A menudo, pasamos las mañanas en silencio, ya que el día a día deja
demasiados vacíos, que se llenan de dudas. Ni tan siquiera hay un mito que nos
haga emerger de las aguas profundas. Ya no quedan ideales. Asistimos al tiempo
con el alma hecha pedazos, frente a alguna de esas cosas, que, de tan bellas, nos hacen daño. Y entonces, todo deja de tener sentido. Y si damos un brochazo, la respuesta tardía. Se nota hasta en nuestro ánimo, frío, distante, sin
emociones, con espacios muy amplios por donde campa a sus anchas el consumismo,
la frivolidad y el hartazgo. El silencio de las mañanas es tan fino que se
cuela por entre las manos y nos trae un mundo de soledades, el
heptasílabo antológico rivalizando con el endecasílabo y la polifonía de un nuevo
lenguaje haciendo una minuciosa descripción de la
naturaleza: “A batallas de amos, campos de pluma”. Góngora y las dos Españas,
lo bello y lo rancio, y el contrapunto del humor, Quevedo, la rivalidad y el
espectáculo, la guerra en medio de la paz.
Papeles y trompetas, y una mañana fría a pie de las colinas de la pradera
de San Isidro, allá en las afueras, donde se ha comenzado a labrar, aunque al rato lo
deja todo en manos de un ángel enviado desde los cielos y se pone a rezar.
Así consta en la leyenda. Hoy, 15 de mayo, día del Santo, tanto en la Pradera como
en las Vistillas, hasta donde se desplazan majos, cabriolés y calesas. Y
empieza la romería, mientras Goya pinta y vende cuadros. Otros venden
barquillos al compás del chotis, que suena en los organillos callejeros.
Y las chulapas y chulapos beben limonada y comen rosquillas, ya sean "tontas", "listas" o de Santa Clara. “¡Viva San Isidro!”, gritan los “gatos” en ese Madrid
castizo, que no es otro que el Balcón del Manzanares, entre Bailén y la carrera
de San Francisco y la calle Segovia, muy cerca de la estatua dedicada a la
vedette Celia Gámez. Y la alegría se dibuja en las caras de los niños, sobre
todo cuando llegan las madres con el chocolate y las porras de la churrería de
San Ginés. Un santo labriego para un mundo urbano, porque como decía Gloria
Fuertes “Madrid es mi asfalto”. Seas de donde seas… y sin importar el lugar en
el que hayas nacido, desde el primer día en el que aterrizas, eres de Madrid. Luego
cada cual lleva interiormente su novela. Pero eso es otra cosa. Y después el aperitivo, unos caracoles
en casa Amadeo, todo un clásico, en la plaza de Cascorro. No pasarán más de
cinco minutos y ya tendrás a Amadeo tras de ti diciéndote “anda, moja, y no me
seas pagano”. Y…, a comer: cocido madrileño en los
Galayos, calle Botoneras, junto a La Plaza Mayor, donde lo sirven en dos
vuelcos. A continuación un ratito de siesta y, sobre las cinco, nos acercarnos hasta la Plaza de Las Ventas para asistir a la corrida de
toros.
Villa y Corte, bares con la barra de zinc donde se degustan unas gambas de
Málaga acompañadas de una manzanilla de Sanlúcar de Barrameda, antes de que dé
comienzo la corrida, el rito, la contradicción, ese arte que nace de la
relación entre el riesgo y la estética, como aseguraba Domingo Ortega. Suenan clarines
y timbales. El paseíllo es un desfile de moda dieciochesco, con dos
alguacilillos a caballo, tras pedir permiso al Presidente de la plaza. El
primero de la tarde es recibido a porta gayola, dibujando dos abanicos en la
cara del toro. Pero más que un toro, lo que aparece es una cabra, según un
aficionado. Es el protestón de siempre, uno de los aficionados que
ocupan los granitos del tendido 7, que hacen escarnio de cuanto les viene en
gana y se sientan todas las tardes con el cuchillo entre los dientes para dar
lecciones de toreo. Luego, poco a poco, con la cerveza, el vino
tinto, las almendras tostadas y los bocadillos de jamón, se van calmando los ánimos, porque allí se va a echar la madeja, el malhumor
y los traumas diarios, que se dibujan en un grito y se borran con un trago.
Siempre pasa en el principio de las cosas.
Hablamos de un mundo tan mágico como controvertido, polémico. Desde
intelectuales a artistas, muchos se sintieron atraídos por las corridas de
toros. Desde Quevedo a Lorca. Cada cual con sus razones. La vieja disputa.
Moralidad y mística. Sacrificio, sangre y arena. Lo cierto es que en
el toreo se vive una experiencia intelectual, emocional y estética que hay que
interpretar sin quedarse en los límites, en la piel o en lo trivial. Se va a la
plaza a ver la muerte rodeada de belleza.
La plaza o esa caja de resonancia de una civilización, con sus emociones,
entre la moral y el espíritu, el individuo a solas con su pasado y el toro,
ambos a un palmo, entre la fascinación y la mitología, en un instante, en dos
horas de arte y vanguardia, de simbolismo, de dramatismo, de tantas cosas.
Cuando estoy en la plaza, un rayo de emoción y memoria se cruza delante de mi
mirada, y veo torear a un muchacho desnudo a la luz de la luna. Temple y quietud.
Juan Belmonte. Aquí en Madrid, tras el paseíllo que inunda el coso de colorido.
El sol y la sombra. Las dos Españas, de nuevo. Y el llanto, como escribió el
poeta al torero de la generación del 27. El resplandor de las luces bordadas en
oro, que vuelven a iluminar la herejía, y entonces veo a un hombre sentado en
un soneto y a un toro leyendo los labios, y, entre los dos, abren el cielo de par
en par para conformar la imagen de mis sueños que nunca olvidaré. Los otros no
son más que teorías. Y me aburren mucho las teorías.


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