El
mundo que viene es una ficción televisada, cuando no una aventura. De la tiranía
a la imaginación, lo que se sigue buscando es la juventud eterna. Cualquier proyecto
histórico pendiente, se soluciona con la dieta del pinchazo. Así que la única
esperanza, queda en manos de la ciencia.
El
mundo que viene y el que se nos va. En un abrir y cerrar de ojos, pasamos de Caín, que al parecer tenía la cabeza gorda,
al Buscón, llamado don Pablos, que, de ir de mano en mano como literatura
clandestina, se editó en 1616 con este
sugerente título: Historia de la vida del
Buscón, llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños. Hoy
viernes, igual vamos de Juncal a Don Juan
Tenorio, deteniéndonos en Los santos inocentes,
en un claro homenaje a Paco Rabal. Y después. del
Siglo de oro y La dama boba, revisitando
a Lope, damos un brinco y le echamos un
vistazo a la escala cromática del Orgullo.
De un sitio para otro hasta quedarnos varados frente al Guernica, para escuchar
a Rosalía.
El
mundo que viene es un totum revolutum de
proyectos, ideas, viajes…, por donde siempre se cuela el dinero, aunque el verdadero
billete, el ticket, lo saquemos para ir a
la estación internacional de la luna o para hacer un tour interior por la cultura, que tanta falta hace. Mientras
tanto, anhelamos que llueva, porque es necesario que vuelva a llover, aunque el
agua solo caiga sobre nuestros corazones, sobre la tierra de Babel o resbale
por las lágrimas doradas de la noche.
El mundo se mueve, pero evita desnudarse, tapando así ese mundo de luchas, penurias y aislamiento. Vivimos tiempos de verdades incómodas, cuando todavía seguimos escribiendo sobre el fascismo, sobre el miedo a la libertad de la que nos habló Erich Fromm… El mundo que viene, la realidad, las confusiones…, sin que podamos mirar atrás. Ya no hay tiempo para darse la vuelta. La vida es sutil, agridulce, maravillosa, multicolor, dramática, necia…, íntima. Y difícil de imaginar. Estamos ante la última oportunidad. El resto son ficciones, sin que hayamos aprendido a estar en soledad. Y entonces pasamos a pertenecer al sistema, a la máquina. El mundo que viene huye del tacto, del mirar, de la luz… No es más que una jaula dorada con candados viejos. Hay un mundo que está lleno de heridas; el otro, el que quieren pintarnos, no existe. O quizás lo que pretendan sea pintarnos la cara.
Un espacio sobre otro, muchos espacios, muchos cuerpos, con los que nos encontramos, y entramos dentro, donde se halla el deseo, y entonces nos ponemos a jugar al escondite. Espacios que creamos con la imaginación y que el viento se lleva de un lado para otro. Un mundo; los mundos. Un espacio, una pasión…, y un camino de ida y vuelta: desde la juventud a la infancia atravesando los años y una mirada, mil miradas, llegando hasta aquí, al mundo de hoy, al mundo que viene, sin que haya una carta en el buzón para leer, sin nada que pedir o que contar, mudos, tiesos, subiendo por una escalera insegura y con la respiración bajo mínimos. Peldaño a peldaño, hasta alcanzar el campanario viejo, desde donde diviso la tierra y un cielo maravilloso de verano, como el de hoy. Ha sido llegar y, conmovido al ver tanta grandiosidad, ante tanta gratitud, puedo asegurar que he sentido un stendhalazo (1), ¡pardiez!, niño, qué boutade es ésa a estas horas, pero la instantánea que me ofrecía la vida desde lo más alto del campanario no era para menos. Era tanta la emoción que estuve a punto de lanzar un grito a los cuatro vientos para que llegara más allá de los campos y los montes. Fue cuando caí en la cuenta y supe que no debía de seguir preocupándome ni un minuto más por el mundo que viene o el que le vamos a dejar a las siguientes generaciones; que lo que tenía que hacer era disfrutar del mundo que tenemos: éste. Bajé las escaleras lo más rápido que me fue posible y eché a andar por esos caminos de polvo y verdad cantando una cancioncilla como esos músicos callejeros que traen la alegría a los pueblos y que igual llevan un arpa en el hombro que unas maracas en el llavero. Y aquí estoy.
