La luna se sonroja ante los incendios. Huele a
humo. La naturaleza arde, pero la chispa no prende en el interior de los
pirómanos: el fuego casi nunca empieza solo. Es aparecer el fuego y se
rompe el equilibrio. Crecen las llamas y la angustia. Arde la vida y el monte; arden las
conciencias y la tierra; arde la vida y el verano; y, de paso, también ardemos
nosotros. Fuego y rabia ante el abandono de los bosques. Después, horas
después, llegan las declaraciones y las promesas. El ritual de siempre:
imágenes aéreas de bosques calcinados, entrevistas, autoridades, guardas
forestales, la UME, explicaciones…, y el cambio climático, cuando la respuesta
está en el monte, en la necesidad de que, como se hizo durante siglos, intervenga la mano humana; que los agricultores
y los pastores hagan su labor; que vuelva al monte el pastoreo, la recogida de
leña…, la limpieza, el desbroce, y el uso
de sus recursos naturales: la resina, la madera, las varas de varear la
aceituna… Y unos cuantos cortafuegos que protejan la naturaleza. Pero en medio siempre
están los intereses y la burocracia. Y el que pierde siempre es el bosque.
La
despoblación y el fuego; el bosque sucio
y descuidado, una sinfonía perfecta para que el fuego nos
ofrezca de nuevo su asombroso espectáculo destructivo, ese retrato incendiario de la dejadez y la
desidia. Rayos, negligencias, accidentes y pirómanos. El 53% de los incendios son
intencionados. Buscan urbanizar e instalar renovables. Hay quienes aseguran
que, tras la ley de 2015, llegó el fuego, el negocio de unos pocos. Piensan que
la solución está en crear un mundo rural vivo.
Hoy
tenemos un cóctel explosivo donde se junta el calor, el récord de incendios, la
complejidad del fuego, la condición humana y la naturaleza. Llevan tiempo sin
ponerse de acuerdo. Y, mientras tanto,
salta la chispa, porque los incendios se apagan en invierno y no ahora. De
nuevo, la complicada relación entre el hombre y la naturaleza. Pero lo que
quema el bosque es la ignorancia. Como dice Teresa Villariño Valdivieso,
ingeniera de montes, “el bosque es una gran despensa de vida. Hoy, me estremezco
y me revuelvo de rabia, que no de miedo, cuando
veo otro humo. Recuerdo que uno de mis olores favoritos hasta hace nada, era
aquel de la "roza o anovado" de mi infancia, la quema del monte para
transformarlo en tierras de pan, levantando los terrones con sus raíces y
utilizando las cenizas para el abono del centeno; los niños asábamos patatas y
lagartijas. Era, quizá, la técnica del subdesarrollo, pero nunca pasaba nada”.
Arde nuestra memoria y la tierra, que enrojecen el cielo.
Arde la noche sobre un fondo negro. Y arde el futuro bajo nuestros pies. Por
arder, arde la sombra que cubre nuestros pasos, la copa de un árbol, las
raíces… Sólo quedan las cenizas de la memoria. Poemas y canciones contra el
fuego… Ni por ésas… Sobre todo cuando arde la tierra que amamos, la aldea de la
infancia, el belloto gigante, la chopera infinita… Arde el verso, las cosechas,
los recuerdos y pueblos enteros. Lo que queda no son más que territorios
abandonados, imágenes patéticas, paisajes carbonizados, el suelo desnudo... Lo
que quedan son esqueletos humeantes y un silencio calcinado por donde se
escucha el crujir de las pisadas. Saliendo de la zona, hay dos pinos intactos.
Se han librado de la quema. Una emoción inmensa se apodera de nosotros,
incapaces de decir una sola palabra. Sobre ellos cuelgan las ramas de la
esperanza. Son como un faro en un desierto de pavesas. Contenemos la
respiración; no podemos ni tragar la saliva, detenida en la garganta. Es un
momento indescriptible. En cuando una lágrima furtiva abandona nuestro
lacrimal y comienza su camino hacia el suelo atravesando la mejilla. Al llegar, choca contra la tierra provocando una tenue nube de humo. La lágrima sofoca el drama. Pero el que todavía sigue
en llamas es nuestro corazón. Hoy he visto en una página en Instagram un cartel
en el que decía: “Nuestros bosques necesitan más cabras y menos cabrones”. Anoche,
por fin, comenzó a llover.


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