Las viñas son los mares de estas tierras, que se ondulan en el horizonte, tras
la vendimia. Afinadas por la lluvia, irán cambiando de color, vistiéndose con unos colores ocres finísimos, que harán que ese mar parezca de barro. Un mar que, en cuanto llegue el olor a ese mosto que comienza a fermentar, sonreirá al ver cómo se convierte en un vino joven, el mismo que llegará a
las gargantas y sacará la verdad de cada corazón, en un trago, en un sorbo..., la
verdad elegante, que les dejará vivir en paz a los vecinos.
La poesía trae algunos recuerdos del amor y el viento el olor al mosto de
las bodegas. Se ha comenzado a vendimiar la uva blanca, debido al cambio
climático. Entretanto, los salmos se quedan en la
proa de las casas, que no huelen a humedad, sino a credo, a la fruta del verbo
pontificio, artificial, que se ha derramado por todas partes, ocupando el lugar
que le corresponde a la naturaleza. La biografía tardía y breve de un pueblo,
dos veces breve y sencilla, por inexistente. La callada por respuesta y la luz
encendida toda la noche, que solo hace que gastar. Puro lujo. La luz del
consistorio se queda encendida todas las noches iluminando los pasillos vacíos
y las poltronas. Paga el pueblo. La luz del vestíbulo espanta a la democracia y
la de los servicios a la oposición, que se suele ir a su casa a la hora de
hacer sus necesidades por si acaso hay cámaras grabando. Las luces presentes
día y noche como en los centros penitenciarios de máxima seguridad, si bien
aquí la razón es otra y lo que se busca es un efecto, por ejemplo, que una
emoción se cruce en el camino de los votantes y desnivele las encuestas en
favor del condotiero, al que le apasiona el espectáculo de las luces y las
sombras para llegar a los resultados. Pero la verdadera estrella del pueblo es
don Jaime, el médico de cabecera o de familia. Lo suyo es vocación y
generosidad. Si lo buscas, lo encuentras. Y eso se agradece. Lo único que le
gustaría corregir al galeno es su caligrafía, esa letra inteligible que, más
que palabras, parecen garabatos, de tal modo que algunos pacientes, cuando les
da la receta, con tanto cubismo como hay en ella, al no entender nada, se van
al quiosco de Pedro Malpartida, el vendedor de la ONCE, para que éste, con las
huellas de sus dedos, instruidos en el Braille,
les haga una interpretación lo más acertada posible de la dichosa receta. Al médico le gustan los jeroglíficos,
de ahí su letra. Ha leído unas cuantas veces Sinué el egipcio, escrita por el finlandés Mika Waltari, en la que
un huérfano llega a ser el médico real. A don Jaime no le hubiera importado vivir aquello, y no por halagar a
nadie, sino por volver sobre aquellos tiempos en los que, al igual que sucede
en estos, los hombres siguen revoloteando alrededor de la mentira, que es la
que viene a definir el mundo. En la mente del médico de familia retumban las
voces de entonces, que vuelven y se repiten, como si esa novela hubiera sido
parte de su vida y la razón por la que quiso hacerse médico.
Ayer, el tiempo miraba de reojo a la lluvia, mientras las nubes discutían
con los pájaros. Hoy jueves vuelven las formas y los noventa, en la música, en
el cine y en la literatura; vuelve el relámpago y la botella de wiski ante
tanta gaseosa y Red Bull. Regresa
de nuevo el núcleo duro con unas intenciones muy claras: dejarnos a en la orilla del río y
eliminar la última llama de la humanidad. Es lo que se cuece en los nuevos
reinos de Taifas, formados por un puzle que nunca encaja del todo y al que le
sobran piezas.
Las campanas han tocado a muerto. El luto se prolonga y llega hasta los
tejados y se mete por la chimenea de las casas. Pero lo que se mete realmente
es la tristeza, puesto que la vida se construye sobre el dolor. Por eso la
gente se encierra en las habitaciones de sus casas y en sí misma. El dolor vive
en silencio en la corteza humana y jamás desaparece. Las horas de la Nati, la viuda, transcurren en la silla, pensando sin pensar;
viviendo sin vivir. Las horas echan mano de todos los recuerdos que hay en los
álbumes de la memoria hasta que estos se acaban. Es lo único que le consuela un
poco: recordar. El tiempo no borra lo sucedido, solo intenta convencernos de
que no ha pasado nada. Hay días en los que el tiempo pasa volando como una
mariposa. Cae otra lágrima y cruje la silla en la que está sentada Nati. Poco a poco
se va acostumbrando al dolor, que además nos hace mejores personas. La silla y
el tiempo cuidan de los heridos.
