Ayer lunes, por la tarde, sobre las ocho,
Juanín y su banda, Rodway, quedaron
para ensayar, como siempre, en un local que hace esquina, en la calle Lotengoclaro, donde suele soplar el
viento. Un tugurio donde, entre ensayo
y ensayo, le dan los últimos retoques a su primer álbum, Oda a los pinos, antes de comenzar su gira por la comarca. Le
cantan a la huida, a los muchos paisanos que tuvieron que emigrar a otras
tierras en busca de trabajo, ya que el campo se ahogaba. El disco está dedicado
a toda esa gente que tuvo que marcharse. Un disco con formas rockeras, pero con canciones frescas, lo
que hace que lleguen con más facilidad a sus fans, que se multiplican por
cientos y que, cuando hay concierto, escuchan sentados en el suelo de la explanada
del polideportivo, atentos a esas letras que llenan de gloria y nostalgia a los
jóvenes del pueblo. Rodway es una bocanada de aire puro en un ambiente
enrarecido por esas políticas de la Agenda 20-30 que han ido demasiado lejos y
se han olvidado de la gente joven, de los que se fueron, y del futuro, que
viene disuelto en una taza con un azucarillo, y el agua se queda algo negra.
Por la noche, como todas las noches…, la radio, la emisora que emite
desde un edificio de La calle de atrás, que
también es el título del programa que dirige Ruth para las aves nocturnas, comienza su andadura. Anselmo, que suele escuchar el programa, en cuanto las saetas de su reloj
marcan las once, llena un vaso de agua y se va a la cama con el vaso, por si, en una de ésas, escuchando las ondas en la oscuridad, tuviera sed, ya que la oscuridad suele atraer alguna incertidumbre que otra. Es echar un
trago y se le quitan las preocupaciones. A esas horas, el programa de Ruth, que
dura hasta las dos de la madrugada, es de una ayuda inestimable. Muchos creen que perpetua
la felicidad. Sin ese talk show, las
colas del psicólogo se multiplicarían. Los que llaman al programa para pedir
una canción o proponer un tema, acaban confesándose en directo, lo que alivia
bastante la presión del pecho y, al irse a la cama, duermen a pierna suelta. Así lo han entendido
los poderes locales. Por eso han decidido renovarle el contrato a su directora, que no es otra que la
señorita Ruth Rosillo, una alicantina honesta que echó raíces en el pueblo y
que se fue definiendo en un programa de máxima audiencia, donde se dirige a “su
gente”, a los oyentes de La calle de atrás, en esas noches que
son maratones de sueños perdidos, iluminados por los neones como si fueran
escaparates de la moda, que, al final no son más que un efecto ilusorio, falaz,
lejos de la realidad. La voz de Ruth, el vaso de agua, las palabras de
madrugada, y la buena música, acaban reconfortando y trayendo equilibrio a esos
corazones perdidos en la negritud de la noche. El programa recupera para la
vida a cualquier soldado herido, tras ponerle una tirita en el alma y recolocarle
las costillas, las mismas con las que interpreta una balada a medida del dolor
o de la soledad, mientras los órganos blandos van haciendo solos de trompeta.
Por eso el programa acaba todas las noches convertido en una fiesta.
Al día siguiente, es decir, hoy, como si nada hubiera sucedido, regresa al
orden del día el menú de este melodrama interpretado por gente corriente. Después
de esas noches en las que se multiplican las tormentas, todo vuelve a empezar.
Y Remedios, que por fin se ha quedado sola, cuando va al cuarto de planchar a
coger la plancha comienza a imaginar cosas, porque es muy enamoradiza, y
despliega en ese cuartucho todas sus fantasías, sintiéndose acariciada por los
hombres que se encuentra a diario, casados y solteros, un cuerpo contra otro
cuerpo, entre los que aparece la barriga de su marido, al que no ama, que
rápidamente elimina de su mente, volviendo a ese juego de seducción sin
palabras, lleno de besos y saliva, con la lengua salvaje y los labios activos, en
una lucha de bocas, de manos, de murmuraciones, de momentos llenos de
confusión, mientras ella balbucea y los hombres se enredan en su erotismo, y la
plancha cae al suelo y se rompe, como se rompe el afecto y su matrimonio, y de nuevo reclinada
sobre la tabla de planchar, exultante, provocando a todos los trastos que hay
en ese cuarto, donde, por minutos, se va recreando un homenaje a la
sensualidad. Pero después hay que volver a recomponerse, y olvidar, y llevar
los zapatos del marido para que los arregle el zapatero. La vida es triste.
