LAS BIBLIOTECAS SON EL CEREBRO DEL MUNDO
La escritora
escocesa Ali Smith, con esta frase de cabecera, defiende en el pregón de Sant
Jordi el poder de la lectura. Y afirma que "los libros son tan poderosos
que enfurecen a los tiranos".
Cuando comencé
a estudiar bachillerato, tenía una profesora de Dibujo, Ana Pilar Descalzo, que a su vez ejercía de bibliotecaria.
Siguiendo sus recomendaciones, empecé a pasarme todas las tardes por la
biblioteca. Desde el principio comprendí que lo que albergaba aquel edificio no
era sólo una biblioteca sino toda una bocanada de aire fresco, teniendo en
cuenta aquella sociedad de férreas normas morales y represión ideológica, en la que la censura jugó un papel muy importante, auspiciada desde algunos estamentos del Estado y de la Iglesia. Pero dentro de la biblioteca reinaba la libertad,
la cultura y la educación, un sitio donde los chicos podíamos explorar, a través de la lectura, terrenos insondables. Unos aprendiendo de
otros, de los libros, de la música, del teatro… Aquello era una cadena
infinita, difícil de romper. En aquel lugar había tantas ilusiones como
individuos. Todas juntas formaban una Biblioteca de Babel, titulo análogo al
de un cuento que escribió Jorge Luis Borges en 1941, que se publicó junto a
otros cuentos en una especie de antología con el nombre de El jardín de senderos que se bifurcan y más tarde en la obra Ficciones. El autor argentino venía a
proponer una biblioteca incalculable por la que deambula el hombre, quizás en
homenaje a la Biblioteca de Alejandría,
monumento de la antigüedad al conocimiento, que alimentó durante siglos los
sueños del mundo ilustrado. En esa genialidad de Borges, cada estante, tiene
treinta y dos libros; cada libro, cuatrocientas diez páginas; cada página, cuarenta renglones; cada renglón, ochenta símbolos; y cada símbolo, veinticinco
variantes: veintidós letras de un alfabeto, el punto, la coma y el espacio.
Independientemente
de la cita, un relato que no leí hasta que cumplí los 23 años, tras adquirir el
escrito en cuestión en una Feria del Libro en Valencia, la otra biblioteca, la
nuestra, era el lugar donde renacíamos cada día, o cada tarde. La vida se nos
presentaba como el horizonte que teníamos que colorear. Fuera, en la calle, en
nuestras casas, en la rutina diaria, la existencia era una fotografía en blanco
y negro, a veces desenfocada o poco nítida, que nos invadía de tristeza.
Aquí, en Turuelos, donde vivo ahora, la biblioteca es un inmueble del siglo XVII, rehabilitado, que esconde muchos tesoros en sus estanterías. Está situado en la calle Las buenas lecturas, número 16, frente a la oficina de Correos y el bar El Paso. A diario la visitan tanto personas mayores como muchachos, opositores…, pero sobre todo niños en busca de una primera lectura, o de una amistad, o tal vez persiguiendo un sueño. Hay quienes sueñan con encontrar en la biblioteca hasta el amor. Los templos del saber están ahí para emocionarnos y dejarnos sin aliento.
Por las tardes
suele ir un señor que acostumbra a acariciar el lomo de los libros de una manera especial.
Siente los libros acariciándolos. Y cuando se marcha de vacaciones, divide sus
días de estancia para que los libros puedan
ser acariciados por las aguas del mar Mediterráneo y por las del océano
Atlántico. Por eso se va una quincena a las costas de Almería y otra a las de Huelva.
En el
centro del patio hay un árbol enorme para que los niños se sienten a leer a la
sombra. Es un gozo coger un libro en ese templo del silencio y de la luz,
porque la biblioteca tiene unas ventanas
muy amplias por donde entra la luz a raudales. La luz, como se sabe, pone en
conexión múltiples esferas del conocimiento. Y, a medida que se lee, la tierra
va creciendo bajo nuestros pies, mientras caminamos en un viaje imaginario, el
mismo que viene descrito en ese libro, en unas simples páginas, utilizando la
palabra, que es la llave del conocimiento, lo que supone una apertura al mundo
de los afectos y la a creatividad, porque, en definitiva, los libros devuelven
las respuestas a cuantas preguntas se les plantean, pero también sucede esto a
la inversa, y entonces puede que un libro haga una pregunta y el lector se
quede pensativo y dude de si ha elegido bien el camino. O dude de si ha elegido
bien el libro, porque se ha asustado al ver que un libro le hacía una pregunta.
