EL ARCÁNGEL DEL BARROCO


 




Piso el asfalto. El trasiego en la plaza de los Mostenses es constante.  Los repartidores se afanan en descargar la coca cola, la cerveza embotellada, y los barriles.  A estas horas, el perímetro del mercado es una congregación de furgonetas. Uno tiene la sensación de que va a empezar la carrera del siglo.  Pero no. Algunas, vienen desde los campos y las huertas, llenas de productos de la tierra: frutas, hortalizas…; un género fresco y exótico, que surte a muchos restaurantes chinos y tailandeses.

Voy andando por la ciudad, sin olvidarme de la ciudad interior de mi infancia, que llevo conmigo como si fuera otro  traje. Agradezco la hospitalidad y la  mirada. Nos acogieron a todos sin preguntarnos. Aquí desembarcaron alicatadores, fogoneros, rufianes y subalternos, electricistas y carniceros, mensajeros, repartidores, albañiles, carteros, mecánicos…, artistas, y toda una lista de braceros y funcionarios, de pinches y peones…, por no citar a emprendedores, boteros, escribanos…, las chicas del cable, las matronas…,  más algunos tapiceros, y todos aquellos oficios que se iban demandando.  Las estaciones de trenes y autobuses, el aeropuerto… La ciudad bullía, con la llegada de viajeros, entre cuyas hordas se mezclaban vendedores ambulantes, curiosos…, incluso el típico ratero o carterista, y aquellas  mujeres con los ramos de romero que echaban la bendición a cambio de unas monedas. Pero la única bendición era tener un trabajo y una casa en la que vivir. La ciudad venía a ser ese poema en el que uno se veía a sí mismo, por la mañana temprano.

Enfilo la calle Leganitos y entro en el primer bar que encuentro. Sólo necesito un café  y hacer algo de tiempo. Cerca de donde me hallo, subiendo hacia la plaza de Santo Domingo, se eleva un edificio de apartamentos que antaño fue el Colegio de Santa Bárbara para niños músicos al servicio de la Real Capilla, fundada por Felipe II en 1590. Y justo enfrente, está la ferretería que se hizo famosa por tener una placa, a la vista del público, en la que se podía leer perfectamente: “En este lugar vivió el compositor Doménico Scarlatti, que falleció el 23 de julio de 1757”.  El mismo lugar en el que estuvo Carlo Broschi, Farinelli, el niño mimado de Europa. Era alto, con el rostro lampiño y afilado, de ademanes finos y majestuosos, con un aire aristocrático y una voz maravillosa, que emanaba de una caja torácica privilegiada. Tenía unos once años cuando le practicaron la eviración o emasculación, tras caerse de un caballo, según la versión oficial. Había nacido en el seno de una familia noble. Eliminados los efectos analgésicos del opio, pasó a estar bajo la instrucción de Nicola Porpora, hasta llegar a ser el arcángel del barroco.

Por aquellos tiempos, el rey Felipe V, el primer Borbón, aquejado de una profunda depresión, se había alejado de sus obligaciones regias. Su esposa, Isabel de Farnesio, italiana, igual  que Farinelli, le pidió a éste, que en ese momento se hallaba en Londres, que intentara sacar al monarca del enclaustramiento con su voz. El contratenor llegó a España en 1738 y, noche tras noche, durante 3.212 noches, le cantó al monarca, que murió en 1746. Al rey  le daban las tantas cenando y escribiendo. Tenía los biorritmos cambiados. Era un hombre depresivo, algo que se describía en la época como una melancolía continua (incluso le tenía aversión al baño y al cambio de ropas). El italiano comenzó cantando desde la habitación de al lado. Cada noche, cantaba cuatro arias o las que consideraba necesarias.  Así se pasó más de una semana. Un día, el menos pensado, el rey abrió las puertas de la recamara, le hizo entrar  y le dijo:

 ─”¿Qué quieres por cantarme así todas las noches?

A lo que Farinelli contestó:

 ─”Que su majestad se levante, se afeite, se vista y cumpla con sus deberes de rey”.

A la mañana siguiente, el rey estaba en pie después de años sin levantarse.

 

 El cantante sólo pensaba quedarse unos meses en España. Estuvo 25 años. La rumorología  cuenta que Carlo Broschi estaba secretamente enamorado de una chica de la nobleza, de la cual no se sabe el nombre. Los castrati eran los preferidos por algunas damas y, en los conciertos, gritaban extasiadas, en la creencia popular de que eran mejores amantes: se decía que mantenían el “entusiasmo” hasta el final. Farinellli, el más grande de todos fue el capricho del mundo. Según cuentan las malas lenguas, al llegar Carlos III al poder, dijo: -“ No me gustan los capones en mi mesa”. No tardó en poner tierra de por medio. Fue primer ministro, residió en un palacio que mandó construir en Aranjuez, y se retiró a Bolonia con toda la fortuna que había amasado, donde vivió el resto de sus días hasta su muerte.

