AGOSTO: EL QUEJÍO DE LA HONESTIDAD

 

 

 

Las viñas son los mares de estas tierras, que se ondulan en el horizonte, tras la vendimia. Afinadas por la lluvia, irán cambiando de color, vistiéndose con unos colores ocres finísimos, que harán que ese mar parezca de barro.  Un mar que, en cuanto llegue el olor a ese mosto que comienza a fermentar, sonreirá al ver cómo se convierte en un vino joven, el mismo que llegará a las gargantas y sacará la verdad de cada corazón, en un trago, en un sorbo..., la verdad elegante, que les dejará vivir en paz a los vecinos.

 

La poesía trae algunos recuerdos del amor y el viento el olor al mosto de las bodegas. Se ha comenzado a vendimiar la uva blanca, debido al cambio climático.  Entretanto, los salmos se quedan en la proa de las casas, que no huelen a humedad, sino a credo, a la fruta del verbo pontificio, artificial, que se ha derramado por todas partes, ocupando el lugar que le corresponde a la naturaleza. La biografía tardía y breve de un pueblo, dos veces breve y sencilla, por inexistente. La callada por respuesta y la luz encendida toda la noche, que solo hace que gastar. Puro lujo. La luz del consistorio se queda encendida todas las noches iluminando los pasillos vacíos y las poltronas. Paga el pueblo. La luz del vestíbulo espanta a la democracia y la de los servicios a la oposición, que se suele ir a su casa a la hora de hacer sus necesidades por si acaso hay cámaras grabando. Las luces presentes día y noche como en los centros penitenciarios de máxima seguridad, si bien aquí la razón es otra y lo que se busca es un efecto, por ejemplo, que una emoción se cruce en el camino de los votantes y desnivele las encuestas en favor del condotiero, al que le apasiona el espectáculo de las luces y las sombras para llegar a los resultados. Pero la verdadera estrella del pueblo es don Jaime, el médico de cabecera o de familia. Lo suyo es vocación y generosidad. Si lo buscas, lo encuentras. Y eso se agradece. Lo único que le gustaría corregir al galeno es su caligrafía, esa letra inteligible que, más que palabras, parecen garabatos, de tal modo que algunos pacientes, cuando les da la receta, con tanto cubismo como hay en ella, al no entender nada, se van al quiosco de Pedro Malpartida, el vendedor de la ONCE, para que éste, con las huellas de sus dedos,  instruidos en el Braille, les haga una interpretación lo más acertada posible de la dichosa receta. Al médico le gustan los jeroglíficos, de ahí su letra. Ha leído unas cuantas veces Sinué el egipcio, escrita por el finlandés Mika Waltari, en la que un huérfano llega a ser el médico real. A don Jaime no le hubiera importado vivir aquello, y no por halagar a nadie, sino por volver sobre aquellos tiempos en los que, al igual que sucede en estos, los hombres siguen revoloteando alrededor de la mentira, que es la que viene a definir el mundo. En la mente del médico de familia retumban las voces de entonces, que vuelven y se repiten, como si esa novela hubiera sido parte de su vida y la razón por la que quiso hacerse médico.

Ayer, el tiempo miraba de reojo a la lluvia, mientras las nubes discutían con los pájaros. Hoy jueves vuelven las formas y los noventa, en la música, en el cine y en la literatura; vuelve el relámpago y la botella de wiski ante tanta gaseosa y Red Bull. Regresa de nuevo el núcleo duro con unas intenciones muy claras:  dejarnos a en la orilla del río y eliminar la última llama de la humanidad. Es lo que se cuece en los nuevos reinos de Taifas, formados por un puzle que nunca encaja del todo y al que le sobran piezas.

Las campanas han tocado a muerto. El luto se prolonga y llega hasta los tejados y se mete por la chimenea de las casas. Pero lo que se mete realmente es la tristeza, puesto que la vida se construye sobre el dolor. Por eso la gente se encierra en las habitaciones de sus casas y en sí misma. El dolor vive en silencio en la corteza humana y jamás desaparece. Las horas de la Nati, la viuda,  transcurren en la silla, pensando sin pensar; viviendo sin vivir. Las horas echan mano de todos los recuerdos que hay en los álbumes de la memoria hasta que estos se acaban. Es lo único que le consuela un poco: recordar. El tiempo no borra lo sucedido, solo intenta convencernos de que no ha pasado nada. Hay días en los que el tiempo pasa volando como una mariposa. Cae otra lágrima y cruje la silla en la que está sentada Nati. Poco a poco se va acostumbrando al dolor, que además nos hace mejores personas. La silla y el tiempo cuidan de los heridos.

