ARENAS MOVEDIZAS


 

Soy de los que piensa que no hay por qué revelar todo o vaciarse de golpe cuando nos confesamos con nosotros mismos. A la hora de cruzar las arenas movedizas, es conveniente mantener cierta aureola de misterio, evitando llamar la atención, porque esa actitud, normalmente, suele provocar cierto delirio en los demás. Tampoco soy de los que se deja secuestrar fácilmente por cualquier espíritu débil que se precie de serlo, que suele tener la costumbre de ponerse a arañar la piel con bastante insistencia, tratando de deformar la ventana por la que respiro. Me ahogo con pensar que alguien  pueda acercarse y taparme  los poros de la piel con la palma de su mano, tan inmunda, tan deshonesta, paseándose una y otra vez por la superficie de mi piel, mientras se va escorando hacia los vértices de mi cuerpo para, con sus artimañas, meterse hasta dentro, hasta la mismísima cocina, para después despojarme de la locura, de esa insensatez que tanto me costó conseguir,  llevándose, de paso, toda la espontaneidad restante, así como todo atisbo de anarquía, a lo que sumar cuantas reservas de hedonismo  queden en mi vida. Me niego. Además, el osado en cuestión,  debe saber que jamás  conseguirá su propósito. Por eso creo, y cada día que pasa estoy más seguro de ello,  que hay que  poner a buen recaudo todos y cada uno de los secretos relacionados con el  tacto, calibrando a la milésima la temperatura de cada una de las yemas que han de rozarnos, porque tocar es sentir,  y no podemos dejar a un sustantivo como el tacto  en manos de dos verbos, uno terminado en "ar" y otro en "ir",  y claudicar ante cada una de las sentencias de aquellos:  el tacto es prisionero de la caricia, de las sensaciones, del lenguaje oculto, del disfrute silencioso, del gozo, y de la coartada de la mano que piensa, que es la que roza la piel, mi piel, nuestra piel.  Y ese, y no otro, es el momento justo en el que llegan también las señales internas: un cuerpo que respira, que se va posicionando..., la piel que se tersa, el intérprete que la  afina buscando el efecto y procurando que el latido se haga  excelso, tanto que  lleve al éxtasis a la caja torácica y le haga tronar en cuanto la ponga en marcha, pues, como es sabido, en la dichosa  caja duermen las músicas de toda una vida y..., sin querer, o queriendo, porque yo ya no sé,   he tirado de la magia “potagia”,  he pulsado  la tecla y, por puro mimetismo, he vuelto a ilusionarme de nuevo. El circo está montado y en marcha…, solo quedaba hacer la presentación: "Distinguidas mesdemoiselles, ilustres signori, invitados todos, ha llegado el momento de entrar en el templo del placer. Es  para mí  un honor darles la bienvenida a esta grata velada. La noche se ha vestido con sus mejores galas para recibir el talento, la elegancia y la diversidad que cada uno aporta a este encuentro. La palabra, el arte y la buena compañía serán durante unas horas el hilo conductor de esta experiencia inolvidable". Así lo indicaba el buen hacer, la elocuente bienvenida y  la buena práctica del protocolo. Y comenzó la fiesta. Pero,  como se sabe, el silencio es muy extraño y no es la primera vez ni la última que me gasta una jugarreta y me deja tirado y solo. Y si, por un casual, en una de ésas, se encuentra con la ansiedad, la reservada y retraída ansiedad, pues ya la tenemos liada, ya tenemos el cirio  montado y  la tempestad servida en bandeja.  ¿Por qué...? Porque con ella llegó el escándalo. Y tras el escándalo, la batalla: cuando no era la guerra interior, era la guerra de las galaxias, el choque de miradas...,  las distintas  versiones del conflicto,  de lo que había sucedido, lo que pasó..., lo que no pasó… Fue en plena locura, porque aquello era una locura, cuando de pronto, !zas!, y, sin aviso previo y sin esperarlo, apareció la sensibilidad, la exquisita y maravillosa sensibilidad que tanto me ha costado conservar,  y, sin pensárselo dos veces, me clavó una flecha en todo el costado para que espabilara y fuera valiente por una  vez. Quería que me mojase y que tomara partido... Así que tocaba tomar una decisión. No quedaba otra. ¿Qué hacer…? ¿Callar? ¿Hablar?  