Hace
una mañana espléndida. San Isidro nos llama y nosotros brindamos con una Guinnes
en la cervecería La Ardosa, calle Colón, número 13. La cerveza irlandesa llega
a los “adentros” y nos renueva el espíritu. Barrio de Maravillas, junto a la
Plaza de San Ildefonso, donde se casó Rosalía de Castro. La ciudad y la
historia. Las calles tienen memoria. Son tiempos de motines y de la Gaceta de
Madrid ─que después se convertiría en el Boletín Oficial del Estado─, del
Despotismo Ilustrado (del cual recelaba Montesquieu). La Ilustración o El Siglo
de las Luces; Esquilache y los fantasmas de Madrid, pero no los que
supuestamente habitaban en el Palacio de Linares (o Palacio Murga) sino los
males de la Villa y Corte: la política es falsedad; la fama embustera; la
amistad es interés; la riqueza avaricia; y la hermosura apariencia.
Salgo
de La Ardosa y, al girar la esquina, enfilo la calle de El Barco, pasando de refilón junto al Escueto, aquel mítico garito de los ochenta donde, en aquellas noches golfas, actuaban Las Diabéticas Aceleradas. Recuerdos también de
ese Madrid de pillos y manolos; de curas, frailes y monjas, cuando ya han sido
expulsados los jesuitas del territorio español y de todas las colonias. Ese
Madrid de burócratas que viven de transitar solicitudes, de nobles de paja, y
donde todavía se sigue practicando lo de “agua va”. Hasta que llega Carlos III,
el rey que fue considerado el mejor Alcalde de Madrid (con todos los respetos
para el profesor Tierno Galván). Una sociedad rígida que vive la vida nocturna
a la luz del sereno, el vigilante nocturno, cuando los vecinos salen de ver
alguna obra de teatro, o una pantomima, aunque lo
que verdaderamente triunfó fue la comedia mágica. Por aquel entonces, hubo una
explosión de los gremios artísticos. Desde los hechiceros a los comediantes,
pasando por los músicos. También de otros gremios, como los sastres y roperos;
calceteros, lencería, y paños; joyería; sedas y mercería; droguería, herreros,
madereros… El zangolotino empezaba de aprendiz, luego pasaba a oficial y, de
ahí, a maestro. El vértigo de la madurez, de la responsabilidad del trabajo
bien hecho, con un acabado perfecto: ─”Ya está terminado el traje, jefe”, decía
el mancebo. Y el alfayate, añadía: ─”Pues llama a don Victoriano y que se
pruebe. Y dale un recibo de lo que te abone. No me fío de todos esos
señoritos”. Suena el viento de la calle. Redobla su intensidad cuando estoy
llegando a la Gran Vía, donde, siendo un chico (contaba con diez años), en mi
primer viaje a Madrid, me compré en el Sepu unas medias del Real Betis
Balompié. Pero ya nada es lo que era y nada está en su sitio.
En
este tour mañanero, ahora estoy saliendo del Hotel Palace. Desde hace un tiempo, han puesto un menú
barato con tal de que la tropa pueda acceder al lujo y los oropeles. Es el
mismo lugar en el que en 1982 el PSOE y sus líderes celebraron el triunfo en
las elecciones generales. Piso la calle como un turista. Frente a mí el hemiciclo, una obra que se construyó sobre el Convento de los Clérigos Menores
del Espíritu Santo, con frontispicio atemporal y alegórico, y dos leones que ni
se miran por obra y gracia de la diosa Cibeles, que castigó su amor y su desenfreno
sexual. Uno de ellos, y no sé exactamente si es Daoiz o Velarde (apodos de los
félidos en honor a los heroicos capitanes del levantamiento del Dos de Mayo,
convertidos en esculturas por Ponzano) carece de testículos, porque, llegado el
momento de terminar la escultura, había escasez de bronce y se optó por rematar
el rabo, y no los testículos ─esa es la explicación oficial, aunque no cuadre.
Tampoco tiene por qué cuadrar─. Cosas de entonces.
El
Barrio de las Letras o el Madrid de los secretos de “Estado”; el corazón
literario que nos lleva al Siglo de Oro y a los Austrias, como nos lleva
hasta el Ateneo el pasadizo secreto que hay en el Congreso y por el que Azaña
llegaba hasta el final de La Cacharrería, justo al último rincón clandestino de
esta institución privada y donde todavía está la silla como Presidente de la II
República. El Ateneo o el punto sobre la historia, cuyo primer socio, Mariano
José de Larra, según cuentan, se pegó un tiro con 27 años, por un desencuentro
amoroso; también se cuenta, así lo escribió Manuel Vicent, que un gato dormía sobre el New York Times.