Mañana llegan al pueblo los Villanueva, dada la proximidad de las fiestas en honor al patrón, San Agustín. Ana, una señora de cincuenta y seis años, es el ama de llaves de los señores. Los Villanueva vienen por el pueblo de uvas a peras, pero todo tiene que estar en perfecto estado de revista: las alfombras de los pasillos, las cortinas, las camas, el salón del té, y la cocina. Una llamada…, y la mansión se llenará de miembros de una familia interminable que siempre viene acompañada por personas desconocidas que hablan idiomas incomprensibles. Ana sigue aseando las estancias de los señores, Enriqueta las escaleras del ayuntamiento, los barrenderos limpiando las calles… El tiempo tiene su discurso y el campo echa de menos las pisadas. La soledad también la siente la tierra. Cuando pasa demasiado tiempo sin que la visite nadie, se pierde la conexión con ella. Y eso influye en sus respuestas.

Tono agudo y gesto contrariado, dramático. Es el instante en el que Josete el Gitano, sentado en una piedra en el Camino de Ganapanes, muy cerca de su casilla, decide arrancarse por Juan de la Vara con un ¡ay! que pone los pelos de punta. Es arrancarse…, y sale su voz quebrada en ese fandango titulado Los cuatro hermanicos que semos, sin acompañamiento, aunque no hubiera estado mal tener al lado a Juan Carmona, el Habichuela, cosa imposible, ya que, el guitarrista, murió hace unos días. Descanse en paz. Josete no es un hombre al que rendir fácilmente rodilla a tierra con una humillación tras otra. Canta roto, herido, como cuando era niño y abandonó la casa de su padre, que siempre lo maldecía y le ponía la mano encima. Estaba a punto de cumplir los catorce. Y ahora lo desechan desde los despachos negándole las ayudas sociales. Eso por un lado; por otro, los racistas, con sus insultos, lo animan a que abandone el pueblo. Pero él quiere quedarse y seguir siendo un faro de luz y bondad allá en las afueras del pueblo, en esa casilla de campo que le sirve de cobijo y donde no llega el desprecio. Aquí vino de chico y aquí se crio, y aquí quiere continuar viviendo hasta que la muerte lo coja por sorpresa para sentarse a la mesa de los hombres, sin arrugarse, sin tener que esconderse, sin sentirse un miserable, mientras espera que le arreglen los papeles. Canta con ese quejío tan particular que tiene, lleno de honestidad, de rabia y de hambre de justicia. Minutos después, la voz se quiebra y cae una lágrima, y la herida tiembla, y el gitano se estremece, y la piedra en la que está sentado cruje ante tanta pena.

Pena y gloria, el valor de la moral y el de ser libre, ambos en los límites de muchos vecinos, en la tangente del cuerpo, que es donde lleva la báscula de tasar don Ángel el veterinario, siempre en su jardín de las delicias, en una vida de sensaciones, de placeres, como esos actores de comedia que se pasan la obra deleitando al público, deleitándose a sí mismo con sus palabras, con su guitarra, con sus chismes…, lejos de la realidad, tan fría, tan reacia a la improvisación. Dobla el cuerpo para tocar y para beber, dos cosas que en el veterinario andan juntas, tanto que a veces se confunden y le hacen temblar a las luces del bar Sibilancias, en el número 2 de la calle Niseteocurra, junto a la plaza de José Bernabé Soriano. Tiemblan las luces como tiemblan las interrogaciones al escribirlas, porque el tembleque es propio de toda duda, de aquello que pende de un hilo, ya sea de un hilo de cobre como el de las bombillas o de un hilo del alma. Sobre todo cuando llega otra botella de vino y, al descorcharla, ese sonido se mete en la memoria. El vino entra y le ayuda a salir a la voz que recorre el bar de punta a punta y regresa convertida en una oda llena de lirismo. Don Ángel tiene “ángel y despierta hasta a las fieras, como sucedió con Matías, que se había quedado dormido en una mesa sobre las cenizas de su puro Reig:

—¿Qué pasa…, qué pasa…?

—Duermes sobre las pavesas, como el enemigo —le ha dicho con sorna Juan Montesinos, el Ateo.

Los ateos no figuran en el plano del pueblo, mejor dicho, en el censo. Juan es un ateo que salió de su ignorancia la noche que, terminada la Guerra del 36, él estaba escondido tras un ciprés, y vio cómo fusilaban a unos milicianos. Y en vez de ponerse a repasar la Historia o la Biblia, se puso a repasar su conciencia. Aquella noche había luna llena. Al rato, mirando detenidamente, apareció la luz de la verdad. Fue cuando comprendió que todo el misticismo pasaba por el hombre sin necesidad de los dioses. El hombre es un recadero de sí mismo y no un fámulo de los cielos, como dicen esos oradores sagrados.





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