LA FELICIDAD DE LAS COSTUMBRES


 

 

Las nubes, después de comer, han formado un cúmulo gigante en forma de embudo ascendente para exhibirse en esa pasarela que pone el cielo a las horas del té, que es la hora en las que se rinden cuentas bajo la apariencia de la amabilidad. Las nubes tienen sus horarios y su orgullo, no vayamos a pensar. Cuando se les ordena algo, suenan amenazantes. Y así llevan siglos. No son de ningún bando. Les gusta la soledad y el silencio, y ser admiradas desde un balcón o desde un cerro que se eleva en la llanura, desde donde también se divisan los campos fértiles y exuberantes, que se pasan las noches en vela siguiendo el mandato de la naturaleza. El campo es un himno que suena más allá del horizonte y que espera ansioso la llegada del agua, de esas nubes que se pasan la tarde acicalándose sobre el azul intenso del cielo, visual, panorámico, fabuloso, legendario…, que es un museo a la verdad, a la belleza, y sobre todo en un día como hoy, el Día Internacional de los Museos, que abren sus puertas hasta la medianoche. Del Thyssen al Guggenheim pasando por El Prado; del Museo de Picasso en Barcelona al de Las Ciencias de Valencia; o el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, que acoge a Salzillo, capaz de detener el tiempo, del Barroco al rococó pasando por el neoclasicismo para plasmar todo el dramatismo que hay en un cuerpo. En tanto que la tarde se hace a un lado para dejar paso a otras noticias, a otras efemérides, como aquella que se dio un día otoñal  de otro mayo, corría la primavera de 1954, cuando Pier Paolo Pasolini visitó la tumba de Gramsci, en la que, tras viejas murallas y  el silencio, crecían las malas hierbas,  y se podía leer un poema y ver un desolado paisaje.

Mayo trae la felicidad de las costumbres en medio de las elecciones, de otro turno de sillas, de poltronas, sin que nadie haya llamado a nadie a ocupar esos sitios que le corresponden al pueblo, que es una palabra en desuso, porque el pueblo está escondido tras los bordados de la democracia, cuando no ausente, por un precio tan ridículo como es la paga extra. Y hace ya bastante tiempo que da la callada por respuesta y que ha dejado de indignarse. Se sitúa en primera línea de salida pero para ver la televisión y los partidos de fútbol, en tanto que los que se han cambiado la camisa y se han planchado el pelo, ya están  arrancándole de las manos esa decisión soberana. Es un cambio de cromos o de cartas, pero con los mismos pájaros sobrevolando los cielos, que hacen equis y uves y eses, llevados por las corrientes de aire. Por eso hoy no se deben de abrir las ventanas, vaya y venga un vendaval y se lleve los sobres y las papeletas que hay sobre la mesa o sobre la máquina de coser, y la liemos. Entretanto, el péndulo del reloj da la hora y se izan las banderas, y suenan los himnos, la batalla psicológica que atrapa los sentimientos.

La agenda del día viene apretada mientras hacemos la maleta del lunes, puesto que  nos marchamos de viaje buscando otro destino. Para los que se quedan en casa, la sombra de la política va y viene, y crece como las ramas de los árboles, con tanta retórica. Hablan de las familias como si estuvieran hablando de los muebles de la mudanza, a los que se les echa una manta por encima para que no se rayen y, de alguna manera, evitar que después haya que darle a algún trozo con betún de Judea. El betún ya viene incluido en los discursos y en el cepillo de los limpiabotas de los  grandes hoteles, que le sacan lustre a la mañana para que tenga su protagonismo, mientras la multitud sigue almorzando a pie de calle, familias enteras, la nuera y el cuñado, más el amante, que se presenta como el vecino de arriba y que ha traído unos bocadillos de chorizo de Cantimpalos, más el perro, para que jueguen los niños con él y, de paso, se rebaje la tensión y desaparezcan las dudas, si las hubiere, porque, aunque hoy es el día que los dioses utilizan para descansar, han hecho un hueco en la agenda y han indultado al vecino por incumplir el sexto mandamiento,  un indulto breve mientras se lo piensa y enmienda la plana, una excepción un tanto altruista, porque siempre hay elegidos para la gloria, que, en realidad, los elige siempre la relojería del corazón, que es más exacta que la de los relojes suizos. En tanto que el cuñado y la nuera siguen con el vermut, al margen, distanciados del grupo, esperando que llegue el beneplácito y las hogueras de San Juan para pertenecer de pleno derecho a la familia. Es una cuestión de emociones y no de papeles.

 




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