El viento trae una brisa fresca y los
olores de las viñas. Paso la mañana en la orilla de mi mundo buscando palabras
que enlazar y verbos que conjugar. La luna, por las noches, está alta y parece
un escudo de plata sobre el horizonte. Voy hilvanando las ideas como si me
estuviera haciendo un jersey con dos agujas gruesas y unos cuantos ovillos de
lana. Hilvano el futuro, incluso también cosas del pasado, a mi manera y con mi
estilo. Nunca me gustó ser una percha y colgarme una toga para ser decente y
parecer creíble. Por una persona respetable e íntegra entiendo otra cosa, sin
necesidad de pelucas y trapitos y birretes, además de la insignia y las
condecoraciones, la placa y la medalla, y el collar… No creo que sea necesario
engalanar a la justicia o a quienes la
practican. Es suficiente con que sea justa. El boato a veces no pega con la realidad, porque entonces es un
mundo vestido juzgando a otro desnudo. Lo
tuve claro desde chico, pero muy a menudo las circunstancias me iban cerrando
el paso. Uno puede subir al cielo si tiene alas o gasolina. O si se hace amigo
de un pájaro, o de un cóndor andino. Pero si no…, hay que luchar. La vida es
una lucha. Aun así, hay quienes viven en
la duda constante. Y se desenvuelven muy bien en ella. Yo, por contra,
necesito pisar tierra; fijar los pies en la tierra. O estar conectado a algo. Pensemos
en el pesimista. Su euforia está en el desánimo y desde ese estadio mental
construye un universo nuevo. Hay quienes han escrito novelas de quinientas páginas
sin salir de casa. Incluso novelas de aventuras. Y ni qué decir de aquellos que
han hecho su obra en la cama. Vida y obra en el confort del colchón y las
sábanas. Unos por enfermedad y otros por gusto.
La
luz que me ilumina la libreta, la historia que sigue y el tiempo que pasa,
mientras escribo en compañía de todas las infancias, de las líneas de las manos
y de la vida, de espacios que visité y conocí, de hombres y mujeres, de
descubrimientos, como lo fueron los libros,
o las fábulas que nos trajo la linterna mágica, la historia contada por
los periódicos de la época, de todas las épocas… Y, como si todo ello fuera una
sinfonía, ahora vuelve a sonar dentro de mí y a esta hora. La soledad fue
antes, al principio. Yo me hice mi propia soledad siendo un chico. Pero en
estos momentos, necesito muchas vidas, para seguir contando. Cerca de mí no
quiero sombras ni letreros gigantes. Las palabras grandes hay que dejarlas para
cuando nos llame la muerte. Prefiero la letra de siempre, del
mismo grosor que la lana del jersey, e ir trenzando la historia, el pasado, el
ayer y las risas de hoy, o la gratitud con la que me ha obsequiado la vida al
dejarme escribir sin pedirme mucho a cambio.
(1 (1) Stendhalazo: Es un
síndrome o una reacción emocional al
exponernos a una obra de arte o a la belleza de un paisaje. Recibe ese nombre
por el seudónimo del escritor francés del siglo XIX, Stendhal, cuyo nombre verdadero era el
de Marie-Henri Beyle. Tras visitar la Basílica de la Santa Cruz en Florencia,
allá por 1817, el autor experimentó una reacción física, unas taquicardias,
llegando casi a desmallarse, ante tanta belleza artística como estaba contemplando.



1 Comentarios
"Yo también he sentido un Stendhalazo ante la lectura de este relato… ¡Buenísimo!"
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