Ayer
tarde, con la luz del atardecer, cientos de pájaros se reunieron sobre el
tendido eléctrico para despedirse del día. No repetían repertorio; tampoco
colores. El cielo no repite; improvisa.
Caían las notas sobre el horizonte y también caía el atardecer. Algunos espectadores, los más díscolos, una
bandada de estorninos, hicieron un baile hipnótico en el aire. Bailaban frente
a la grandeza que estaban viendo. El resto de aves permanecía sobre los cables
en silencio absoluto. Al terminar, volverían las habladurías y el cortejo atrevido
del macho a la hembra. Hay aves que tienen hasta cuatro sexos efectivos. Pasión
y luz. Hasta entonces, todos seguían con entusiasmo el concierto desde una posición privilegiada,
mientras veían anochecer. Los centinelas del colapso ambiental, no podían
ignorar la magia que salía de aquella exhibición con la que les estaban obsequiando el cielo y la tierra. Concierto
de una noche de verano, nada que ver con El
sueño de una noche de verano, que son esas noches en las que buscamos a
nuestra alma gemela. Entrada gratuita. Hasta los ángeles se dejaban cautivar.
El entusiasmo, servido. La velada, inolvidable. Y el espíritu, elevándose. Lo otro es Shakespeare
y el amor; la apariencia y la realidad;
lo irracional y lo caótico; el guion y los celos. Y la tarde que empezaba a
subirse por las escaleras hasta darle alcance a la noche.
Con la
noche en el cepo, finalizó el concierto y volvió el murmullo de las aves yendo
hacia sus dormideros. El cielo era una lluvia de alas y el cable del tendido el
escenario donde los equilibristas hacían sus acrobacias. Como se sabe, los funambulistas
son expertos en desafiar la gravedad caminando sobre la cuerda floja. Las
garras que despegaban y los zapatos que se quedaban atados en los cables. Unos
volaban y otros se quedaban enganchados al drama de la vida. Los zapatos atados
tienen muchos significados. Marcan el territorio de los camellos de la droga. Marcan
muchas cosas. Según. Los cordones que se enredaban, los cables que se enredaban,
y el atardecer que también se enredaba en el cuello de la noche. No era una derrota;
era un cambio de emociones, ya fueran naturales o provocadas. Era…, pues esa típica
historia que se cuenta de los vivos o de los borrachos, que siempre se hacen
los muertos, puesto que la noche es el gran simulacro, la gran aventura de las
buenas intenciones (esto no se lo cree nadie). Al lince le gusta jugar hasta la
“madrugá” y a los “linces” deslizarse por el tobogán de la noche en busca de
hazañas memorables que contar. Custodian cada territorio con los búhos. Por eso
vuelan a media altura con un par de alas que se han hecho con unos cartones que
había a la puerta de un supermercado. Más que volar, planean por el barrio. No
les interesa el interior de los palacios ni el tetrabrik de vino tinto del vagabundo que duerme junto al
cajero. Los noctívagos o nocherniegos pertenecen a esa especie que tiene la cara roja,
los ojos saltones y el pico afilado como una navaja a la que le van los despistados, los que se relajan tras engullir un helado de vainilla. Por eso es
una especie reconocible: por el ADN de la vainilla, ya que, tras el atraco, le
han dado un mordisco al pico que quedaba del cucurucho.
La
belleza del atardecer anda posada sobre el tendido eléctrico, junto a los pájaros. El
amor está enchufado a la luz de las eléctricas como la historia lo está a la vida. Llega
el crepúsculo y los pensamientos divinos, y alguna página de nuestro interior
con un par de borrones. Borrón y cuenta nueva, y el hombre ensimismado en sus
obsesiones, intentando desentrañar los siglos, que en realidad están
condensados en su infancia. Y, de pronto, va y aparece la luna, que siempre
viene a deshacer el misterio o los nudos que se han formado en ese ovillo
repleto de sentimientos ocultos que es la vida. También le ha dado por aparecer
a la lluvia, nada, poca cosa, una pequeña tormenta de verano, para refrescar el
ambiente y regar los cables, las calles y esos caminos polvorientos. Agua
sobre lo pasajero y las cosas fugaces, sobre el diario íntimo de cada uno de
nosotros, sobre los bancos de piedra en los que habitaba el murmullo de la
noche, la malicia, el chisme; agua sobre
los pueblos y la comarca, sobre los unos y los otros, que corren a resguardarse
bajo la marquesina o el toldo del estanco, desposeídos de su trono o de su
asiento perpetuo donde cada noche o cada mañana ejercen la contemplación con el
ojo tardo, la observación con la mente terca, necia, con la duda esparcida en
todo aquello que miran pero que no ven. Y de ahí la luz del atardecer, el concierto de una noche de verano, mientras el espíritu intenta elevarse por ese cielo que ha traído la
lluvia. Entretanto, los hombres continúan desterrados, refugiados en su necedad, en esa vida
contemplativa que los convierte en animales disecados, hieráticos,
en faraones embalsamados que sólo esperan la llegada de la muerte. Uno se
multiplica por dos, y después por muchos. Cohortes que siguen ensimismadas, sentadas
en un banco o posadas sobre un cable de la luz esperando a que les solucionen
la vida los demás. Ellos sólo saben escupir la palabra, la crítica, el
desprecio, pero no son capaces de ponerse de pie y dar un paso: su paso. Y
volar.
Siluetas
de alta tensión que se tiñen de sangre cuando llega la hora. Un mundo que se
marcha hasta donde dejamos ayer el botijo y otro que viene para meterse en la
cama con nosotros. Uno que brilla y otro que inquieta, sabiendo que mañana volverá
el teatro de las moscas, el mismo de todas
las mañanas, tan repetitivo, y las tertulias
de los almuerzos, con lo difícil que es hablar mientras comen. Quizás hablen
un idioma sin artículos, como se habla ahora en muchos medios, que se tragan un
artículo, un adverbio…, y lo que venga.
Cuando los oigo hablar, me recuerdan a los indios de las películas del Oeste en
la sesión de la tarde: “Tú, querer; yo, poder”. Y por regresar, también regresará la siesta,
llena de tocamientos y un sinfín de secretos. Y de promesas que no se cumplen.
Y de risas bajo las sábanas, sobre todo cuando queda al descubierto el jardín
interior, sudoroso y excitado. La siesta
no es una tradición o una palabra, sino una encrucijada de apariciones, de sorpresas…,
de cuerpos enlazados en la intimidad de la habitación, donde a esa hora da la
sombra. En el frescor de las viejas paredes, gruesas y blancas, retumba el eco del deseo, el otro concierto,
con un solo de violín y otro de trompeta. Diálogos a media tarde entre las
sábanas, que llevan un rato en el suelo, y todo un muestrario de afectos en esas horas
benditas que llaman al amor, al deseo y al sexo, pero es seguro que no es una llamada a la guerra. Amor y
guerra, el duelo ibérico, la España equivocada y los ojos valientes que aman y
besan la tarde cuando ya ha terminado la batalla y los guerreros, sin necesidad
de echar mano de un artículo determinado o indeterminado, duermen por fin abrazados,
encarnando un bello cuadro en homenaje a
la paz. El cable, la siesta, el hilo que
nos lleva hasta la tela que arde, a la verdad.


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