El café denso y corto. El ambiente desconocido. Lleno de clientes variopintos: el pueblo. Muy cerca, queda la comisaría de Policía. Cuando voy a los bares, siempre me quedo mirando esas servilletas de papel, finísimas, en las que los poetas escriben sus versos malditos, entre trago y trago. Desde que abren hasta que cierran, estos bares son un baile constante de espejos y de ese ritual de perfumes caros. La mesa en la que me hallo, está situada en el punto exacto donde los clientes giran para ir a los lavabos. Las fragancias quedan suspendidas en el ambiente de este laboratorio, porque eso es un bar y no otra cosa. Huele a mejillones de lata, a las alitas fritas, para los almuerzos, a la tortilla española, con cebolla y sin ella, y a la cazadora de cuero que lleva el chico que acaba de entrar y que se ha venido hasta los confines de la barra, que es donde estoy yo. La chupa negra va dejando un olor especial a las tenerías, a ese olor a la cal viva y a los excrementos de paloma.

En el bar, los clientes siguen pisando las cabezas de las gambas, las virutas de los cacahuetes y la piel de las almendras. Desde los ventanales, se controla la calle. Hace una mañana luminosa y llena de propósitos. El tiempo se esfuma y toca alcanzar la puerta de salida. Nada más poner un pie en la calle,  me sale al paso  una suave brizna de viento, que trae unas cuantas sonrisas, muy parecidas a esas otras que salen cuando la naturaleza está contenta, o comienza a pasar las páginas de los periódicos de los quioscos, esquina con esquina, donde el tiempo, finísimo, se detiene un instante a descansar como si fuera la arena de los días. Mientras nos recuperamos, el tiempo y este que les dice, ambos, vamos creando un paisaje mental dentro de nosotros. Detenidos en la esquina, permanecemos en silencio, que siempre es un espacio para la esperanza. No sé por qué me da por estar en silencio en las esquinas. Quizás lo haga por instinto.  Cuando por fin  echo a andar de nuevo, los zapatos regresan a las aceras de esta ciudad imperial o cruzan los pasos de cebra por entre cuyos adoquines resuenan los siglos, el granito de otras épocas, mientras voy camino de un parque, puesto que la memoria, a esta horas, comienza a llenarse de recuerdos. La memoria como la bandera de la edad, la misma que izo todas las mañanas intentando tocar ese cielo azul azulado, ese patio de armas  con olor a excrementos de caballería, entre generales, oficiales y cadetes, cuartel de la Guardia de Corps, año 1717, barroco churrigueresco, Pedro Ribera, valor y nobleza, y doscientos escudos de vellón, como anticipo del Concejo madrileño, sacados de los impuestos. Edificios, realidades e historia, materia para escribientes, alejados del bullicio y de las galeradas callejeras, más hacia la Corredera Baja, una vía estrecha en el Barrio de Maravillas, la tradición castiza y chispera, como viene a decir don Benito en sus Episodios Nacionales, a mil pesetas el episodio: “ El abigarrado gentío que poblaba las calles se componía de todas las clases de la sociedad, abundando principalmente la manolería y chispería, hombres y mujeres, viejos y muchachos.  /Las viejas santurronas, que durante tantos años olvidaran todo camino que no fuera el de sus casas a la cercana iglesia, acudían también llevadas de la devoción al nuevo Rey. …. /Los niños no habían asistido a la escuela, ni los jornaleros al trabajo, ni los frailes al coro, ni los empleados a la covachuela, ni los mendigos a las puertas de las iglesias, ni las cigarreras a la fábrica, ni los profesores de las Vistillas dieron clase, ni hubo tertulia en las boticas, ni meriendas en la pradera del Corregidor, ni jaleo en el Rastro, ni colisión de carreteros en la calle de Toledo...”. Cotilleos y noticias; franelar por los mentideros sin olvidarnos de poner la oreja; el hilo de la información y la crónica puntual; las porteras de la capital; el rumor de rumores; la chispa; lo castizo y el chotis, usté  y yo, que salimos y que entramos, mientras nos bebemos la vida y las lágrimas del desconsuelo, e  improvisamos el chascarrillo con el  viejo castellano, en tanto que entra la croqueta  de jamón y tiran la caña, apoyados en los límites de la barra en Casa Manolo, calle Jovellanos, donde casi se redactó la Constitución del 78, o sin el casi, cogiendo onda para unas cuantas cuartillas con las que redactar  la actualidad y teniendo cuidado de que no huelan a  La Transición. 








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