SILENCIO


 

 

Hugo Mújica, un sacerdote argentino, ya jubilado, ha ganado el Premio Loewe de Poesía a sus 83 años: “En origen fue la luz y al final será el principio”. Así comienza uno de sus poemas. Las hojas, la brisa…, la danza de las luces y las sombras…, la danza de la vida. Asegura que empezó a escribir el día que escuchó el silencio: -“Escuchar sin escuchar nada”.

Hay tanto ruido ahí fuera que el silencio se ha convertido en un lujo emocional. El silencio y la obra de arte,  el cuadro, la música; aquello que escribimos y aquello que callamos. El silencio, mientras pensamos o contemplamos un paisaje, cuando miramos por la ventana… Tras los ventanales, bajamos la mirada y ponemos la primera palabra. Pero, al instante, la borramos. A continuación, escribimos otra… Y al rato, añadimos unas cuantas más. Y poco a poco nos vamos comunicando, llenando la hoja en blanco: de tinta, de pareceres, de lujuria, de miedos… La luz del texto hace que también aparezca la sombra de la mano sobre el papel, ya sea en el silencio del verano, tan caluroso; en la oscuridad de la noche;  con el frío del invierno…  Eso sí,  siempre a solas, en compañía del silencio, que habla, ese silencio que nos ayuda a escuchar la voz interior, que retumba,  y que solo escuchamos nosotros. Ecos de unas voces que nos llevan a otros caminos, a otras huellas…, a otros destinos. Huellas y sombras, las de entonces. Entra la voz y se hace el silencio. Y volvemos a escribir, a redactar con la sabiduría necesaria, copiando de la vida, de aquella vida, de ésta y de la que está por venir; transcribiendo las confesiones que nos hace la tierra. Y nace el texto, el cuadro, o la música, entre cuyas notas,  también se mete el silencio: La Pasión según San Mateo, de Bach, por seguir con esa idea que tiene Hugo Mújica. El silencio que se esconde bajo la palabra, tras esa prosa limpia, casi secreta, que parece emerger de un mundo desconocido. El poema impecable, la reliquia, la máscara de lo tácito, sabiendo callar, aprendiendo a decir…,  sin hablar, hablando, en gerundio, cavando la tumba del poeta, metiendo el alma entre las palabras, entre las cejas, entre todos los silencios que protegen la intimidad de la escritura,  más allá de las fronteras. La palabra que brota, que cae, que mancha el papel de verdad. La gota, la sangre, el lenguaje, que impregna la cuartilla sin hacer el menor ruido, sin espantar al tiempo, dejando que la literatura se extienda por la hoja en blanco con armonía y respeto.

Por fin llegan a mi mesa las palabras. El silencio habla por mí. Las palabras laten y danzan, llenas de emociones. Hay momentos en los que el silencio se hace infinito. Y me cuesta avanzar. No es una pausa, sino que se detiene en seco: enmudece. Me pongo a contemplar, sigilosamente, sin alterar la espera…Aprovecho ese ínterin para dialogar con el mundo. Y, de paso, conmigo mismo. La frase no llega, y me cuesta arrancar de nuevo. Sospecho de todo: del silencio, de la belleza… Pienso que se trata de una conjura en toda regla. Y dudo: si quedarme o huir… No sé si hacer un intento…, hacer como que me levanto…, con tal de echarle un pulso al silencio y ver qué hace. Me ahogo solo con pensar que puedo enmudecer. O perder la vocación… Me duele la herida de siempre, de la que ya no me acordaba. Las prisas no son buenas para coser un texto. Ni para amar. Sé que tengo que aprender a traducir el silencio. Y desprenderme del orgullo. Y me he dicho: -“Esperaré. Ya vendrá”.

El cristal de los cristales; la ventana que grita, al abrirla; el agua dormida de ayer, sobre una maceta vacía; el tiempo, que trae cosas nuevas que me quitan la sed. Releo más arriba y vuelvo sobre el silencio, que regresa. Vuelve la armadura del guerrero y del poeta sobre la intensidad de la mañana para batirme con las aguas en las orillas de la vida. Sobre todo creyendo en mí, sin salirme de mi territorio,  de mis palabras, que son agua para beber, mientras hablo sin hablar, callo sin callar, y digo sin mentir,  mientras voy formando un coro de voces con una sola voz, con un solo silencio, con una sola luz, que es lo más sonoro del mundo.  La mañana se pone alegre y el poeta queda a salvo, mientras beso las palabras.





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