EL TERRITORIO DE LA LIBERTAD





La poeta Carmen María López, ganadora del Premio Adonais 2025, afirma que “la creación literaria es el territorio de la libertad”. Y dirigiéndose a su hija, aún no nacida, le dice, o le susurra… “La vida es una lágrima, pero hay tanta belleza…”. No puedo estar más de acuerdo con ella, pero no estaría mal añadirle a esa frase que la literatura precisa  también de un compromiso con la realidad. La libertad se conquista, no es una cosa intangible con la que nos encontramos al volver la esquina, ya se trate de la  libertad  colectiva  o de la individual, dentro de la cual va implícito el derecho a la intimidad. 

Creamos para comunicarnos con los demás. Aquí entra la libertad de expresión: el artista es libre de encontrar el punto de vista para su obra. Y ésta es una máxima innegociable.   El artículo 20 de la Constitución reconoce y protege “el derecho a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra…”. El poder de la creación no puede ser cercenado mediante la coerción. La literatura abre y cierra heridas, y la libertad de expresión tiene que proteger también a las ideas que ofenden, perturban o hieren. Esa es la prueba más clara a lo hora de saber si hemos decidido proteger la libertad como se merece: proteger incluso aquello que nos incomoda, porque no podemos convertir a la libertad en una caricatura, pues, por muchas barreras que pongamos, la literatura siempre encontrará un hueco por donde colarse. La libertad exige palabras…, y la literatura tinta: mancharse las manos de pasión.

La sensibilidad moral, el miedo a la palabra, las lecturas inocentes, lo correcto, lo que se puede leer, lo inofensivo…, las ideas, el pensamiento…,  no pueden estar pidiendo permiso a cada paso. Necesitan un territorio amplio, que es donde pasta la palabra, o el verso; la casa donde habita la memoria o la imaginación; el  hogar de la libertad. Las historias cotidianas van de un lugar a otro. Siempre están de viaje, explorando el mundo. Una respiración que llega y otra que se marcha. Son latidos diferentes, corazones distintos, cada cual con su ritmo, con su temblor, porque cuando se escribe o se lee, se tiembla, y la mirada se adentra en ese ramaje de sentimientos intentando comprender la vida a través de un puñado de palabras.

Deseos antiguos. Del verso al caos y del ser humano a la libreta, con tinta y con sangre, donde habitan todos los personajes, yo, tú él, vosotras…, ellas…, un espacio, una coma, otro renglón distinto… y un puñetazo, si cabe,  contra la tragedia, en defensa del más débil, con el gesto torcido, la garra, eligiendo el momento, el acto de fe, el mundo de la libertad.

Recuerdos y lenguaje, apuntes para soñar, para vivir, para ser otro…, o para ser de otra manera,  para ser yo…, libre, escondido en una novela, en un bosque de libertad, desnudo…, cubierto después con la palabra, que va tejiendo un manto con el que cubrirme cuando eche a andar por ese camino que me espera como el mar espera a los barcos, que los agita con las olas, con la luz y el sonido  poético de los mares, cuando la poética de nuestros días, desgraciadamente, no es más que marketing. A continuación, las olas nos arrastran hasta la orilla y, sobre la arena, con el dedo  escribimos unos cuantos renglones torcidos como lo haría cualquier  náufrago. 

La literatura es una larga travesía… Suenan las voces de poetas errantes, el santuario de la palabra, indomable como un potro salvaje, los poemas del alma y la estética de la existencia. Todo eso no es más que un librito, unos apuntes a contrapelo, escritos en ratos perdidos, intentando atrapar el tiempo o el pasado, o quizás el amor, que se fue, y que ahora regresa con otras promesas, con otro paso diferente, años más tarde… Y así lo recogen esas humildes palabras, poderosas a la vez, tiernas, llenas de un romanticismo feroz que aúlla como un lobo herido, escribiendo sobre  el dolor, o con él, un amor idealizado en el tiempo, por donde corría la felicidad como corría el agua de los manantiales y que ahora no trae más que tristeza, pero que, aun así, todavía nos crea alguna que otra necesidad, como la de  curiosear por esos años perdidos, cómo fue, qué pasó…, qué fue de nosotros, por qué nos pasábamos la mitad del tiempo buscándonos y la otra mitad huyendo, escondiéndonos de la vida,  en silencio, sin una nota, unas pistas, un sendero de lilas tan poético y necesario… ¿Qué quedó…? Y, sin embargo, sé que a veces te quiero, cuando nada existe…, porque todo no se borra… y  siempre sobrevive algo…, aunque sea una brizna... No da para un libro, pero sí para un poema. Y con esos pedazos, voy a hacer  un soneto. Y volveré a  extrañar todo, incluso la letra.




 

 

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