Desde
tiempos inmemoriales, el calendario gregoriano, promulgado por Gregorio XIII en
1582 (y que vino para corregir el desfase del calendario juliano) y el de la ONU, en el siglo XX, vienen organizando nuestra agenda en complicidad
con los grandes almacenes. Igual nos organizan el día que la noche, si es día festivo o laboral…, el mes de vacaciones, o si hay procesión o una huelga. Organizan nuestra vida y nuestra rutina, a lo
que sumar los días de las rebajas, el black friday, las compras on line, las
elecciones, las tendencias y el baremo de las encuestas. Uno ya no sabe, por ejemplo, si el día 13 de marzo es el
Día del Sueño (marcado en el calendario por la Sociedad Mundial del Sueño) o el
día que mataron a Julio César, porque, el 13 de marzo, también es el Día
Nacional de los Veterinarios Caninos, además de ser el día de San Rodrigo,
Santa Cristina de Persia, San Eufrasio de LLiturgi… Lo que sí tengo claro es
que no hay un Día de la Sensatez. El calendario gregoriano pasa de un Rey Mago a
un mártir, de un santo a una Virgen, del patrón de una villa a conmemorar la labor de un obispo, como San
Pientio de Poitiers, que fundó el monasterio de los cenobios. En cuanto al de
la ONU (sigo sin saber para qué sirve ese organismo, aparte de para hacer el
ridículo ante las potencias mundiales), viene a ser un calendario paralelo,
repleto de causas perdidas en la memoria o en la legislación de los distintos países.
Día del Medio Ambiente, del Trabajo, de la
Asunción de la Virgen… Hay quienes dicen que el calendario más exacto es el
persa, llamado Jalali, utilizado en Irán y Afganistán. Lo que sí que parece
cierto es que el calendario gregoriano, que se inició por los estudios llevados a cabo por
unos científicos de la Universidad de Salamanca, pone al mundo en sincronía y a
nosotros nos pone las pilas, cuando no mirando
“pa” Cuenca, y no porque el dicho en cuestión tenga que ver con la ciudad de
Cuenca, que es Patrimonio Histórico de la Humanidad desde 1996, sino por su relación con el “coito a tergo” (coito por
la espalda), un dicho que estuvo de moda allá por 1504-1506, ya que, Felipe I de Castilla o Felipe el
Hermoso, consorte de Juana la Loca, que, dicho sea de paso, era bastante
mujeriego, mandó construir en Toledo, por ser el centro de la península, una torre astronómica a través de la cual se podían
ver todas las ciudades del reino. Con
esa excusa, subía a sus amantes al enclave y se disculpaba tanto con su esposa
como con los cortesanos diciendo “la voy
a poner mirando a Cuenca”, aunque también se decía aquello de “te voy a poner
mirando a La Meca”. Anécdotas aparte, lo que sí queda claro es que el
calendario gregoriano nos pone en línea solar con el futuro, mientras va
organizando nuestra vida civil, social y religiosa. No nació como un evento
espiritual o simbólico, sino por una necesidad práctica. Y no hay día en el que no
nos ponga en marcha, Y, sin embargo, le hacemos caso omiso, y nos
quedamos quietos como una estatua. Después de tantos años en movimiento,
todavía no hemos comprendido que el cambio tiene que llevarse a cabo dentro, removiendo
la tierra, sacando lo viejo y metiendo lo último, metiendo en el interior del
homo sapiens a ese hombre fruto del conocimiento. El calendario no
empieza cuando pagamos los impuestos, sino en el momento que nos levantamos y damos
la luz, la misma que pone en marcha la máquina del tiempo. Llevamos más de
cinco mil años mirando al sol, obsesionados con el dichoso tiempo. Y ha llegado
la hora de bajarnos de los árboles. No venimos del mono; vamos hacia él. Así lo
demuestra la actualidad.
El
calendario es una agenda repleta de nombres, que va implícita en la mayoría de los
almanaques, como esos que nos regalan las empresas o las cajas rurales de nuestra localidad, a
finales de año. A medida que pasan los días, o los meses, vamos arrancando las
hojas, pero jamás nos hemos detenido a leer toda esa retahíla de venerados, todos
y cada uno de los nombres que vienen recogidos por orden del Papa de turno, con
la complicidad de la Santa Sede. Sí, seguro que da para hacer miles de contactos,
por no decir que da hasta miedo. Y lo extraño es que, a día de hoy, todo ese listado de homenajeados
se siga manteniendo entre nosotros, en
nuestras casas, como si aquello fuera algo de una ingenuidad pasmosa, algo inocuo,
inofensivo, un acto de fe, un mensaje
inequívoco, cuando sabemos de buena tinta que no es así y que el verdadero calendario
es aquel que marca el corazón, dentro de nosotros. Los valores no son los que
hay rotulados en las marquesinas de los siglos y de las instituciones, sino aquellos que nos transmitieron nuestras madres,
cuando la lactancia, con su habla tierna y pausada, o cuando nos habla la
propia naturaleza. La arrogancia social ha traído a la actualidad muchas causas
por la que luchar tras las cuales solo hay intereses económicos. Y mucho tongo.
A veces me parecen una propuesta pueril, además de una pérdida de tiempo.
Hay
que volver a rescoldar en el brasero de picón, en ese interior en el que va el
hombre, donde vive, donde sufre, y de donde sale toda esperanza. Hay que volver
a hurgar en la nieve para llegar al agua, “donde brota mi verso, de manantial
sereno” para lavar esa tarjeta de visita que nos ha regalado la vida, que representa la estética y la bondad, el
sufrimiento, el dolor..., para llegar a lo más profundo, a lo más humano, que
siempre está a la vuelta de la esquina,
sin dobleces, sin esos templos llenos de ídolos, sino en la tierra llana, donde
el mundo se encuentra a sí mismo y donde siempre nos encontramos todos. Sea hoy
por don Antonio Machado: “Y cuando llegue el día del último viaje y
esté a partir la nave que nunca a de tornar, me encontraréis a bordo ligero de
equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar ”.


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