HUELE A CLASE MEDIA


 

El domingo pasado se me olvidó mirar el calendario, pero, de algún modo…, como el que tiene una mosca detrás de la oreja,  sabía que era el Día de La Aspiradora. Lo digo porque mis vecinos, la pareja del piso de arriba, se tiraron más de una hora pasando la aspiradora. Era tal el ruido que, por un instante, llegué a pensar que era una cortadora de césped. Con lo silenciosa que es la escoba… La vida y sus cachivaches…  En nada, veremos a un robot manejando la dichosa aspiradora y también a nosotros mismos. Por ahí van los tiros y la mayoría de las aspiraciones… Las nuevas clases sociales anhelan tener siervos o esclavos, “ilotas” en la antigua Esparta. Y, si  son inmigrantes, mejor que mejor. Pero no les  da por inventar un soneto de pie quebrado, en la línea de Las coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique,  o una redondilla del siglo XVII, del Conde de Villamediana, tan popular,  que venía a decirnos aquello de que el trovador  ”tenía los pies en la tierra”. Pensar en esto y, unos segundos después,  ha aparecido la bruja subida en una aspiradora espantando a todas las aves que se encontraba y dándose de bruces con  aquellos cohetes que habían salido muy de mañana camino de la luna. Pero lo que no hacía la bruja en cuestión era dedicarse a espantar las malas energías,  con lo cual,  el ritual ése que nos enseñaron de niños, el de toda la vida,  en el que la bruja con la escoba nos aseguraba protección y prosperidad, pues.., eso, no se cumplía. Si lo pienso fríamente, sé que los únicos que van a prosperar con este rollo van a ser los vendedores de electrodomésticos, puesto que, al mismo tiempo que limpian el polvo, seguramente que irán quitando también la paja...y, así, de un plumazo,  como el que no quiere la cosa, nos van a dejar  el bolsillo más limpio que un jaspe, o  que una patena, según convenga echar mano de una frase o de otra.  Ya me entienden…




 

Son retratos del domingo de la clase media, que huele a ambición y  que siempre suele quedarse en una novela de trescientas páginas, tras la boda, ya que nunca da para una saga. Debaten más por el estilo y el qué ponerse, que por las ideas. La clase media es como el otoño y los escaparates, que, entre los colores de las hojas y los árboles y las luces, meten la frivolidad y una alegría de postín para que Dios los siga bendiciendo desde los cielos y se puedan sentar un día a la diestra del Padre. Y entran en un café, y no les importa el violín que suena, sino el cruasán que viene, para mojarlo en el café con leche. La música y el buen gusto, son de otra época. También la vida social. El espectáculo está en la barbacoa de la terraza, donde celebran los cumpleaños, las bodas de plata  y el máster de la hija mayor en una universidad privada…, a lo que sumar la aventura de los viajes yéndose  hasta el quinto pino o donde Cristo perdió el gorro  con tal de “ver mundo” y hacerse unos cuantos selfis, junto a las cataratas, plis, ¡papá, quieto…!,  aunque de geografía anden un tanto escorados al vacío. ¿De historia…? Ni hablamos.

Huele a familia. Suena la alarma de la puerta  y, cuando llega el repartidor con el  pedido de comida rápida, la tarjeta de crédito no tiene saldo. Pero no es para llamar a la policía. Se trata de un error.  El mundo está mal hecho, piensan. O el mundo es un espejo de lo que sucede y toca reinventarse. Antes las señoras cogían cita en la peluquería y ahora piden hora en un establecimiento asiático para que les hagan las uñas. Así lo explicaba Carrie Bradshaw en 'Sexo en Nueva York. Es un fenómeno que está yendo muy rápido. Regalos, cenas, postureo…, y luego viene el endeudamiento. Y no queda otra que ponerse la misma camisa para salir. Algunos andan todo el día vestidos de toreros o de traje, arriba y abajo, por no ir tan pronto a casa, sin nada que hacer. El ascensor se ha roto y, el que subía canturreando, ahora baja en silencio. Las estadísticas son un reguero de cadáveres.  El coche de segunda mano. Y los trabajadores de derechas. Eso de “clase media” no es más que una trampa que se inventó  el consumo.  Un trabajador no puede ser clase media. En una misma vasija no caben dos ideas distintas. Por eso ahora la gente anda tan perdida.

Vuelven los guisos y la vida interior. Llegan los olores del otoño y ese ambiente tan comercial de la vida. Las noches negras  de los viernes y las rebajas blancas con la fotografía de un edredón y un juego de sábanas. Cifras y Letras. Se repiten los eslóganes en la ciudad, mientras el campo se prepara para las nevadas y las cigüeñas para celebrar su paso postnupcial hacia África. La indiferencia se ha posado en los tejados de la sociedad y la mirada  sobre el diferente. Los periódicos se abren almorzando y se cierran en cuanto se atasca alguna que otra mentira en el gaznate. Las castañas asadas siguen brillando en las esquinas, calientes, convertidas en una reliquia de lo viejo. Poco a poco, va apareciendo  la nueva idea de lo cotidiano, que  se va formando con la repetición de las cosas, ya se trate de una familia de clase media con su gato o de un gato que vive con una pareja  obrera que aspira a convertirse en burguesa antes de que espire la Agenda 20/30. ¿Hacia dónde vamos? Yo prefiero quedarme en casa como una tortuga o ir con mi casa a cuestas como un caracol, y forjarme ahí, buscarme justo ahí,  y avanzar sin moverme,  y trascender..., si es preciso. Busco algo entrañable, sin más.

 





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