Desde
la calle del Turco (hoy Marqués de Cubas), en la que fue asesinado Prim, hasta
el Museo Thyssen, pasando por Neptuno, donde se celebran las glorias del
Atlético de Madrid, bufandas al viento, con todos los aficionados colchoneros,
hasta la Plaza de Las Cortes, en la que estaba el humilladero, que era un
arrabal con una cruz donde la gente se humillaba y rezaba, y donde ahora hay
una estatua de Miguel de Cervantes. Reuniones clandestinas y pasiones
humanas que tuvieron lugar en este barrio. Venganzas silenciosas y odios encontrados. Pasiones del alma, que
dijera Descartes. Y, por citar, citaremos el Mentidero del Congreso, Casa
Manolo (Casa Isaac, años después), donde, tanto diputados monárquicos, como
franquistas o republicanos sucumbieron a las croquetas de los Seijo, una
taberna en la que se practicaba el contubernio, frente a la barra de mármol, por
lo que se requería tener la oreja pegada, si se quería traficar con la
información. Desde periodistas a plumillas de la vieja guardia, diputados
artistas (la diferencia entre el intelectual y el artista es que el segundo no
pasa por lo conceptual), chóferes, guardaespaldas, ujieres, fotógrafos, y algún
parroquiano, todos coincidían en la mañana, porque por la tarde les tocaba el
turno a los asiduos al Teatro de la Zarzuela.
Sigo
paseando, subiendo la Carrera de San Jerónimo para detenerme en Casa Mira,
donde quizás está el mejor turrón del mundo ─y sin el quizás─. Paso por la
puerta de Lhardy, un local con muchos enigmas sin resolver, donde la gente
conspiraba y donde, según algunos, se fraguó la Segunda República. Me viene a la memoria Horcher, que estaba lleno
de espías alemanes, o Embassy, un salón de té al que acudían estrellas de cine
y del teatro, refugiados y héroes, donde se “hablaba de cosas interesantes” y
el whisky se servía en tacitas de té para disimular. Forges comió allí
algunas veces y, en una de esas veces, escribió en una servilleta: ─”Muchas
gracias por la comida excelente. Si los españoles gritáramos menos en los
restaurantes, las proteínas y las grasas nos engordarían menos también”.
Madrid
con encanto. Calles con adoquines por donde pasaron los carruajes del imperio. Ambientes
que sobrevolaron generaciones, cuando estoy llegando al "Kilómetro Cero", un lugar donde
primero amanece de toda España, momento en el cual el campo celebra su despertar de soledad y silencio, en contrapartida a las luces de los taxis, la furgo, el camarero al que hoy le toca
abrir el local, el frutero que viene con la descarga y el pescadero que se fue
a las cuatro de la madrugada a Mercamadrid y llega con la Kangoo de Renault chorreando, más el coche de la policía, y los funcionarios recién duchados, que
abren las puertas de las instituciones para seguir vendiendo ética al por
mayor. La Puerta del Sol, cuando es la
hora del almuerzo, bajo el reloj de la Casa de Correos y frente al cartel del Tío Pepe de González Byass. Al fondo a la derecha, el Oso y el Madroño, símbolo
de Madrid, y una boca de Metro en forma de iglú, desde donde se puede ver a
Carlos III montado a caballo como el vigilante ilustrado y déspota que fue. Madrid es un cuadro pintado al fresco de la
revolución permanente. La capital soporta más de tres mil manifestaciones al
año. Desde las kellys en perfecta rebeldía a las ovejas que buscan los pastos;
unas y otras atraviesan la capital en su búsqueda y en sus reivindicaciones.
Las últimas se pasean, entre otras vías, por La Castellana, que sigue siendo
una servidumbre de paso de cuando La Mesta. Ovejas y descontento. Y turismo.
Todo a la vez en un Madrid cosmopolita que recibe a todos por igual.
Bienvenidos a la city y al rock and roll del Palacio de los Deportes,
agricultores y ganaderos, sindicatos, los del NO a una cosa y los del SÍ a
otra, los desfiles conmemorativos, las cabalgatas, el final de la Vuelta Ciclista,
y el "Kilómetro Cero" en la Puerta del Sol. En Madrid todo tiene su principio y
su fin. Punto de partida y de llegada. La olla a presión. Y la tranquilidad.
Todo se da a un mismo tiempo como en una partitura perfectamente orquestada.


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