"Ojalá podamos ser desobedientes cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común".
El otro día, buceando por las redes, me encontré con esta preciosa fotografía. Me gustó la instantánea en sí y la frase que había escrita en esa pancarta que estaba sujetada a la ventana. Luego supe que pertenecía al escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano. Una frase, que, en los tiempos que corren, coloca la ética personal y el sentido común por encima de la obediencia ciega a la autoridad o al poder. Y es aquí donde la desobediencia civil juega un papel muy importante como una herramienta legítima cuando una orden atenta contra la dignidad humana y nos invita a no tener miedo. O dicho de otro modo: nos invita a desobedecer.
El fragmento completo forma parte de una serie de
reflexiones poéticas de Galeano sobre la memoria, la esperanza, la lucha social
y la condición humana, recordándonos ejemplos como la perseverancia de las Madres
de la Plaza de Mayo. El espíritu de la letra implica resistir a toda costa. Seguir
el camino del viento y bailar sobre el agua. Como dice Galeano en otra frase
célebre suya: ― “En un mundo de plástico y de ruidos, yo quiero ser de barro y
de silencio”. Por eso, hoy más que nunca, la sociedad necesita ponerse a
buscar la utopía y, con ella, luchar contra los
extremismos.
La recompensa es un hallazgo (sentirnos útiles) y una mezcla de coraje y certeza ante las incertidumbres, mientras nos instalamos en ese espacio sin fronteras, en ese futuro construido sobre los hombros enlazados y con los zapatos en la mano para no pisar las gruesas gotas que comienzan a calar la tierra. Y allí, encontrarnos otro grito, otro adiós, otro aliento desesperado y una mirada sobre la verdad, con las gafas rotas y la esperanza borrosa, pero lejos del abismo.
Palabras para reflexionar, para vivir como el pájaro
que canta sin saber que canta, liberando la garganta y el pecho, y extendiendo la
mirada hasta el horizonte por donde vienen las horas llenas de susurros, y aparecen las noches melancólicas, y por la mañana temprano aterrizan los días nuevos como si fueran aviones. Y con la luz del día, a las nuevas claras, nada más levantarnos, mantenernos en pie, o de pie, hasta que echemos a andar por este paseo por el amor y la
muerte, mientras vamos respondiendo a nuestras preguntas y buscando nuestros sueños en un mar de reflejos. Ojalá despertemos cada día encontrando todo,
sin olvidarnos de nadie, sin volver a perdernos en estos tiempos tan oscuros, que no nos pertenecen. Ojalá me creas y podamos arrastrarnos hasta el
cristal desde donde ver la vida como la pensamos, o poder ver las cosas que tantas veces anhelamos, y logremos poner en marcha unos corazones tan agradecidos. Ojalá y nos veamos siempre, y
nos sentemos a la mesa para llenar los vasos del orgullo que nos quede y podamos beber juntos hasta la última gota. Ojalá…
¿Dónde fueron a parar todos estos años? ¿Qué fue de nosotros? Nos marchamos a un lugar sin nombre y regresamos a un tiempo inexistente, mientras las nubes nos iban cayendo encima. Nos levantamos rodeados de sombras, andando a gatas, a tientas..., cuando, próximos a nuestro destino, comenzaron a despeñarse las ilusiones de los ojos, la fuerza de las manos… No sabíamos muy bien lo que pasaba, pero intuíamos que algo sucedía. Era tal el caos, que nada tenía sentido. En una de esas, llegamos a perder hasta la paciencia. Horas después, nos tranquilizamos y pudimos respirar. Pasamos unos cuantos días aprendiendo a respirar. Y, un buen día, yendo por las calles, nos encontramos con mil caras con los ojos abiertos de par en par… De pronto, toda aquella gente, sin venir a cuento, se sentó en el suelo. Y se oyó una voz. Al poco, el vacío se llenó de voces, y la multitud subía los brazos hacia arriba como hacen las ramas de los árboles que crecen hacia el cielo, y los cuerpos comenzaron a ondularse imitando a un mar de olas, y unos rostros muy entrañables no cesaban de gesticular, y de vez en cuando se juntaban unos con otros escenificando una viñeta cómica, lo que provocaba cierta risa... Había muchas caras juntas, y muchos corazones unidos, y tiempos nuevos nunca vistos, y vidas distintas que multiplicaban la mañana por miles de mañanas, y entretanto iban cayendo también las hojas, esas hojas que estaban tan tristes que flotaban en el aire como flota lo superfluo para a continuación caer al suelo. A los muertos les cuesta morir. Cada uno de esos finados representaban a los centinelas del pasado. En un visto y no visto, el viento se llevó a todos a un lugar sin nombre. Entonces, llegó un abrazo silencioso, enorme y lleno de dignidad con el que reivindicar la proximidad y el afecto. Fue una escena muy parecida a la del día del eclipse: la gente se abrazaba sin saber por qué. O quizás se abrazaban porque lo deseaban. Fue el día que cambió todo.


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