Toda
biografía tiene un capítulo que no se puede leer en voz alta, aquél que
se perdió entre los expedientes de la vida, en los rincones fríos, marginales y duros, en esas aventuras
desconocidas donde aprendimos a ser otros y nos dimos la vuelta discretamente
antes de terminar tirados en cualquier parte como un trapo. Es el capítulo repleto de secretos y de heridas, los rasguños de todas las batallas en las que aprendimos a cogerle la temperatura a la
guerra, a lo prohibido…, salpicados con la viruela del desamor, que nos lanzó contra el destino como el que lanza una piedrecilla, lejos de aquel sueño despreocupado en
el que habíamos nacido. Y, aunque jóvenes, ya teníamos una biografía tan
intensa como interminable, de frases cortas y sentimientos largos, con los que
intentábamos sincerarnos ante nosotros mismos. Una biografía que se precie, en
condiciones, no son cuatro palabras, dos renglones, un cuerpo… O cosas del
pasado, chuminadas y unos cuantos trapos sucios.. A lo que añadir el fracaso, el dolor… Vamos, una de esas biografías
donde no se paran a leer ni los lectores ni las moscas. Una biografía es un
repaso por todas las láminas de hojaldre que tiene el alma, sin distinción. El problema a la hora de redactarla es ese momento en el que el ser humano antepone su brújula moral
ante la posibilidad de quedarse desnudo, al descubierto.
El capítulo borroso de todo currículo siempre está tras el disfraz, donde se aglomeran las conductas erráticas, casi inevitables, la penumbra sin perfumes, sin postín, sin la posibilidad de salir en la primera página de los periódicos o en la portada, porque, de poder ser, sabemos que hay biografías que se venden solas, ya que vienen envueltas en la polémica, como sucedía con María Félix, que, según afirmó Agustín Lara en un alarde de genialidad, era tan bella que hacía daño. La mexicana, a la que le gustaban las boutades, y las salidas de tiesto, como el día que dijo aquello de “que ningún amor tiene un olor tan fuerte como el del incesto”. Ella sabía que aquel asunto del frére inquietaba y vendía, estaba segura que el amor que sentía por su hermano pondría en el disparadero a toda la sacrosanta moral burguesa. Pertenecía a esa raza a la que le gustaba caer al vacío y contar la hazaña con una inquebrantable voluntad de estilo, aunque por dentro se estuviera abrasando o viviera desesperada.
Somos
juguetes que se activan y se desactivan. Y por eso hay biografías en las que se
vende todo a saldo; otras, sacan a subasta
las cuatro anécdotas más prometedoras. Pero el capítulo maldito, el que no se
puede leer en voz alta, sigue oculto en
las alcantarillas humanas. Hay vidas que necesitan silencio. También hay
tropelías a las que les va el anonimato. Por eso, al publicarlas, las meten en
un libro grueso y lo envuelven en un papel mate, algo fúnebre. La gente que
compra esos libros paga por todo lo que se olvida en la biografía, no por lo
que se pone. Le gusta que la engañen. Que le hablen del invierno cuando es
primavera y de los mejores deseos cuando nos estamos hundiendo en el fango.
Para qué sacar a la luz toda esa chatarra, se preguntan. Pagan porque el hagiógrafo
o el negro de turno se inventen unas cuantas situaciones inverosímiles y les alegre la vida,
porque esas biografías hay que leerlas sin criterio, sin buscar una opinión, y mucho menos la verdad… Y tampoco se le suele caer la cara de vergüenza al biografiado. Ni a la
editorial que hace caja. Son palabras al peso, papel al peso, y un trozo de
moral al peso.
No me
gustan las biografías oficiales. Lo desconocido suele hallarse detrás del
cuadro. Entre la pared y la moldura aparece la biografía no autorizada, ese mundo de
espejos por donde aparecen las voces que explican
nuestras vidas, los chismes, puesto que los chismes hablan, como decía
Flaubert, las cosas hablan…, y hacen que la máscara caiga al suelo y aparezca el personaje, y no el doble, lo que
queda de él, de nosotros, la biografía del yo, de cuanto nos rodea, las
palabras despojadas de toda inocencia pero expresadas con humildad, por donde
se pasea la envidia y el desprecio de nuestros
semejantes, que siempre están preparados para asaltar esa historia y destrozarla como si
fuera una diligencia que cruza la llanura del Oeste con Monument Valley al
fondo y el sol de media tarde alumbrado la ignorancia, que es la carta por la
que apuestan las masas.


1 Comentarios
¡Menudo artículo más potente!
ResponderEliminarHas dibujado una radiografía perfecta del ser humano
"Ese repaso por todas las láminas de hojaldre..." , " Ese capítulo borroso"...
¡Buenísimo!