Hay quienes insisten en que los secretos deben guardarse bajo llave aunque tengamos delante al mismísimo demonio, que viene a ser el típico entrevistador que envían desde  el cielo,  por obra y gracia de un par de guionistas o de algún psicoanalista que ha abandonado el ágora con la intención de manipular nuestras conciencias.  Pero, claro, estar toda la película más callado que la momia que tenía a mi lado, pues..., qué quieren que les diga, que un fastidio, porque uno no puede depender todo el rato de la ficción. Eso es insostenible.  Así que volví a la realidad y me volví a preguntar: - “¿Qué hacer?”  Y aquí fue cuando, de la penumbra en la que me hallaba, porque todo aquel ambiente era muy gótico,  surgió  una voz medianamente sensata, que, si no la entendí mal, así,  resumiendo, lo que venía a decirme era que  lo primero que  tenía que hacer era  aprender a separar los secretos de cualquier chisme, porque el triunvirato formado por la confesión, el perdón y la penitencia no eran más que rodeos para doblegar el espíritu. Y no podía pasarme la vida de rodillas y mucho menos comentándole mi existencia a cuatro desconocidos metidos en un cajón vertical y vestidos  de negro. Esto por un lado; y, por otro,  lo que argumentó y afirmó fue que  para lo que sí servían los dichosos secretos eran para sentirnos  seres únicos, porque de siempre conformaban ese universo o ese paraíso  en el que uno quiere vivir, aunque después tenga que morir con el alma rota, o sin alma, sin fibra, sin pellizco, sin… lo que fuese, pero teniendo claro, muy claro,  que nadie podría  venir y  asaltar, así porque sí, ese espacio en que reside  la libertad más íntima, la libertad con mayúsculas. Y por eso y otras cuestiones, aquel día llegué a la conclusión de que hay que aprender a callar,  y enfrentarse al miedo, al diablo, y a la vergüenza, porque ése y no otro es el esfuerzo que nos pide la vida,  el precio a pagar para poder disfrutar de un paraíso secreto donde reina el silencio para cada uno de sus habitantes, cuyo listado no me lo sé de cabo a rabo, ni de memoria, pero sí soy capaz de citar  a algunos de sus componentes. A saber:  los buscadores de oro,  los vagabundos errantes, la gente noble que se ha dejado llevar por las ruinas de la inteligencia, los soñadores, los utópicos…, también el flâneur, el vagabundo urbano, el bohemio, el erudito, el trotamundos ilustrado, el viajero… O sea, toda la familia  andariega y aventurera, la familia de los caminantes, los turistas de ese mundo misterioso y desconocido, que no es otro que  el mundo de los secretos.  De lo contrario, no nos quedará otra que reconocer que no sabemos realmente quiénes somos, ni dónde vamos…, que nos dejamos llevar, que hacemos lo que dicen o dictan los demás, que  no discutimos ninguna opinión…, que siempre somos agradables, o al menos lo intentamos… También que somos discretos, prudentes…,  que nos escondemos tras la imagen de buenos ciudadanos, sin que en ningún momento dejemos de fingir o de disimular con tal de complacer a los demás, dando lugar a ese mundo  de apariencias…  Y lo peor de todo es que creemos que  esa manera de actuar es un síntoma de generosidad, cuando es pura cobardía. Al final, lo que sucede es que  nuestra vida se  convierte en un montón de incongruencias y que nos falta oxígeno; o que nos estamos muriendo, si no estamos muertos ya del todo. Eso quiere decir. La sociedad está llena de muertos vivientes. Y no son los extras de ninguna película. Están entre nosotros.  

Creo que no nos queda otra que luchar por la singularidad de la existencia. Vivir una vida diferente a todas. Así que toca hacer los cambios que  sean necesarios si deseamos seguir siendo nosotros mismos. Y recuerden: los secretos son un espacio imprescindible lleno de libertad. Mañana,  vendré con otro rollo, pero diferente.

 

 


 

 

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2 Comentarios

  1. Un grito de guerra para dejar de fingir y ser uno mismo…
    ¡Buenísimo y muy potente!

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