JAQUE MATE


 


En los escenarios siempre hay alguna joya que otra. Hemos pasado de la guitarra a la orquesta; del coro a la ceremonia, que comienza con una obertura, continúa con la parte recitativa, hasta que se precipita el aria. El alma sonríe en cuanto escucha a la familia de viento madera, puesto que en la música también hay familias. Y obispos que se sientan en primera fila. Y duquesas que se salen en medio del fraseo de un violín. El poder siempre se olvida de la partitura, del respeto o de  hacer algún recado que le han encargado. Entonces manda al ujier para que lo represente. Y éste, va, se sienta en el palco, ajusta su trasero en la incómoda silla y se pone a observar los palcos que tiene enfrente, como si fueran jaulas doradas, así como  el patio de butacas, mientras pone atención en lo que toca la orquesta  para ir viendo con cual de las familias de instrumentos se queda, aunque de siempre le tiró bastante el viento metal, sobre todo la trompa. En uno de los descansos, se ha acercado a los servicios. Entra y sale del palco sin saber quién es o qué hace allí. Demasiados esmóquines y vestidos de noche que parecen confeccionados con  cortinas dieciochescas, por no hablar de les parfums,  o de la lorgnette, que es ese binóculo que usan algunas señoras para ver lo que se cuece  entre bambalinas o en la parte del duelo dramático que hay entre el tenor y la soprano. Mandan al ujier, y no a otra autoridad, para que cubra el expediente y que la silla del senador no quede vacía, puesto que el funcionario  en cuestión tiene talento, unas oposiciones aprobadas, sabe estar y es un hombre callado. Él es la sombra o el doble de su jefe, con el que siempre lo confunden, un político bohemio que nunca se acuerda de los actos que tiene anotados en su agenda. Y, cuando se acuerda, siempre le sale algún imprevisto, entendiendo por imprevisto unas faldas y una damisela que está de viaje de negocios en la capital por unas horas y lo espera en la habitación del hotel con el champaña pletórico de burbujas y el caviar recién traído de las tiendas de la Plaza de los Mostenses. Su señoría sabe muy bien trocear la moral. Todo consiste en rezar un Padre Nuestro después. El perdón está asegurado y el éxito de la obra, también. Ya lo decía Camus, ¿quién nos juzgará en mundo donde nadie es inocente? Unos quedan para almorzar por las mañanas y otros para hacerle un homenaje al deseo, que siempre tiene sus víctimas y sus sospechas, ya que el sexo nunca es tan puro y discreto como lo es el amor.

Cópula, adulterio y gloria al atardecer. El capitán en el timón y la sirena en los corales de los Mares del Sur consciente de que hoy va a llenar su cofre de secretos para cuando haga falta intercambiarlos, ya sea por la salvación o por el gusto de lucrarse. El sexo en los hoteles por la tarde es como echar un cigarro en las trincheras: se cae la ceniza al suelo o en la cama. Al final, todos salen ardiendo y el ambiente huele a chamusquina. La servilleta suele tener alguna doblez o una esquina rebelde, no así la vida, que es un museo del pliegue, de la bastilla o del repulgo, sobre todo cuando estamos escalando la muralla que nos lleva al cielo. Antes muertos que sencillos. En las ruinas también hay grandeza, pensamos, a sabiendas de que el cuerpo necesita de la intendencia, del contacto con el metal de la carne, que se convierte en alimento, en lujuria, rociado del néctar del vino blanco, de las burbujas y del tufo de lo prohibido. Las parejas infieles siempre se inspiran en el ideario de la novela negra o del thriller cinematográfico. Y acuden a la cita con el arma cargada y el cañón abarrotado de explosivos. Sobre la silla, los pantalones, el cinturón y la decencia; el resto,  por el suelo, menos la falda, que está colgada en el cuarto de baño y la lencería esparcida por el cabecero de la cama, ya que fue lo último en salir pitando del cuerpo femenino, porque la lencería es la vitola del puro, del deseo clandestino, mientras arden los labios y consumimos la vida.

Huele a carne fresca y a familia, a instrumentos de viento madera  y a las hojas frescas de los sauces, que es ese gigante que hay en el hotel y que  choca con los cristales de la ventana. El sauce y toda la familia de las salicáceas (hoy, esto va de familias), el árbol llorón cual plañidera, tan imponente, tan melancólico, pero que le sigue dando cobijo a buena parte del edificio, además de presidir el jardín y ponerle algo de estética a la realidad, sobre todo cuando el tiempo se ha acabado y toca vestirse y abandonar el catre, con el último beso y el último azote, que siempre es un puntazo, el gesto inadecuado por donde muere el pez o el macho, creyendo que se ha cobrado una pieza de caza mayor, cuando lo que realmente se ha buscado es la ruina, teniendo en cuenta las  grabaciones realizadas con el móvil o las diminutas cámaras que hay instaladas en el espejo apoyado en la pared, que viene a ser una especie de cornucopia antigua con la que sueña toda matahari que desee llevar a cabo  el chantaje y permanecer en el anonimato. Es el momento del declive, de rendir al hombre, al burgués invencible, tras ayudarle a que se ponga la chaqueta, darle un beso de despedida y ver cómo hace el paseíllo por la alfombra del corredor que lo lleva hasta el ascensor. Las pruebas van directamente a una caja de seguridad junto a los cuatro lingotes de cien gramos que llevan ahí depositados tantos años como los que tiene la fiebre del oro, más un pequeño diamante que llegó en otra fechoría, en una pedida de mano ficticia, amañada, pues el diamante provenía de una pignoración. Pero, aun así, le iluminó la vida por momentos,  ya que pasó del dedo de la damisela a una caja de seguridad de un banco. Y allí, en la oscuridad, esa joya ensangrentada recobró su brillo y su valor. El poder habla y miente. Y el dinero no tiene intimidad. Aquí no hay banderas, ni patrias  ni religiones. Ni tan siquiera rencor. Solo tiene cabida la traición, el golpe bajo, el jaque mate, que es ese instante en el que la inteligencia, ante la osadía, tumba al rey sobre una de las 64 casillas de un tablero de ajedrez.

 

 



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1 Comentarios

  1. Poder, infidelidad, chantaje, dinero, traición...
    ¡Buenísimo!

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