Cada vez hay más casas cerradas
en el pueblo. Las casas cerradas se hunden. No queda ni el silencio. Bajo
aquellos techos de palos y cañas, venían al mundo los braceros de la península,
para servirle a usted y a la patria, el otro invento, cuando sabemos que la
única patria somos nosotros mismos. En el patio había un pozo para sacar agua
para los animales. Y más allá, el corral, junto a la cuadra de la mula. Olía a
la paja mojada debido a los orines y los excrementos de las gallinas y del
cuadrúpedo. Olía a estiércol, que volvería a la tierra para alimentar sus
entrañas. Aquellas casas les permitieron soñar a las gentes del campo. Dentro
se vivía la dureza de la vida con gratitud, sin echarle cuentas a nadie. Cada
cual con lo suyo. La olla, en el fuego de la cocina; y los niños, en el recreo
de aquellas escuelas de párvulos, que tenían la mirada puesta en el horizonte.
Y la madre, con las legumbres y unas hortalizas. Comida de cuchara. Y la
grandeza de la hogaza de pan. Las rebanadas todas iguales. Todos alrededor de
la mesa, sobre la una del mediodía, con la radio puesta y el porrón encendido
con el vino de la cosecha que daban en la cooperativa. Y el aceite, de los
olivos propios. Y la cebolla, cruda, a mordiscos, entre cucharada y cucharada
de legumbres. Y, a pesar de la hora, la bombilla estaba encendida para que
pudiéramos vernos las caras. La dichosa bombilla se tambaleaba como un
ahorcado. Ahora, la mayoría de esas casas están cerradas como las catedrales
sin fieles, vacías de humanidad y llenas de recuerdos que invaden la memoria: la
cama en la que murió Tobías, tras la angina de pecho; el pozo seco, donde
duermen las voces subterráneas de aquellos tiempos; las sartenes, la silla
coja, la orza vacía, los abrigos de astracán, y el rostro serio del abuelo en
el retrato que hay colgado en medio del pasillo, donde retumba el pasado. La
gente se ha olvidado de las casas y de los siglos.
El campo duerme vestido de paisano. Solo la luna sueña con el
campo, tan majestuoso siempre. El campo que se hace real en la llanura, donde
se detiene el tiempo, que siempre confunde a los vecinos, sobre todo en esos
días soleados, que a menudo suelen terminar en una tormenta. Agosto se repite
en las formas y siempre trae bajo sus faldas algo de nostalgia, cuando no
cierta melancolía, que es una enfermedad de reyes y contratenores. El viento se
lleva el sofoco de la mañana y consagra la tarde, dejando en el ambiente una
tranquilidad pasmosa. La tranquilidad es una bandera que pone en pie a los
vecinos, que salen a pasear por los alrededores buscando cada cual su
particular mundo, ese mapa de las
ilusiones perdidas. La mañana de hoy imita a la de ayer y ésta a la del día
siguiente. Y Ruth Rosillo…, por las noches, en su radio. La voz femenina que propone
un plan de fuga cada noche a través de las ondas. Anselmo no se pierde ni un
solo programa, así se caiga de sueño. Ruth acaricia la soledad de cada hombre
con mimo, porque la soledad, como asegura ella, “cuando te abraza, no te suelta”. Con su programa, intenta
minimizar los destrozos humanos de esa vida en clausura, solos en la noche,
abandonados en la oscuridad de las habitaciones, llenas del humo de los
cigarrillos, de humedad, de sueños rotos… Soledades…, monólogos entre los
dioses y la muerte a través del tiempo, con el programa ya en marcha, y la voz
desnuda y maravillosa de Ruth que entra en las casas y oxigena las estancias y
los corazones. Así se lo está contando Alejo a Anastasio el peluquero:
—Yo me paso el día haciendo obras
en mi casa —dice Alejo casi sin abrir los labios para no tragarse la espuma de
afeitar—, pero por la noche no me pierdo ningún programa de La calle de atrás. Reconozco que soy un
ave nocturna.
Otro asiduo es Alfonso, el dueño
de la terraza La Verbena. Cuando recoge las sillas y las mesas,
se suma al hilo de la noche. Las ondas le llevan a otro mundo. O a la voz de
Ruth, esa voz que parece una filarmónica, y que lo tiene enamorado, aunque no
quiere reconocerlo. La chica le gusta bastante, pero es tan tímido… Sin contar
con las muchas contradicciones que lleva dentro... Está lleno de complejos. Ni
tan siquiera apaga la luz de la habitación. Le invaden los demonios y el miedo.
Quiere ser leal a sí mismo, pero reconoce que no tiene el valor necesario para
dejar todo y hacer su vida, vivir un sueño sin sueños, algo real…, palpable,
tangible, cierto.
Agosto supura por las rendijas de
la carne, por el amor no correspondido de aquellos años, cuando jóvenes, que se
marchó al pasar las fiestas, dejándole a Alfonso una vida muy desordenada,
tanto como las sillas de la terraza que apila a diario colocándolas unas sobre
las otras, de diez en diez. Necesita un soplo de aire y volver a sentir contra
su cuerpo los días de la carne, del deseo, del sexo, un soplo que borre la
rutina de su mente, cuando se siente perdido. Ruth es la única pastilla
nocturna que le tranquiliza. La otra noche le dedicó I wish you love (Te deseo amor) y Alfonso casi se derrite en la
cama escuchando esa declaración de amor y deseo. Él cree que la locutora le
tiene cierta estima, pero no se atreve a pararse ante ella en plena calle y
decirle lo que siente. Habrá que esperar a que ese pájaro azul se pose en el corazón
de ambos convertido en una canción. Entretanto, agosto es un disfraz, la noche
es un disfraz, cuando los ojos ya se van entornando hasta quedar cerrados.
El pueblo duerme. Es una noche
sin testigos, tras el eclipse, en la que la luna besa esa cartulina nocturna,
plagada de estrellas. Las calles se han quedado sin preguntas. En el horizonte
brilla la luz de los sueños, mientras suena Vorrei che fosse amore, interpretada por la
cantante italiana Mina. El programa La calle
de atrás se pone tierno, lejos de la mirada de los políticos, a los que
les gusta más el navajeo. Ruth evita la
polémica y le hace otro homenaje al amor, porque sabe que el albarán de la vida
es muy distinto al de la política. Música,
amor y ternura en las ondas con un tema exquisito, con una confesión sentimental tan emotiva como adecuada cuando
estamos en mitad del verano, de la noche
y de la vida. Quizás ese pájaro azul se
pose por fin sobre alguno de esos corazones enamorados. Mañana, a las once en punto de la noche, estaremos
otra vez con las ondas. Sean puntuales.


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