Las
palabras tienen vida propia. Cada mañana, nada más terminar de desayunar, les
abro la puerta para que salgan. Creo que hoy se van de viaje, antes de que
vuelvan las nieves, esos polvos que tanto se parecen a la estampa invernal de aquel París burbujeante, cuando Édith
Piaf, que nació debajo de una farola en el número 72 de la calle Belleville,
cantaba en clubes y music-halls de Saint Germain des Prés La vie en rose. Jackson
Pollock, el pintor norteamericano del expresionismo abstracto, hacía lo mismo
con sus pinturas, que, cada dos por tres, sin pedir
permiso, se iban de paseo buscando su oportunidad. No eran de quedarse demasiado tiempo en el lienzo. El artista ni se
inmutaba. Cuando sucedía esto, no solía mover la cabeza hacia los lados, puesto que la cabeza, según algunos pensadores, hay que
tenerla de frente para que no se nos olviden los ríos de España o la realidad
violenta que viven las generaciones de hoy, procurando, de paso, que tampoco se nos olvide el vocabulario
de francés, de cuando el instituto, tan convencional y tan sugerente, así como artístico: touché, en la esgrima; plié, en la danza… Sí, porque de inglés no “entiendo ni papa” o no tengo ni pajolera
idea, ya que no me gustan las imposiciones y menos que la lengua que hablo me
la introduzca la
dictadura del dinero a través de un embudo. Me cabrea mucho ver que, en un hospital de la Sanidad
Pública, en una puerta de Urgencias, pone Box, Nº 1, en vez de poner Habitación, Nº 1. Somos unos acomplejados. La identidad de las cosas no es un asunto
baladí. Detrás de un nombre, hay un reconocimiento, como también hay sentimientos.
Hablamos como pensamos. Y eso nos hace reconocibles. No sería lo mismo decir
que en la batalla naval de Trafalgar, en 1805, la flota española fue derrotada
por la Royal Navy, al mando del vicealmirante Horatio Nelson, que la armada
española fue derrotada por una escuadra británica. No es solo una cuestión
de prestigio, sino de exactitud y reconocimiento, por no decir de respeto,
porque el perdedor también tiene sus derechos, su honor, lo que ensalza su
esfuerzo y su dignidad. Cuando ésta se pierde, nos pueden hasta insultar, sin que llegue a importarnos. No es de extrañar que, después, en la noche, el insomnio haga de
las suyas. No dormimos bien, lo que genera mucha inquietud y muchas sombras en
el reino de los cielos. La verdad ya no está dentro de nuestras vidas, sino en
los relojes. Nos sentimos sucios, llenos de remordimientos, tantos que se nos han
atragantado como un bocadillo de calamares. Y ahora, estirados en medio de la cama como un
bacalao en pepitoria, no logramos coger el sueño, por esto o por aquello, o por
todo. Y, llenos de temores, confusos,
nerviosos y presos de la oscuridad, quedamos a espensas del demonio..., el mismo que, sin ningún cargo de conciencia, se ha sentado sobre el colchón Pikolín de oferta y se ha puesto a fumarse un cigarro puro como el que se fuma una vela ardiendo, al
que le ha prendido fuego con un Dupont de plata, Y..., a lo que iba..., que, tras la tercera o la cuarta chupada al dichoso puro, nos ha leído la cartilla, y toda la retahíla de cada una de nuestras coartadas,
que, por cierto, ya no nos sirven de excusa ante el Santísimo. También ha echado en un tiesto todas nuestras salidas de madre y el número de visitas que hemos tenido en el catre, de noche y de día y al atardecer, tanto de mujeres desconocidas como de amantes... A continuación, sin pestañear, porque lleva las pestañas postizas, nos ha hecho un resúmen de aquella revolución que propusimos como asalariados cuando no pegábamos ni chapa y de los mundos que nos fumamos en nombre del progresismo, de nuestra dolce vita..., de las
vidas a las que jugamos, ya fuera en nombre del placer, de la libertad.., del cuento... Y, claro,
ahora, hace ya un rato que vino un ángel, entró por la ventana y le trajo al demonio una calculadora. Y éste se ha puesto ha sumar todo y... ¡Y no veas...! ¡Todos directos a la hoguera global! ¡A las Calderas de Pedro Botero…! Y, nosotros, entretanto, intentando pasar el trago y sin pegar ojo en toda la noche. Ya digo, más pendientes del demonio que del
reloj de la mesilla. Primero, porque, uno, es el dueño de nuestro tiempo; y, segundo, porque, el otro, es el dueño de nuestra alma y de nosotros mismos.
Hoy es
el Día del Sueño o de la mosca tse tse, que no hay que confundir con una banda
argentina del mismo nombre, que se escribe con mayúsculas y que cantan “Para no verte más”: “Yo romperé tus fotos, yo quemaré tus cartas,
para no verte más”. Soñar u
olvidar, que es una cosa que se hace despierto, como vaciarnos de inquietudes, en una habitación
blanca, donde el miedo acaba de marcharse, el sufrimiento ya ha ardido a base
de lágrimas y el cielo ha traído hasta la habitación la tranquilidad de la noche. Ha sido, entonces, el momento en el que, por fin, nos hemos quedado dormidos, vigilados por la vieja luna, que
siempre se lleva las cenizas a un rincón y borra todos los reproches que había
anotados en esa lista interminable. La luna tiene mucha experiencia y mucha
escuela en esto de hacer de intermediaria. Luego, se pone a un lado del
anochecer, digamos... que se aparta para que todo fluya, para que se cumplan los ciclos y los deslices se queden en meras anécdotas. La luna es la madame del universo, capaz de
pactar con el diablo, con un funcionario del cielo, con la palabra dada o con
Rimbaud, que era tan insaciable que siempre estaba en otra galaxia. También es la
única capaz de ponerle algo de belleza a la noche, a la rabia acumulada en esas horas oscuras, mientras va haciendo un racimo de deseo con los cuerpos desnudos, con las frutas que va encontrando sobre las sábanas, manchadas todas de erotismo, de placer, de
miserias, de los retazos del amor roto, seco, rojo y loco..., el amor alocado, el amor perdido que busca lo que fue, lo que vendrá, lo que palpita sobre
las sábanas a esa hora..., esa hoguera de vanidades que arde en deseos, que suplica el fuego, que nos arrasen las llamas, que nos incendien, que nos quemen vivos, que nos posean, que nos tienten como nunca nos tentaron..., y que luego nos ignore, nos tire al suelo como una colilla..., y al final nos ame, y nos vuelva a amar, y nos cuide, y nos haga sagrados en
medio del caos, con un reflejo de la luna sobre nuestra cara, sobre nuestros hombros, sobre el pecho exuberante, sin que se olvide de ese reflejo que siempre hay en un ojo dorado, que dice todo: Marlon Brando y Elizabeth Taylor. 1967. John Houston. El cine..., la vida.


0 Comentarios