Con los días, tras el verano, la pared blanca de la
calle Fuensanta se ha ido convirtiendo en un mural. Poco a poco, a media
que se van acercando las Navidades, las paredes de muchas calles se van
convirtiendo en eslóganes. Vamos andando y pasamos muy cerca del anuncio: los
anuncios. Sin pretenderlo leemos el mensaje que hay en la tapia. A veces
es como escupir un chiste o escuchar una extraña carcajada fuera de contexto.
Pero sin duda alguna, allí, sobre la superficie blanquecina, están las claves
y las coordenadas para guiar al rebaño hacia los verdes pastos o hasta el
abrevadero. Solo falta que ponga: “Nos vemos”. Y que en la pared lindante o
aledaña esté escrito también lo que pensamos nosotros: ―“Nos vemos, ¿dónde…?
“. Babilonia cayó por un texto escrito en una pared en el que se
profetizaba la caída del reino y al que no le hicieron ni puto caso: ―”Mene,
Mene, Tekel, Upharsin”. Estas eran las inscripciones. Llegaron los
medos y los persas al mando de Ciro II, año 539 a.C., y se hicieron con
la ciudad.
Fue un aviso para navegantes. Ahora, en nuestros tiempos, por las paredes desfilan todas aquellas ideas que suelen colarse con cierta facilidad por el ojal de la camisa. De la letra y el espíritu del consejo publicitario que recorre el muro de punta a punta, de eso ya se encargan los “artistas”, no sin que antes, mucho antes, lleguen los estuquistas y encaladores, encargados de darle unas cuantas manos de cal hasta que se agarre bien la mezcla y el muro quede perfecto para el lance y la fechoría. Tapias con las que guiar al mundo sin la necesidad de la palabra exacta. Solo se exige buena caligrafía, evitar las faltas y que la mano no tiemble. Paredes que hablan. Letras grandes y colores vivos, ya sea una tapia virgen o desconchada. Lo que hoy está escrito, mañana se borra y se pone otra cosa. Se busca el impacto. De ahí la urgencia.
Unas piedras sobre otras y un poco de silencio. Habla la tiza, la
pincelada, el trozo. Termina el grafitero, respira, y ya nos tienen atrapados,
puesto que el mensaje es un fin en sí mismo. El mensaje es el resplandor de una
luz lejana, cuando no un encargo de
alguna multinacional. Las paredes no son inocentes, y tienen sus dueños. Van de
la huelga a la revolución, pasando por el fusilamiento en los años más crudos. Igual
se llenan de hojas sueltas con un teléfono
de gente que ofrece sus servicios y busca
trabajo, que de estudiantes preguntando por una habitación. Otras, de lo que se llenan es de
anuncios publicitarios: del coche de lujo al iphone 18; del concierto de un
rapero a la oferta de una hamburguesa con patatas fritas. Los grafitis invaden
los muros como una necesidad vital. Todo entra por los ojos. Detrás de
cada etiqueta, boceto, firma o diseño
hay una cabeza pensante. Por eso es conveniente leer en voz alta lo que hay
escrito, leerlo igual que cuando leíamos un capítulo de Rayuela, sin Cortázar
presente. Y repasar el apunte, el lema, que es un ejercicio muy reconfortante.
Seguro que, en cuanto le demos la espalda a la tapia, volveremos a ser libres.
Ellas seguirán interactuando y nosotros dejando de ser pasivos.
Hay que romper la cuarta pared, tirar
abajo el muro y cruzar la línea, cruzar el tiempo evitando que nos sigan
manipulando, algo que se hace a propósito y en gerundio: queriendo. No hay
ninguna mano inocente. Nadie es inocente. Les interesa que seamos los muñecos
de su discurso. La pared decorativa no existe, en ella se trafica con los
sentimientos, sobre todo la mano del
profeta que escribe, la misma que nos dice, que nos juzga, en ese intento pertinaz,
obstinado de imponer sus reglas, sus ideas. No importa si se trata de un texto
sobre el blanco yeso, un lienzo o una lona de gran formato repleta de promesas, que seguramente serán incumplidas.
Hay quienes se han pasado la mañana
pintando tapias y acicalando superficies con la única idea de asestar el golpe
a la ciudadanía: seremos vendidos,
comprados, estigmatizados, vapuleados y atracados por todos aquellos que estudiaron
detenidamente la frase, la idea o la
palabra mágica, porque la única obsesión que tienen es “ponernos entre la
espada y la pared”. Ya saben: entre los muros anda el juego del engaño. Las paredes
siguen siendo el espejo de la sociedad de consumo, de la crisis y de los
tiempos difíciles. Las fachadas son la
piedra en el camino y hablan por sí solas.


1 Comentarios
¡Qué razón tienes!
ResponderEliminarUn artículo muy necesario para que abramos los ojos y no nos dejemos manipular.