LA PALMA DE LA MANO: la otra historia


 

Las líneas de tus manos son la taquigrafía de la existencia,  donde se guarda  parte de tu historia, para ser contada.  Tus manos entre las mías, ese mundo emocional intenso, lleno de dolor, de huidas, de puentes que se rompieron…  Te extraño, cada vez que leo mi mano, las manos…, donde el amor se convierte en una palabra y amar en un verbo, aquel pretérito de cuando se nos rompió el corazón y lo escribimos con una línea profunda en la palma de nuestras manos, que está llena de secretos,  de comas,   guiones, y un punto y aparte, que es cuando  la vida se detuvo, y llegó el  parón,  el abismo, las mil y una miseria de aquel drama que se grabó en nuestra piel,  que nos llevó a detenernos y pensar, separando nuestros destinos para siempre.

Las líneas curvas,  nos recuerdan  la aventura, el entusiasmo; las profundas y largas, se presentan como más creativas. Con unas y con otras interpretamos los hados, quizás el azar..., o la propia vida, por donde palpita la actualidad, mientras vamos leyendo ese testamento que hemos ido escribiendo sin más taquígrafo que el tiempo, la  voluntad o el resumen de una historia convulsa  o de una existencia monacal, según hayan venido dadas, escondidos bajo el hueco de la escalera o encerrados en el armario, con las toses y el sexo entre las piernas, cuando no oculto entre las mantas de oferta, que olían a polilla y a todos esos años que vivíamos como los muertos, años perdidos, sin alborotos,  sin sacar la patita o nuestro lado salvaje, que también tiene su escritura y su marca pertinente, porque todo mártir tiene su cruz y toda criatura humana un trazo que lo define,   ya sea la caligrafía de un loco, un médico, o un vagabundo, más cuando estamos en el fuego, tan presente,  y pasan lista para la eternidad: Diego Remiro, ¡presente!;  Jorge Acevedo, ¡presente!... En las manos hay muchas historias anónimas de las que no se ha querido saber nada.   Hubo muchos descamisados en cuyas maletas solo había aire y sufrimiento. Ni tan siquiera había una muda para cambiarse o  un puñado de palabras que vinieran a definir aquella vida llena de pena y miseria. Hay veces en las que uno abre su mano y se encuentra con mucha soledad. Y mucha incomprensión. Manos que solo han sido  campos llenos de desolación  ante los que no se detenía nadie. Era abrir esas manos y, en  seguida, se podían ver las  guerras que se habían tenido lugar en esas llanuras, repletas de heridas y desconsuelo. Eran demasiados datos para tan poco espacio. Algo muy parecido, en cuanto al espacio,  a lo que sucede con esas manos ensortijadas, ya se trate de forrarlas de oro o de plata, de objetos para la pignoración en el monte de piedad, símbolos de apariencias y clase social, de la marginalidad y  de la vida cogida con pinzas. Hasta que, en el dedo anular, aparece el diamante. Palabras mayores. Más que manos, son joyas, las piedras de Botsuana, bellísimas, perfectas, con la mano hacía arriba, sin reverso, sin líneas, sin rayas, sin las marcas de los esclavos, las manos de la debilidad humana, del sufrimiento en un puño, ahora cerrado para que brille la perla. La delgada línea roja entre ser y tener, entre la pieza mágica y el momento de la verdad, con las manos equivocadas, el rostro contrariado y sin saber qué decir. Ése es el pulso de la vida: la cuenta de resultados. Riquezas que pasarán al olvido o a  la tumba, que volverán al sitio de donde salieron, con sangre y sin ella, mientras el aire oxigena el pecho para que uno se pueda dar cuenta de lo que pasa. Se paga con desprecio, con crueldad, y con derramamiento de sangre. No importan las líneas que haya en nuestras manos, sino cuál es el precio que pagamos por cada una de ellas en busca de nuestro sueño.

La palma de la mano, las luces y las sombras, la coherencia y el discurrir de nuestras vidas, tan anónimas, por donde el tiempo ha ido perdiendo su color original y nos ha traído el color fúnebre, las manos llenas de dignidad, juntas o separadas, alejadas del esplendor de aquellos días, de la fuerza con la que movíamos el mundo, y nos cubríamos los ojos para mirar al sol, obstinados con mostrar a ese mundo unas manos limpias, llenas de verdad, de estrías, de pasión, de los esfuerzos que hicimos para doblegar al tiempo, pero sobre todo para eludir el destino que nos tenían preparado..., comprarnos una casa de escasos metros cuadrados, trabajar de sol a sol, sin  derechos, o con los derechos y todo el articulado tirados en un cesto..., y con la libertad metida en un saco de patatas… Y ahí también estuvieron las manos, ya fuera sujetando los remos de la embarcación para que no se hundiera y, de paso, afianzando la historia de los perdedores, de nosotros, que atravesamos aquellos caminos impracticables para llegar hasta aquí, hoy, ahora, con el siglo convertido en un laberinto  de puñales  sin que los enemigos estén a la vista, leyendo el futuro o interpretándolo, robándole a la vida el ánimo para no desistir jamás por mucho que flaqueasen las fuerzas cuando, en algunos momentos, no entendíamos nada y menos el significado de aquellos garabatos que había en nuestras manos, aquellas viejas palabras que habían sido escritas en silencio cada una de las mañanas de nuestra vida, pero ahí estuvimos, desde bien temprano, sin rechistar, sin que se oyera una queja, o un ¡ay! disidente que nos echara para atrás… Y así fue cómo, todos juntos,  logramos llegar  y echar abajo las murallas del tiempo. Frente a nosotros había un camino en el que  ponía libertad. Esto suena a Raimond y a los años del Parterre y La Transición. Las manos habían resistido tanto como la memoria. Se trataba de dar vueltas necesarias sobre el mundo. O quizás   deba decir  alrededor de nosotros mismos. El mapa lo tenemos dibujado en nuestras manos desde hace bastante tiempo: una línea recta, dos cortas,  otra curvada…  Y todas son tan perfectas como delicadas.

 



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1 Comentarios

  1. ¡Impresionante!
    La palma de la mano como un mapa emocional…
    ¡Me ha encantado, es buenísimo!

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