“Todos tenemos un antiguo amor del que
hablar, cuando ya nada se puede pedir y está amaneciendo”. Roberto
Bolaño.
El amor no se busca; se
encuentra. Unas cortinas que se descorren, el sol de la mañana que entra, el
día que se ilumina y el rostro que cambia. Llega una imagen, unas palabras, un
gesto…, y una lágrima furtiva aparece por entre los sueños. Es la sal de las
lágrimas.
Pasan los días, mientras
seguimos con lo nuestro, que a menudo no es más que un mundo de imprecisiones y
la suma de muchas rutinas. Ayer, por la tarde, el tiempo trajo agua para
limpiar algo, aunque no sabíamos qué. Algunas luces se apagaron. Las
calles parecían dormidas. En la
noche, el sonido del agua, que se
escapaba calle abajo, se escuchaba en la
habitación. El agua dejó la noche desnuda.
Cuando comenzó el aguacero, llovía también sobre nuestros
corazones. Sonaba el cielo y las
criaturas mágicas, que, a esas horas, vagaban por las calles.
Al día siguiente, estuvimos
paseando junto al mar. Tú te llenaste de alas y de viento, y yo de soledades. La luz se detuvo en tu rostro. Me puse a tu lado procurando no abrasarme. Tú seguías a lo tuyo. En silencio. Mirando otro universo. Necesitaba abrazarte, decirte lo que fuera..., pero entonces dejaría de ser quien soy y, una vez más, sería tu esclavo. Al final de aquellas horas, lo que quedó no fue más que un escenario silencioso, una cama, una mesita y un sinfín de puntos suspensivos. Quizás demasiados… En todos esos meses, no nos salvaron las
palabras, ni las cartas… No nos salvó
nadie porque habíamos dejado muchos espacios para la indiferencia.
Tiempo después, volvimos a
vernos, junto a otros amigos comunes. Mientras nos bebíamos unas cervezas en un parque, todos al unísono tarareábamos Amarillo
by Morning, una canción que siempre que la cantábamos nos llenaba de sueños. Aquella canción country hizo que nos fundiéramos en un abrazo. Seguías teniendo aquella belleza
antigua de siempre. El abrazo fue eterno. Estabas hermosa. La canción salía sola de nuestros labios y
corría por nuestras venas como corrían nuestros sentimientos o como corren los ríos cuando van hacia el mar. Y allí nos
dijimos que nos queríamos. Conmovedor. Aquellas letras sonaban a verdad y
sabían a la sal del mar, tan próximo. En
cada acorde, quedaba dibujado el camino que nos estaba esperando. Por la
mañana, madrugaste. Estabas muy inquieta. Y
te vestiste. Lo hacías despacio, de una manera lenta, diciéndome que te ibas sin saber por qué, pero que te ibas. Me lo estabas diciendo en la forma de ponerte la ropa, de espaldas a la cama, sin palabras.
Han pasado los días, muchos, y no quiero que
me digas nada. Cada cual se quedó en su mundo.
Yo me quedé con tu imagen saliendo por la puerta, a solas y con tu nombre en los labios. No
tuve fuerzas ni para llamarte. Tendría tiempo para olvidarlo.
Miro de nuevo, te miro. Con los días aprendí a mirarte y a alojarme en tus ojos. La letra, lo que querías decirme, estaba ahí. Era apasionante poder instalarme cerca y esperar. Solo hacía falta moverme lentamente por tu perfil hasta tenerte enfrente. Y ahí, me detenía, me quedaba quieto, muy quieto... Y entonces llegaba la verdad, una declaración de luces y de belleza, que de nuevo incendiaba nuestras vidas.
Habíamos creado algo
sencillo, simple, y teníamos que mantenerlo lejos de las voces, de las
miradas…, de la propia realidad, que lo destruiría. Nuestra voz no pertenecía a
ningún coro. Nuestro jardín quedaba en otro edén. Y nuestras manos se
detenían siempre ante nuestro pálpito, con todos los ojos atentos, con todas las miradas, con toda
la carne entregada, dispuesta, los dos testigos de aquel momento,
de todos los momentos, que fueron muchos, que fueron todos. Y eso no se
puede olvidar con dos líneas y un adjetivo.
Por la mañana, nos
despedimos. Nos iba eso de incendiarnos,
sin decirnos la verdad, puesto que la verdad, como se sabe, suele desordenar las cosas y los
sentimientos. Y así nos hemos pasado la vida: renunciando, buscando, negando la
luz que salía de nuestros ojos y aquel deseo incontrolable que salía de nuestros cuerpos y que ardía cuando estos se
encontraban. Pasaremos el resto de nuestras vidas olvidando sin que podamos
olvidar, tirando los gestos a la basura, llenándonos de urgencias, de
melancolía, y preguntándonos por qué teníamos que ser nosotros, tú yo, por qué
el destino no pudo elegir a dos víctimas más discretas e indiferentes, que, al menos, no dejaran tantas huellas, tanto rastro de
sangre, tanta verdad, como esos trenes que silban a lo lejos y que van de un
sitio a otro pero que no se detienen en ningún destino. Por qué…


1 Comentarios
Muy desgarrador pero muy bello a la vez…
ResponderEliminar¡Precioso!