Mañana llegan al pueblo los Villanueva, dada la proximidad de las fiestas
en honor al patrón, San Agustín. Ana, una señora de cincuenta y seis años, es
el ama de llaves de los señores. Los Villanueva vienen por el pueblo de uvas a
peras, pero todo tiene que estar en perfecto estado de revista: las alfombras
de los pasillos, las cortinas, las camas, el salón del té, y la cocina. Una
llamada…, y la mansión se llenará de miembros de una familia interminable que
siempre viene acompañada por personas desconocidas que hablan idiomas
incomprensibles. Ana sigue aseando las estancias de los señores, Enriqueta las
escaleras del ayuntamiento, los barrenderos limpiando las calles… El tiempo
tiene su discurso y el campo echa de menos las pisadas. La soledad también la
siente la tierra. Cuando pasa demasiado tiempo sin que la visite nadie, se
pierde la conexión con ella. Y eso influye en sus respuestas.
Tono agudo y gesto contrariado, dramático. Es el instante en el que Josete
el Gitano, sentado en una
piedra en el Camino de Ganapanes, muy
cerca de su casilla, decide arrancarse por Juan de la Vara con un ¡ay! que pone
los pelos de punta. Es arrancarse…, y sale su voz quebrada en ese fandango
titulado Los cuatro hermanicos que semos,
sin acompañamiento, aunque no hubiera estado mal tener al lado a Juan
Carmona, el Habichuela, cosa
imposible, ya que, el guitarrista, murió hace unos días. Descanse en
paz. Josete no es un hombre al que rendir fácilmente rodilla a tierra con una
humillación tras otra. Canta roto, herido, como cuando era niño y abandonó la
casa de su padre, que siempre lo maldecía y le ponía la mano encima. Estaba a
punto de cumplir los catorce. Y ahora lo desechan desde los despachos negándole
las ayudas sociales. Eso por un lado; por otro, los racistas, con sus insultos,
lo animan a que abandone el pueblo. Pero él quiere quedarse y seguir siendo un
faro de luz y bondad allá en las afueras del pueblo, en esa casilla de campo
que le sirve de cobijo y donde no llega el desprecio. Aquí vino de chico y aquí
se crio, y aquí quiere continuar viviendo hasta que la muerte lo coja por
sorpresa para sentarse a la mesa de los hombres, sin arrugarse, sin tener que
esconderse, sin sentirse un miserable, mientras espera que le arreglen los
papeles. Canta con ese quejío tan particular que tiene, lleno de honestidad, de
rabia y de hambre de justicia. Minutos después, la voz se
quiebra y cae una lágrima, y la herida tiembla, y el gitano se estremece, y la
piedra en la que está sentado cruje ante tanta pena.
Pena y gloria, el valor de la moral y el de ser libre, ambos en los límites
de muchos vecinos, en la tangente del cuerpo, que es donde lleva la báscula de
tasar don Ángel el veterinario, siempre en su jardín de las delicias, en una
vida de sensaciones, de placeres, como esos actores de comedia que se pasan la
obra deleitando al público, deleitándose a sí mismo con sus palabras, con su
guitarra, con sus chismes…, lejos de la realidad, tan fría, tan reacia a la
improvisación. Dobla el cuerpo para tocar y para beber, dos cosas que en el
veterinario andan juntas, tanto que a veces se confunden y le hacen temblar a
las luces del bar Sibilancias, en el número 2 de la calle Niseteocurra, junto a la plaza de José
Bernabé Soriano. Tiemblan las luces como tiemblan las interrogaciones al
escribirlas, porque el tembleque es propio de toda duda, de aquello que pende
de un hilo, ya sea de un hilo de cobre como el de las bombillas o de un hilo
del alma. Sobre todo cuando llega otra botella de vino y, al descorcharla, ese
sonido se mete en la memoria. El vino entra y le ayuda a salir a la voz que
recorre el bar de punta a punta y regresa convertida en una oda llena de
lirismo. Don Ángel tiene “ángel” y despierta hasta a las fieras, como sucedió con Matías, que se había
quedado dormido en una mesa sobre las cenizas de su puro Reig:
—¿Qué pasa…, qué pasa…?
—Duermes sobre las pavesas, como el enemigo —le ha dicho con sorna Juan
Montesinos, el Ateo.
Los ateos no figuran en el plano del pueblo, mejor dicho, en el censo. Juan
es un ateo que salió de su ignorancia la noche que, terminada la Guerra del 36,
él estaba escondido tras un ciprés, y vio cómo fusilaban a unos milicianos. Y
en vez de ponerse a repasar la Historia o la Biblia, se puso a repasar su
conciencia. Aquella noche había luna llena. Al rato, mirando detenidamente,
apareció la luz de la verdad. Fue cuando comprendió que todo el misticismo
pasaba por el hombre sin necesidad de los dioses. El hombre es un recadero de
sí mismo y no un fámulo de los cielos, como dicen esos oradores sagrados.

0 Comentarios