LA CRÓNICA DEL VIERNES


 

He recibido en el buzón un plan de Tai Chi para llevarlo a cabo en una silla y no dejo de preguntarme, por si en una de ésas me diera por seguirlo, qué hacer y si la silla de Ikea aguantará el dichoso plan, porque,  según dicen, estas maderas son ciertamente duras, ya que vienen de Los Cárpatos, que, por cierto, los han deforestado. El plan es de 21 días para mayores. Así reza el cartel. Alguna que otra vez, he visto a un grupo de Tai Chi practicando en El Retiro de Madrid, junto al Palacio de Cristal, pero esto de que te metan el ejercicio a seguir en el buzón… Decía Manuel Vicent que “el buzón marca el nivel del corazón”, aunque, hoy en día, el nivel del buzón lo marca la publicidad, sin contar con los parabrisas de los coches. Los magnates del “tocomocho”, meten el liberalismo en los buzones para luego poderse comprar  un yate y tostarse al sol.  Venden gangas para comprarse  lujos.  El capitalismo de Keynes  es el que confunde la libertad con la crueldad, con la usura. Ése y no otro es el paradigma liberal: “Dejar que las jirafas con los cuellos más largos liquiden a las que tienen los cuellos más cortos”. Aquí, más que jirafas, lo que tenemos son canallas de ojos listos y alma pobre,  fáciles de descubrir al ver sobre uno de los dedos de la mano el anillo de oro con una piedra preciosa engastada en un aro, o sea, “un solitario”, el símbolo de la horterada, que es como si a un  camello le ponemos unos zapatos o  a un ave una gorra de béisbol. Lo que representa ese “solitario de oro” es la falsedad, el postín de quien lo lleva, de quien lo exhibe sin recato en su dedo anular, y no se lo quita ni para mear. Un objeto anclado ahí de por vida, fijo, soldado al dedo como si llevara  una prótesis, una falange de su falo, del frontal de su sesera… El anillo, el apéndice, el icono del poder, mientras se mete el dedo en la nariz, le saca la lengua al personal o se toca  los perendengues… La piedra preciosa, el diamante en bruto portado por otro bruto, el mismo que pone en marcha la máquina de contar dinero y la de blanquear, amontonando la riqueza aunque sea a base de arruinar a las gentes más humildes con las leyes permisivas que crea el Estado. Sin embargo, no veo…, o no conozco,  leyes que denuncien e impongan  multas a quienes llenan  de flyers, folletos o mensajes comerciales las calles, los cristales de los automóviles, las paradas de bus, las marquesinas públicas, las papeleras, las aceras, los buzones de los edificios… Deberían pagar, al menos, por ensuciar las ciudades y llenarlas de papeles y cartulinas. Es la tropa de la propaganda, enviada  desde sus cuarteles a cubrir cualquier superficie o rincón del planeta con las ofertas.

Baja la temperatura; sube la temperatura. Así está el discurso del tiempo, que lo suelen adelantar para catorce días con tal de que la gente se organice y decida si sale o entra. Porque prometer…, los del “tiempo”, no pueden prometer nada. Sólo dan previsiones, que no es poco, para hacernos más fácil lo de elegir cada día el pantalón, los zapatos, el calcetín, más grueso o más fino, la muda… o aquello otro de subir  la persiana de la ventana  o no subirla. A algunos, cuando da el sol en la pared, les gusta tener subida la persiana. Se ponen al sol como las iguanas y los lagartos. Luego, en la cita o en un encuentro casual, tienen pinta de un arenque disecado. Yo prefiero el frío, la lluvia constante, los grises, la escala completa de grises, que es por donde mejor se cuela el interior de cada uno, ese mundo subjetivo que ni yo mismo conozco del todo. El interior de nosotros, no solo es un mito, sino un laberinto por el que perdernos. Hay veces que no encuentro la salida. Cuando soy fiel a mí mismo, la suelo encontrar con más facilidad. La perdición completa está en la intimidad. Cuando recorro la intimidad, sencillamente… “pincho todas las ruedas”, por decirlo de una manera escatológica y enfática, y quedo totalmente a la deriva. Pero de vez en cuando es necesario salirse de la raya y … “hablar con el demonio”,  por usar otra frase coloquial para describir la situación.   Yo creo que esa es nuestra verdadera naturaleza: errar y enmendar;  portada y  contraportada. O aquello de  luces y sombras. Por lo general solemos pensar mucho en estas cosas cuando estamos saliendo de nuestra casa y enfilamos las escaleras de mármol, tan frías, sobre todo por si nos caemos rodando. Siempre pensamos en qué pasaría…, sin testigos, sin allegados o conocidos que pudieran dar una opinión de quiénes éramos, una idea del hombre o de la mujer que había dentro de nosotros…, aunque, sinceramente, yo creo que, conocernos de verdad, saber de nosotros toda la verdad y nada más que la verdad, no la sabe nadie. Es más, si se enteraran de la misa la media…, se llevarían las manos a la cabeza. Habría muchas sorpresas…  Y llegarían las exclamaciones: “¿No me digas...?”. ¡No me lo puede creer…!”.   Nadie tiene un currículo aceptado de nosotros.  La mayor parte de las veces porque carecemos de interés, otras por envidia y en general porque los demás casi siempre nos han mirado con cierta frivolidad. He ahí la cuestión, querido Watson. Por eso no nos conocen. Sin más.

Vivimos en una alarma futurista. Soñamos más con el futuro que con el pasado. Cada proyecto es una desafío que se burla de la naturaleza y no la respeta. Los dinosaurios se extinguieron hace 66 millones de años. Todo comenzó por un asteroide. Fue una lección crucial sobre la fragilidad de la vida. Así que… Cuidado con ese lenguaje de guerra y chulería, al que le gusta la carne de picadillo y la gasolina, y que se está imponiendo en el planeta. La película de 1983 Juegos de Guerra, se quedará en una broma comparándola con la que se avecina, porque, de seguir subiendo la temperatura y los rifi rafes, esto no se va a quedar en una mera exhibición de fuerza, ya que la cosa va de güevos y de “cagarse en los pantalones”,  según las afirmaciones de algunos mandatarios y jefes de la diplomacia y exteriores.  De seguir así, la Unión Europea se quedará en un parque temático para que aquí vengan los chinos, los rusos, los musulmanes…, a disfrutar de nuestra gastronomía, a beber nuestros vinos y a visitar museos. Hace años ya lo advirtieron algunos intelectuales y políticos, entre ellos Rafael Pampillón, Sánchez Dragó, Josep Borell… Está  muy bien poner la mirada en el futuro, pero el pasado enriquece. No digo yo de  volver a la gabardina, tan elegante, pero sí a la aventura del idioma, a ese espacio mental que es la literatura, que es un río que corre por el interior de todos nosotros, como diría Jorge Edwards.





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