CREAR SOBRE LO CREADO


 

Crear y vivir, y volver a las formas, volver a lo ya creado; la misma luz para afinar el sentido. Identidad y lenguaje. Entretejer, creación,  ensayos, y ejercicios dialécticos sobre el tiempo. Improvisando, parándonos,  reflexionando…, para después, cuando sale el relámpago, el rumor del trueno,  mostrar el resultado, lo que sale en ese momento o lo que cae, que no es otra cosa que el silencio, con la claridad del día, bajo la lluvia, sin una palabra inicial, con una idea,  con nada...,  y vuelta a empezar. Empezar de nuevo.

Sirva esta introducción para acompañar una anécdota que contó José Fernández Torres, Tomatito,  al hablar del cantaor flamenco José Tejada Martín,   conocido como Pepe Marchena o el Niño de Marchena:  Una vez, desde Málaga, porque Tomatito, por aquel entonces, vivía en Málaga, viajaba con unos amigos a Pamplona, dado que Camarón iba a cantar allí.  Además del tío Juan Habichuela, que era muy aficionado a Pepe Marchena, también había un amigo suyo al que le gustaba el cantaor sevillano. Tomatito, al pensar en Marchena, pues veía la diferencia que había con él y con Camarón a la hora del cante, puesto que el estilo del de la Isla era…, muy gitano, muy arriesgado, muy  de “nosotros”, como les gusta decir a ellos. Al llegar a Pamplona, Tomatito se fue hacia un señor que se llamaba Manolo y le dijo: -“Estoy buscando una taranta de Pepe Marchena con don Ramón Montoya a la guitarra en la que me han dicho que toca un saxofón o algo así…”. Tomatito hablaba un tanto de memoria,  de lo que había oído por ahí, porque, la verdad, habían pasado ya más de mil años… Pero al escuchar  hablar a Manolo se quedó un poco así…, porque se dio cuenta de que aquél señor sabía mucho, tanto que era un estudioso del género, del cante flamenco…, y lo que le vino a decirle es que de la nada no sale la nada, puesto que el cantaor creó sobre lo ya creado,  pues en el cante estaba ya  “to inventao” por otros cantaores más viejos… Y sobre esas palabras que le había dicho Manolo, Tomatito se hizo su composición de lugar y una idea del camino que cogió Marchena después de tener contacto con otros cantes, recreando lo ya creado. Tomatito, lo explica así: -“Marchena,  pensó:  bueno…, si yo cojo y hago esto, así o asá, y a la taranta le doy esta melodía o esta cosa…, que además es algo que no le estorba, sino que la engrandece, pues…,  que pasó lo que tenía que pasar, y es que Pepe Marchena cantaba aquello mejor que el que lo había inventado”.

Dejando la anécdota aparte, de lo que hablamos es de crear sobre lo ya creado: ahí estamos, en transformar el arte, en introducir nuevos elementos, como hizo Marchena con la colombiana, el único palo del flamenco que se creó en el siglo XX. Pepe fue una figura revolucionaria del flamenco. Introdujo recitados, cantó con orquesta e incorporó a los poetas clásicos. En definitiva, el sevillano, nacido en Marchena el 7 de noviembre de 1903,  abrió nuevos caminos en el cante jondo. Fusión, innovación, letras propias y poemas adaptados. O lo que es lo mismo:  ser otro siendo el mismo, rivalizando con Vallejo y Manolo Caracol, hasta llegar a la ópera flamenca. Del niño pobre al mito, que también llegó al cine; de herrero con 8 años a tabernero con Perea, y de ahí a guardar pavos en Monte-Palacio, a 4 kilómetros de Paradas.  Todo para poder cantar. De pueblo en pueblo, de taberna en taberna; cantar y crear; y con lo viejo hacer lo nuevo o viceversa. Sin saber leer ni escribir. Y después de ganarlo todo, perderlo todo también. La vida de un cantaor flamenco, éste, y su verdad, su lucha, sus ilusiones, su triunfo, su caída…, “En el valle de la pena”, que fue el nombre de una obra de teatro que iba hacer con Muñoz Seca. Al final,  el dramaturgo se echó atrás. Pero alguien con tanto talento como Pepe Marchena no  se daría por vencido, aunque fuera lejos de la ortodoxia. Lo importante no era tropezar o equivocarse, sino perdurar en el tiempo, porque el tiempo “te hace sacar de lo tuyo”,  que diría Pepe,  arrancarte de cuajo las influencias de los demás, el arte que llevas dentro de los maestros, también lo que uno recuerda de chico, aquella historia de amor tan bonita que tenía Marchena con el fandango. Por aquellos tiempos, Alosno era la cuna del fandango, que, por cierto, Pepe reinventó. Lo hizo cogiendo la esencia más añeja y los estilos más arcaicos, y los hizo suyos.  Dado que el municipio de Alosno quedaba en una zona montañosa y retirado de los núcleos urbanos, éste conservó algunas tradiciones y estilos que no se conservaron tan puros en otras zonas: el romance, la sevillana rociera, la toná y la seguidilla. Muchos se transmitieron de forma oral, lo que permitió que se mantuvieran vivos algunos cantes: el fandango parao, los campanilleros… Y de esas fuentes bebió Marchena. Y como se suele decir, con él llegó el escándalo, pero también el debate, un debate que emergía de los adentros, de la alegría, de la pena, de la rabia…, emergía y moría, regresaba… Marchena buscó la forma, otra forma, y la manera de darle la vuelta, porque lo que quería era crear, imponerse, seguir con su voz acaramelada, sus “falsetas”,  sus alardes y sus filigranas. Crear sobre lo creado para domesticar al público. En 2004, el homenaje por su centenario, celebrado en la SGAE, fue oficiado por otro herético: Enrique Morente.

Crear y gozar; crear y reír. Tinieblas y melancolía, sin dejar de crear. Marchena y su voz, la voz de los pueblos, para, de alguna forma, encontrarse definitivamente con la belleza. Crear sobre lo creado, sobre lo vivido, viviendo…  De niño le apodaban “la vieja”. Se dice que la colombiana la saca de una canción vasca. Y va, y la cambia. Destroza una para construir otra. Variaciones sobre el original. Trasplanta un corazón donde había otro distinto. Y eso hace que salga algo nuevo. Nuevo y diferente. Romper moldes y hacer otros nuevos: -“las monedas se han hecho redondas para que rueden”, le gustaba decir a Pepe. Tomás Pavón decía: .”Dios creó el cielo, tiró la sal y le cayó toda encima al Niño Marchena”. Cantaba como un ángel caído del cielo. En él, según los críticos y las malas lenguas, se daban cita la verdad y la mentira. Cogió lo viejo y lo alumbró como nuevo. Era un "antojador”, tanto de formas como de fórmulas, un hiperbólico al que le fascinaba darle vueltas a las cosas y ponerlas del revés, o del haz, o boca abajo…  Cantar colgado del techo o subido a un barril de cerveza vacío. Y llegaba el goce; llegaba el fandango, que detenía el tiempo. Pero quien realmente llegaba era Pepe Marchena con su última “voluntá”, con su último cante.




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