Comienza a sonar la lluvia sobre
la azotea de la pérgola que hay en el parque de Las Azucenas. En tanto, bajo su techo, los músicos del pueblo, formando un círculo, en un homenaje a las
cosechas, a los buenos ratos y a las
alegrías que ha traído el vino, interpretan Rhapsody in Blue, de George Gershiwn, una obra que, no es solo
música, sino un estado de ánimo, y que, casi siempre, suele traer algo de melancolía.
Ha sido escribir la palabra rapsodia y de pronto me ha venido a la memoria la
imagen de mi amigo Antonio Lázaro, el poeta capaz de enlazar la Serranía de Cuenca, allá, junto a los ríos,
con Jorge Manrique, y componer con todo ello una rapsodia fluvial por la que aparece la garza, el ave zancuda que pasea por las orillas de los ríos, por donde se exhibe,
entre el junco terso y el kaiku, así,
sin acento, como le gusta al poeta, yendo de la gran cascada, con sus aguas turbulentas, a la isleta y formando cuadros en
movimiento, con el agua verde, verde, que es la cita ineludible
de Gerardo Diego, cuando va a dar al mar, “que es el morir”, de nuevo la copla manriqueña, por donde Lázaro pasa la mano, como era de esperar, y yendo, por fin, del río Cigüela al Tajo, del
Cabriel al Manzanares, y de ahí al Támesis, lejos de unas tierras en las que el poeta dicta otro kaiku repleto de sentimientos.
La
poesía no da para comer. La poesía, primero se siente; luego, se escribe. El
poeta hace música con las palabras, mientras sueña, y luego se pone a escribir el poema en la
senda del río. Cuando se marcha la garza, ya no hay senda. Por eso Antonio
prescinde del acento agudo y del verbo, y le salen unos kaikus muy hermosos, al más puro modo japonés. El poeta vuelve al
surco y las garzas al norte, mientras suena aquella rapsodia, que fue todo un
símbolo. La pasión y la vida metidas en unas líneas llenas de lirismo, tras un
fondo clásico, con intención, con sencillez, azotando las cuartillas para que
suene el verso y salga la sonrisa del poeta, que inevitablemente posa su mirada perpetua, finísima,
sobre lo pequeño y lo hace grande, inmenso, y, en seguida, con su caligrafía en
cursiva, le hace un traje de entretiempo a los ríos, al agua y a la garza,
emparentando la tierra con la literatura. Lázaro, el apellido, el pseudónimo,
el personaje que se confunde con el hombre literario, el humanista que enlaza
el tiempo con la tierra y luego se sienta a leer sus propias palabras. Un fuerte abrazo, bro.
Otoño,
con sus grises, envolviendo la poesía y dejando caer sus hojas como cae una pestaña de un ojo, que a continuación nada en un mar de nieblas matutinas. El
otoño fusila a las hojas, ya muertas, y las sustituye por la otra hoja, la hoja
avara, el papel, el “billetamen”,
la pasta gansa, pero no es la que se cuece, sino la que se amasa. La pasta gansa, la
que viaja en el bolsillo sin pasaje, suelta
y revuelta, los billetes grandes con los chicos, más el puñado de monedas, típico y necesario, urgente, diría yo, de un euro, de dos euros, y de cincuenta céntimos, porque las otras
monedas no son más que un baño de cobre, la calderilla, el mito de los
suburbios, monedas para el coleccionismo como si fueran cromos, que igual sirven
para comprar un chicle que una barra de pan. Pan y circo y perfumes, con el
tiempo haciendo de metáfora y el telón de los recuerdos cayendo sobre nosotros
un año más. Pasamos del amarillo, que es el color del teatro y de los locos, a
los ocres, a la luz de las farolas, bajo las que leen en voz alta los
recitadores de aquellas novelas del Oeste que escribía Marcial Lafuente
Estefanía, un toledano que, al
acabar la Guerra Civil, empezó a escribir en la cárcel, porque decidió no
exiliarse. Enrique Jardiel Poncela, le decía: -“Escribe para que la gente se divierta; es la
única forma de ganar dinero con esto”. Con la vida metida en un atado de
sarmientos de la viña con la que encender la lumbre y, aprovechando la cerilla, la conciencia puesta en el fuego para quitarle de una vez por todas las telarañas, y, de paso, las
fatigas, porque, en cuanto llega la noche, uno hace acopio de las memorias, de
las palabras perdidas, y siempre sale algún trapo viejo.
Suenan las mañanas del otoño
como suenan los sentimientos y también los cafés, entre platos y cucharillas y
noticias, de todas hay, como en botica, falsas y dramáticas, con el tenedor
pinchado sobre la tortilla “llorona” y la mano metida en el
bolsillo izquierdo cuando salimos por la puerta. La mano ignorante es la
encargada de palpar el flus, que es una cosa que anima bastante a media mañana,
mientras jugamos al equívoco, pues salimos de un bar siendo masones y
entramos en otros con el progresismo como bandera. En la vida no hay nada
definitivo, salvo la muerte. Eso es lo fascinante, poder hablar de la guerra
sin pisar el campo de batalla o beberse un vaso de vino con unas aceitunas
rellenas sin tener que ir a vendimiar o ayudar en las faenas a los aceituneros altivos de Jaén, con
Paco Ibáñez en el Olimpia de París, lleno hasta la bandera, mientras ahora el cantautor repasa su vida sentado a la puerta de su casa, en Girona, llamada La porte des étoiles.
Suena la lluvia sobre este
país barroco y supersticioso, con la protesta en las calles y en las plazas, en un intento de darle la vuelta a la tortilla
española, que siempre lleva mucha patata y un par de huevos laicos. Manos al aire y
voces en las gargantas pidiendo justicia. Consignas republicanas y adoquines
monárquicos, entre los Austrias y los Borbones, por donde aún siguen trotando
los carruajes. Vuelve el otoño y el olvido de los justos, al rechazarse en el
Congreso los dos decretos presentados
por el Gobierno. Ya lo dijo Romanones: -“ Hagan ustedes las leyes, y
déjenme a mí los reglamentos”.


1 Comentarios
Tú sí que le pones música a las palabras. ¡Bellísimo este otoño gris lleno de poesía !
ResponderEliminar¡Me encanta!