comida, relinchaba. Aquel relincho era parte de la vida, de la verdad, de la raíz de las cosas. Las mulas, tan ruidosas, cuyo sonido se asemejaba más a un rebuzno que a un relincho en toda regla. Aún la recuerda con cariño… Aquel animal era una bendición. A su edad, la única alegría que le queda es la de esa sensación de no necesitar nada y poder seguir escondida entre las cortinas para recordar esos tiempos que ya no volverán. Para ella, los recuerdos son su templo. Cada mañana, busca entre los vecinos que pasan por la puerta a aquellos muchachos y amigas de la posguerra; a doña Margarita, la maestra; a los labriegos que conoció en casa de sus padres; a los protagonistas de aquellos años de mutismo y represalias; a las manos que se metían en la tierra para escarbar en ella y sacarle la vida; a las familias pobres y austeras que vivían desajustadas y no les quedaba otra que subirse al palomar y matar una paloma con la que elaborar una sopa de picadillo, puesto que la chica pequeña tenía anemia; y, por buscar, no dejaba de buscar junto a la ventana las cuatro cosas que merecen la pena. Después, tampoco podía evitar que una lágrima se deslizara por su rostro y alcanzara  la comisura de los labios.  Pero, aun así, nunca perdía el buen humor. A la hora de recordar, lo que peor se le daban eran los nombres.



Han pasado los meses. La llama viva de la lumbre, trae recuerdos de la infancia, pero sobre todo de aquellos años cuando era moza.  Su corazón está cansado y ha olvidado lo que era amar. No deja de balancearse en la mecedora de mimbre. La comodidad de la mecedora hace que no pare de darle vueltas a esa memoria viajera. Pasa la mañana en silencio, mientras oye llover. El frío ha remitido, en parte, y las suaves temperaturas acompañan a las gotas de lluvia. Cada dos por tres, tiene que coger el pañuelo de tela que tiene sobre sus piernas y limpiarse los ojos, tan delicados. Cuando viene su hija Teresa, le suele echar  unas gotas, pero el ojo o deja de estar lloroso. Va por momentos. Cosas de la vejez, como la artrosis y el reuma, o el olvido.

Hay ratos que no recuerda nada; otros, pasa de Marcelino, su marido, a la Giralda, aquella mula que relinchaba rebuznando y que era toda una bendición. Pero hay mañanas que se las pasa buscando un nombre muy concreto en la memoria de los días. Cuando da con él, sonríe. El nombre no es otro que el de Amelia, una chica de Socuéllamos con la que coincidió en la vendimia de Francia, concretamente en Calce, en los Pirineos Orientales. Estuvieron tres años vendimiando con el mismo patrón. Corrían los años sesenta del siglo xx: 1961, 1962 y 1963. Se hicieron muy amigas. Durante un tiempo, se estuvieron escribiendo. Luego, el destino las llevó para acá y para allá…, y perdieron el contacto. Aquella muchacha tenía muchas cosas en común con Clotilde. O, quizás, muchos sentimientos. Podríamos pensar en una historia de amor de entonces y que ambas ocultaron en sendos matrimonios. Pero los sentimientos tardaron en apagarse. La primera vez que se besaron fue una tarde, casi anochecido, a la salida de la Capilla prerrománica de Saint-Paul-le-Vieux. No había ni un alma por las calles. Llovía. Al pasar junto a un callejón muy estrecho, se metieron en él y allí sucumbieron al amor y al deseo. Después de aquello, ya nada sería igual. Fue en el último año de vendimia. Les quedaban más de dos semanas de trabajo como temporeras. Los corazones estaban más rojos que los granos de uva. De ellos salía mosto y fuego. La mirada azul de Clotilde no dejaba de mirar las alas de Amelia, que parecía una mariposa dispuesta a volar adonde fuera. Aquellos besos que le robaron a la noche en aquel callejón solitario, sabían a verdad. Nunca olvidarían aquellos momentos. Ni sus nombres, aunque a Clotilde ya se le van olvidando muchas cosas.

Olvidar para poder seguir con la vida sin sufrir, sin caer en la locura. Amelia fue un sentimiento que se le metió muy dentro a Clotilde, mientras vendimiaba. Tenía veinte años y aquellos labios le hicieron soñar y sentir como nunca. Cada vez que se detenía en el tajo para secarse el sudor, no podía evitar girarse y mirar a Amelia. Era un idilio de miradas, de afectos, tan pegajosos como el mosto que salía de las uvas. Los afectos les explotaban todos los días delante de sus caras. Era mirarse muy de mañana y…, de sus rostros salía luz, la misma luz que le ha traído ahora a la memoria su nombre, mientras se balancea en la mecedora como cuando era niña y como lo hacía en el columpio que había en el porche de su casa. El columpio era viejo pero muy divertido, tan viejo como lo es Clotilde, y además,  en cada balanceo,  traía la felicidad. Es lo que tiene recordar: aparece un nombre y aparece la felicidad. La vida está hecha de momentos.

 










 



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1 Comentarios

  1. ¡Buenísimo!
    Menuda frase: “Los corazones están más rojos que los granos de uva. De ellos salía mosto y fuego”. Esa tristeza llena de vida, de recuerdos y de deseo… Terminas de leerlo y te deja pensativa: una vida entera mirando hacia atrás.
    ¡Impresionante!

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