EL ÁRBOL TORCIDO


 

Finales de mes, calor infernal y una música al fondo que une los corazones rotos, como lo hace en sus conciertos Morrissey, el divo de Manchester, que se ha reconciliado con sus seguidores regalándoles esa belleza que tiene todo drama. Romanticismo con las luces de la noche, que nunca se apagan. Finales de mes y destinos exóticos para ir de vacaciones, a la espera de que llegue Shakira con entradas VIP a 500 euros. Hay quienes necesitan vivir rodeados de estímulos para mantener su autoestima bien alta, en tanto que otros hacen gala de su austeridad, monetaria y espiritual. En un mundo definido por el consumo, se pasan el día imitando a los pobres, guardando el dinero bajo un ladrillo y a los amantes en la despensa. En cuanto a la señora, suelen enviarla  a pastar en los prados del norte, entre el verde de las montañas y la lluvia repentina, pero la dama, que les ha salido respondona, hace caso omiso y, de pronto, la ves metiéndose un sobao de aquí te espero en el Valle del Pas, donde hace años, buscando una casa rural,  me encontré un árbol torcido, milenario, diría yo, que sobrevivió a todo y a todos. Era  grande, viejo y estaba completamente torcido. Eso lo salvó, puesto que los carpinteros pasaban frente a él y lo ignoraban. Parecía no tener ningún valor. Mientras los árboles rectos eran talados, aquel permaneció vivo durante siglos. Ser útil no siempre es una ventaja. Todos llevamos dentro uno de esos árboles torcidos que nunca se enderezan. Es nuestra esencia. Con la forma, disimulamos ese interior tan particular por donde corretea la savia, nuestras vivencias, la ternura…, hasta que alcanzamos la copa, que es donde anida  la sabiduría. Luego, descendemos hasta las raíces, por donde  se oculta la verdad o esa sensatez innata que nos mantiene en estado de alerta.

El árbol interior nos invita a descubrir quiénes somos en realidad, evitando que nos conviertan en troncos de madera y, en nada, pasemos a ser una puerta, un armario…, muebles de saldo, como en las rebajas. Nuestras dobleces y torceduras nos libran de la quema para que podamos descubrir otras voces, otra verdad. El árbol torcido o díscolo, con un perfil sospechoso y una memoria que va acorde con nuestra gema, con nuestro canto curvo, esa corteza infranqueable que nos hace distintos. Ser o no ser. Estamos llenos de defectos, afortunadamente. La perfección no existe. Las gemas de nuestra vida, los alambres que nos sostienen en pie; la historia,  nuestra historia, nuestro crecimiento personal, propio de un árbol encantado, con todos sus colores al viento.

Finales de mes y un sinfín de reflejos en ese ojo dorado de la vida diaria, que a veces nos pone al borde de la desesperación. Entre Houston y Coppola, que guionizó la puesta en escena de aquél; traiciones entre militares, sexo y homosexualidad, con la muerte de Montgomery Clift antes de comenzar el rodaje. Una película llena de matices y significados, como el verano que nos ocupa, que nos trae una trama algo distinta y muy lejana a la que escribió Carson McCullers, por cuya historia el deseo  se salía a borbotones, con tal de escandalizar a aquella sociedad tan tradicional y encorsetada.  

De nuevo volvemos a preguntarnos qué significa el verano, mientras otros llevan años preguntándose porque la izquierda roba con las manos y la democracia cristiana lo hace con guantes. No se ponen de acuerdo, mientras siguen robando. De Tenesse Williams a Lola Flores, mientras los recintos y las calles se llenan de conciertos. El verano nos cita en las calles y en esas noches de juerga al ritmo que marca el gin-tonic, con los cubitos marcándose un mambo con la corteza de limón. De nuevo la corteza: la nuestra y la del limón. Paseos a la luz de la luna y lujos por doquier. Estamos en el verano del eclipse, que tendrá lugar el 12 de agosto. El eclipse, el filme de Antonioni, con esa maravillosa Mónica Vitti que inicia un romance con un corredor de Bolsa (Alain Delon), cínico y amoral, al que le dice: -“Querría no quererte…, o quererte mejor”. Un eclipse, un oscurecimiento puntual e inaudito, un estado de ánimo. Así es el verano.

El verano en el campo, leyendo los surcos y las hileras de las viñas, tan rectilíneas. Libros que caben en la maleta. Lecturas de verano, esa península de casas vacías, de David Uclés. A vueltas con el realismo mágico para no pasar directamente por la crudeza de la realidad, por la deshumanización  del individuo, tan actual. Leer para contar, para saber dónde va la “coma” del vocativo, y para recuperar la magia que nos traen las historias a la sombra de un árbol, hasta donde llega la luz que ilumina la página, las ramas y el alma. Diálogos entre los personajes de la novela a la sombra de un árbol que nos hablan del paso del tiempo y de la búsqueda incesante del amor. Nos preguntamos por los años que tendrá el árbol y por su belleza, el mismo que nos enseña a tener paciencia y calma. Se oye el susurro leve del roce de las hojas. Pasa el viento y suena el árbol. Son sonidos que siempre están ahí acompañando a un árbol torcido, rebelde, indomable, libre, ese tipo de árboles a los que les gusta vivir su propia vida.  Como a ti y a mí. 

 


 

Publicar un comentario

1 Comentarios

  1. Buenísimo...
    vivir nuestra propia vida en libertad y con nuestras imperfecciones como el árbol.

    ResponderEliminar