Dalila,
la heroína, se halla sentada en el Thyssen,
desnuda de cintura para arriba, mientras
le corta el pelo a Sansón. Es uno de los seis cuadros barrocos pintados por Il Guercino, Giovanni, que han viajado hasta la pinacoteca del Paseo
del Prado. El autor, un pintor autodidacta y estrábico, el mismo que, con su mirada
bizca, convirtió a la filistea en la guerrera capaz de salvar a su pueblo. Clasicismo
renano y sobriedad, arte del “seicento”,
que plasma el momento, cuando el destino queda en manos de un simple gesto. La
atmósfera del cuadro se abre a la voz del corazón y vemos a Dalila, sensual y hermosa, escenificando
el instante de la traición, a pesar del dilema moral. El lienzo, con sus
silencios, explica el significado del resto de imágenes, con las que el pintor
interpreta la Historia. Cada personaje está en el sitio que le corresponde. Nadie
actúa. No estamos en el teatro, que solo sirve para lucirse; estamos en el
lienzo, que necesita ser pensado, descifrado, incluso jugar a congelar lo que estamos
viendo para captar el
mensaje. La espontaneidad en el arte no funciona. Todo artista es un dictador. Necesita brillar
en poco espacio. Por eso raramente se sale del cuadro. Se queda en la
decadencia de los días. Nadie actúa; todos obedecen. Incluso en esas “naturalezas
muertas”…, todos los objetos inanimados están ordenados por la mirada lenta del
artista, que busca una luz limpia de manera que ésta envuelva la obra de
misterio, a pesar de su sencillez o de que se trate de cosas cotidianas. Por
eso, de joven, me gustaba escribir en
corto. Vivir esa fiesta que monta la brevedad.
El poema es una pieza de relojería. La captura del instante. Y hace de ese
momento algo único. Un poema puede atravesar el alma como un cuchillo, sin necesidad de esperar a nadie,
ni tan siquiera a que se apaguen las
luces. O a que nos veamos a través de un sinfín de espejos, que siempre mienten.
El poeta no espera a que venga alguien y dé la orden de empezar, ya sea un
monarca, un virrey o un santo. El poema comienza solo. Sin protocolos. Solo es
necesario coger el castellano por el gaznate y hacerle hablar. No hace falta construir un monumento con los vocablos. Ni beatificar las
palabras. El poema vive a solas sobre el altar de la poesía, que es la sangre.
Por eso cruje en medio de la ceremonia.
Y provoca un susurro lejano. Hasta que suenan clarines. Y llega la rima. Y se cierra
la mano. Y cogemos la pluma. Y entonces comienza a caer el oro caliente sobre
la hoja, que cubre cada verbo, cada artículo…, y se detiene en el vocativo, repleto de sentimientos, y tiñe la tragedia
del color de la tragedia, y a sus protagonistas
los llena de rabia, o de dolor, quizás de amor…, y comienza a construirles un templo a los enamorados, a las bocas que se llaman, que se besan, que se confiesan en la intimidad …, porque el poema es a un mismo
tiempo poesía y caos, deleite y rigor…, y flota sobre un torrente de bemoles,
tal y como hizo Mahler en el adagio de
su V Sinfonía. Y llega el amor y el
llanto…, la muerte, el desgarro, porque
en el poema no hay vencedores ni vencidos, sino belleza, y la vida pasa, y los jinetes cabalgan hacia la luz para aprender a amar, en un cruce de miradas...
Un cruce de miradas solo cabe en un poema. Y un tiempo verbal, también: Ego amo, tú amas, ille amat… Fogonazos de la
memoria, cuando caminamos tierra adentro. Allí donde el viento cambia, se da la
vuelta y trae ilusiones. Y la noche se
hace de noche y la verdad calma la sed de venganza. Y el tiempo comienza a pasar
más rápido. Allí donde las piedras respiran y donde yo pisé un charco, de niño,
con el cielo ya despejado. Allí donde le
pusimos un nombre a las sombras y otro a los animales. Y la tinta dibujó unas
alas y la pluma escribió dos palabras: SIN TÍTULO. Un poema sin título para presentarlo al Premio de Poesía
Ernestina de Champourcín, que formó parte de Las Sinsombrero, dentro de la Generación del 27, con las páginas de
los periódicos en los quioscos oliendo a primavera y la muerte convertida en el
alcohol de los locos, con discursos de hierro, mientras escribimos una carta a
la familia para que no nos ignoren y se acuerden de nosotros de vez en cuando, se
acuerden del poeta y del poema, de que uno nunca se fue, porque no hay un adiós
definitivo, a pesar del rumor. Estaba terminando de hacerme la maleta y bebiéndome
un vaso de agua para no tener sed en el
camino, porque hay un momento en el que no es necesario decir nada por muy
triste que sea, o fuerte, con la luz de aquella
mañana en la que enfilé el horizonte, no sin dejar antes la palabra nocturna sobre la
almohada como quien deja una flor, como el que deposita la inspiración
donde estaban los sueños y, tras un rastro de silencio, sale en busca de
la libertad, de otro fuego, de un estilo, de otra manera de decir las
cosas, de sentir la vida, que ha decidido quedarse con nosotros para hacernos compañía y
decirnos que no nos llevaremos nada de aquí…, nada…, ya que todo saldrá volando
por las ventanas.


1 Comentarios
Son más bellas tus palabras que el cuadro…. Haces magia con ellas.
ResponderEliminar¡Me encanta!