Las estatuillas de los Oscars invadirán
mañana de madrugada las fiestas de celebración en Los Ángeles, presentes en los
brindis, tras la ceremonia, para pasar al día siguiente a las repisas y a las
estanterías de las casas y chalets, donde pasarán el resto de sus días. La cera
se convertirá en un trofeo revestido de oro de 24 quilates y, tras recorrer más
de cuatro mil quinientos kilómetros, sobre él se grabará el nombre del ganador,
una actividad que se lleva en secreto y con la máxima discreción, y que es el
paso previo para que una actriz o un actor, o tal vez un guionista, productor
o director, acceda a la gloria.
Se habla de una ceremonia en decadencia,
ya sea porque se entrega la ansiada estatuilla a producciones que siguen la
agenda política o porque, tras algunas de ellas, hay un escándalo que
ensombrece esa gloria. La meca del cine atraviesa su peor crisis con el
desplome de los rodajes y la destrucción de empleos. A la sombra de los focos,
crece el declive de la industria, algo que se nota también en la ciudad de Los
Ángeles. Desde 1929, año en el que se creó el premio, el primer actor en
rechazar el Oscar como Mejor Actor por la película Patton (1970)
fue George C. Scott, ya que consideraba que la actuación no debería ser un
concurso competitivo, ni tampoco un espectáculo de ostentación pública. Sentía
que el cine era inferior al teatro. También hizo lo propio Paul Newman en 1985
o Peter O´Toole, pero el caso más sonado quizás fuera el de Marlon Brando en
1972, que no asistió a la ceremonia, aunque había sido nominado por su papel de
Vito Corleone en El Padrino. Anteriormente, ya había
recibido la estatuilla por La ley del silencio. Sin embargo, aquel
año de 1972 el ambiente social y político era muy diferente, y hubo varios
enfrentamientos entre los nativos estadounidenses y el FBI. Además, Brando
rechazaba la forma en la que los nativos eran tratados en el cine. Así que, esa
noche, en vez de asistir a la ceremonia para recoger el premio, llegado el
momento, la que subió al escenario fue Sachen Littlefeather, una activista
apache, encargada de rechazar el premio en nombre de Marlon y de
leer el discurso que le había preparado el actor. Se especuló de las raíces que
tenía el actor con los indios y que su madre había nacido en una reserva
cherokee, pero, nada más lejos de la realidad, puesto que su madre, Dorothy
Julia Pennebaker, no era una nativa americana.
En realidad, desde hace
76 años nadie gana una estatuilla en los Oscars, puesto que, desde 1951, se
cambiaron las normas con tal de preservar la integridad del premio. Todo se
remonta al año en el que se le concedió el premio a Sid Grauman, uno de los
fundadores de la Academia. Después, éste decidió venderlo. Los académicos
enviaron a un emisario a la subasta para que recuperara la estatuilla. Les
costó 1000 dólares recuperarla. Desde entonces, la prestan. Tiene un alquiler
gratuito a perpetuidad, pero ni siquiera sus herederos pueden venderla. De
hecho, todos los ganadores tienen que firmar un acuerdo para podérsela llevar a
su casa. Es una mezcla de valor
simbólico, material e histórico. Se puede vender la estatuilla a la Academia,
eso sí, de vuelta a casa, por un solo dólar. Ése es el valor de mercado. Las
anteriores a 1950, no están sujetas a este acuerdo. De hecho la de Citizen
Kane se vendió en 2011 en una subasta
por 850.000 dólares.
En cuanto al origen
del apodo del premio, hay varias versiones: una, se le atribuye a la
bibliotecaria de la Academia, Margaret Herrick, que dijo que la figura le
recordaba a su “tío Oscar”; la otra, pertenece a la actriz Bette
Davis cuando afirmó que la estatuilla evocaba a la perfección la figura de su
esposo Harmon Oscar Nelson. Un columnista se refirió a este
premio con ese sobrenombre en 1934, al referirse al que había ganado Katharine
Hepburn como Mejor Actriz en la 6ª edición al participar como protagonista
en Gloria en un día (1933), que, dicho sea de paso, no
acudió a recogerlo por “su desinterés en
la política de Hollywood y las ceremonias de premios” (así reza la
nota). Tenía 26 años. Llegó a ganar 4 estatuillas en toda su carrera, pero
nunca fue a recoger ninguna de ellas en persona. Aun así estaba contenta
porque se los dieran. Pensaba que los premios no significaban nada; que lo
importante era el trabajo. Contradicciones aparte, tal vez tenía miedo a perder
y a exponerse emocionalmente. Pero, bueno, por no asistir…, tampoco asistió al
funeral de Spencer Tracy, por respeto a su familia, según fuentes cercanas a
ella, con quien había mantenido una relación de más de 27 años, ya
que se conocieron en 1941 durante el rodaje de La mujer del año,
hasta la muerte del actor, en junio de 1967.
El peso de la escutura
es de 3,6 kilos de bronce, bañados en oro, en la que un
caballero sujeta un rollo de celuloide con una espada cruzada. Cedric Gibbons,
otro de los fundadores, fue el supervisor del diseño, que luego le trasladó al
escultor George Stanley en tres dimensiones. El precio de producción es de unos
400 dólares. Desde entonces, se han realizado un total de 3. 048
unidades. Para quienes tener una estatuilla es el máximo honor en el
cine, dan por descontado que ese icono representa un reconocimiento a su
talento y un prestigio cultural para quienes lo reciben. Algo que pasa por ser
un sueño y va directamente a la calidad de las películas; del arte a la
industria; del ingenio al entretenimiento. Secuelas y remarkes, y
dinero, cuando sobre nuestras cabezas se cierne otra guerra 40 años después
de Platoon, la película que le cambió la vida a Oliver Stone, que
ha dicho: -“No aprendimos nada de Vietnam”. La película, rodada con
seis millones de dólares, fue un fenómeno inesperado y recaudó 137 millones en
todo el mundo. Arrasó en los Oscars. Eran los tiempos de Rambo y
algunos filmes de Chuck Norris. Muchos pensaban que sería otro tostón. Pero no
fue así. Como afirma su director “rodar la película supuso recordar
de nuevo la guerra. Mi conciencia quedó tranquila”. Pero mañana de madrugada
todo esto se olvidará, se encenderán los focos, se desfilará por la alfombra
roja... Glamour y flashes, entrevistas, moda, declaraciones…, y una fiesta que
costará alrededor de 750.000 dólares, comiendo de lujo: 30 libras de caviar
Kaluga, wagyu japonés A5, shusi, postres bañados en oro
comestible, champaña, sake japonés, tequila premium..., una cena que
será preparada por el chef Wolfgang Puck, que lleva más de tres décadas con el
catering de la fiesta posterior a la ceremonia, con más de setenta platillos
diferentes y más de mil quinientos invitados. 75 chefs de cocina salada, 45
pasteleros y más de 300 personas de servicio. Pasen y vean. Comienza la fiesta;
comienza la carrera de los Oscar.


1 Comentarios
Muy bien
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