Y más si ese lector es un niño, porque el niño piensa que el chocolate, cuando
le dan de merendar chocolate, no lo interroga jamás. Por eso cuando ese niño es
mayor se extraña de que un libro le plantee o le exija una respuesta. El libro,
en definitiva, lo que pretende es que el lector busque dentro de sí mismo, porque ése, y no otro, ha sido desde siempre el sitio y el símbolo de la vida
humana: la búsqueda incesante. La pregunta en cuestión no es otra que la de los
grandes filósofos de principios del siglo XX, siguiendo la pauta de los
clásicos: ¿Qué es el hombre? El hombre es lenguaje, que es la base de nuestra vida.
Lo cierto es que, tanto el patio como el inmenso salón de esta biblioteca,
donde viven los libros, son un oasis para la lectura. Libros que siguen encerrando
magia y que atrapan el pasado como nadie, que es una forma de facilitar el
camino hacia el futuro; libros que encierran sabiduría, misterio y belleza;
libros, que, al fin, se han convertido en el laboratorio de esas generaciones
que desean experimentar y descubrir cosas, de generaciones que piensan. Y si
piensan, es porque leen. Y si leen, escriben.
Grandes
ventanales, grandes bóvedas, y un gran mostrador. Todo es grande o grandioso.
Un pueblo con una biblioteca como ésta se convierte en un paraíso, en un bosque
de libros, que cuelgan de las ramas de los árboles, en cuya copa se halla la sabiduría. Sus palabras se las llevan
los pájaros y los insectos por todo el mundo. En ella se aprende, quizás,
aquello que los profesores han evitado en sus clases por miedo a que los
adolescentes pierdan su inocencia. La biblioteca de Turuelos es un refugio para
muchas personas que huyen de la realidad, de sus jaulas doradas, donde no encuentran
el equilibrio, perdidos entre los sueños y lo cotidiano, manipulado por las
ideologías, por esa asfixia que reina en esta sociedad que se ahoga ante
cualquier suspiro de libertad, y en la que hasta internet ha intentado derrotar
a la literatura, sin conseguirlo.
El
edificio es el lugar idóneo para la lectura, que siempre requiere tranquilidad,
silencio, soledad y también tiempo. Los
libros siguen apilados en sus estanterías decimonónicas, alineados, verticales, de pie, y transmitiendo paz. Una
biblioteca, al igual que una escuela pública, es el primer eslabón de acceso a
la cultura. Un escritor norteamericano vino a decir que “por la cantidad de polvo
acumulado en los libros de una biblioteca se mide la ignorancia de un
pueblo”.
Los libros no producen ansiedad ni depresión.
Con ellos leemos cosas de mentira que parecen de verdad, mientras los tenemos
entre las manos, tocándolos, oliéndolos. El olor de un libro es poderoso. Te
atrapa. Y el grosor del papel de sus páginas. Y la carátula o la portada.
Colores, olores, tacto. Son historias frente a nuestros ojos, recorriendo
líneas de tinta de izquierda a derecha
como unos raíles por donde se desliza la imaginación creando cosas verdaderas, como
que los caballos corren por la vereda y, en su cabalgar, clavan sus patas en la
tierra, hasta que los jinetes empuñan
sus espadas. Y la caballería de ambos bandos se cruza en un valle verde, muy
verde, enzarzándose en una lucha encarnizada. No es verdad, pero así lo está
contando el libro que tenemos entre las manos, que, como decía, huele al
medioevo, o a las Cruzadas… Sólo
necesitamos muy pocas cosas: un libro, una silla, una mesa en la que apoyarnos…,
y ya tenemos la más humilde de las bibliotecas, ese espacio en el que se
disfruta de una convivencia respetuosa sin otro requisito que la voluntad de
aprender junto a otros, en silencio, cogiendo sitio y hábito, todos alrededor de las
mesas, alrededor de otros mundos, que son los libros.


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