Otro día más sin arreglar nada, excepto los zapatos. Y las camisas sin
planchar. Y el amor que escuece. Y el deseo que la llama y la instiga a
rebelarse. La vida en un grito. Quiere ser libre y seguir a la mano enamorada,
aquella que le acaricie en la ausencia o se pose en sus sombras, que son
muchas. Remedios está sedienta de realidad. Quiere ir, venir, salir de las
cenizas…
El zapatero se llama Ramón. En el pueblo todavía quedan algunos artesanos:
un hojalatero, un alpargatero…, herradores, herreros, cosecheros de uva, de
aceituna…, carpinteros, albañiles, encofradores… Por haber, hay hasta un
alcabalero. Ramón tuvo la polio. Siendo un niño, ya era cojo. Y al no poder
estar mucho tiempo de pie, decidió hacerse zapatero. Arregla zapatos, botas,
tacones, pone chapas a las suelas, cose el cuero a mano con una aguja grande e
hilo encerado, hace pelotas de cuero para jugar en el frontón, tiñe cualquier
alborga o escarpín, y hace los agujeros que sean necesarios en los cinturones.
Agujerea los cinturones como si agujerease la vida, con tal de que aprieten un
poco más el perímetro del dueño de la correa. Hubo una época en la que también
hacía carteras de cuero para los niños chicos que iban a las Monjas
Trinitarias, que eran unas escuelas de parvulitos que había en el pueblo donde
adoctrinaban a los niños y los entretenían para que los padres pudieran
trabajar. La cojera la tenía en la pierna izquierda y en el alma. Ese defecto
le hacía tener de manera permanente mal genio. Estaba enfadado con la vida y
lleno de reproches. Cuando hablaba o contestaba a alguna pregunta, de sus
palabras salía cierto desprecio, como si los demás tuviésemos la culpa de su
renquera. La pierna izquierda iba por su cuenta, independientemente del cuerpo.
Si le daba por subirse a la acera, los transeúntes que venían andando en
dirección contraria, al verlo venir, se bajaban, no fuera a ser que los
atropellara con aquel zapatón conectado al aparato ortopédico. Y entonces
decían para sus adentros: ¡Cuidado, que viene el Cojo Tíratepafuera…! Margarita Delanoir, la marquesa del chocolate
a la taza que vive en la calle Mayor en una casa con encanto, nunca le lleva los zapatos a Ramón. Cuando se le estropea alguno, directamente lo tira. No
le gusta el zapatero republicano porque cree que su familia tenía mucho que ver
con la URSS y aquel affaire del “oro de Moscú”. Lo considera un personaje del Guernica, cuando en el Guernica tan
solo hay nueve personajes: cuatro mujeres, un guerrero muerto, un hombre con una
bombilla y tres animales: un toro, un caballo y un pájaro. Estas señoritas…,
saben muchos idiomas, pero poco más. Muchas mañanas, se las pasa sentada junto
a la ventana que da a la calle. En cuanto se posa un herrerillo en la reja de
la balconada, donde tiene unos cuantos geranios, se levanta y corre los
cortinajes para proteger la intimidad
del hogar, unos cortinajes entre Versalles y aquellas cortinas que traían de La
Eliana, hechas con telas de alta calidad, pensando siempre en la
funcionalidad de los espacios. Esas piezas creadas por Bonisa, siempre le daban cierta excelencia a ese tipo de
habitáculos decadentes, sobre todo si tenían tanta humedad como tiene éste de la señora Delanoir, además de historia, que también la tiene, porque en la casa de la
marquesa había y hay mucha historia guardada en los cajones. Más de la que nos podríamos imaginar. Y
si sigue en los cajones es para evitar que vuelvan a supurar las heridas de la
Guerra Civil del 36. Muchas mujeres, ya ancianas, respiran por los encajes, que
es una frase que decía mucho Adela, la madre de Juan Manuel Montenegro, una
mujer muy leída que aseguraba que ese dicho lo había escrito un literato. Los
hombres ventilaban los pulmones llevando los botones de la camisa desabotonados
y descubriéndose de visera, que solía oprimir demasiado el pelo. La memoria
colectiva de este pueblo ha pasado de la discreción al olvido, quedándose en un
puñado de esquelas y unas cuantas placas en la pared del cementerio donde fueron
fusilados los milicianos, que tuvieron la oportunidad de que les dieran un
homenaje cultural, santificándolos por su entrega. La memoria histórica sigue
sin asearse y sin resolverse. No se trata de ponerse de un luto riguroso, sino
de dignificar a los hombres y mujeres que lucharon por la libertad, y no
dejarlos enterrados bajo cuatro montículos de tierra donde crecen los cardos,
las hierbas y las amapolas. El grito está en la tapia donde quedó incrustado el
plomo. Con ese gesto, este pueblo voló los puentes de la cultura. Lo otro, lo
que se dio realmente fueron actos de dudoso calibre que se quedaban en el
anuncio, en el eslogan, pero por dentro estaban vacíos de contenido. Aquello no fue más que un lavado de cara que, a día de
hoy, sigue estando sucia. Cuando arrecia el viento, todavía llega el olor a
pólvora. Al final, todo se quedó en un saludo con la brisa del atardecer y
cuatro personajes, reconociendo que un pueblo sin personajes es un erial por
donde se pasea el verano lleno de moscas y silencio. El problema de los personajes
es que suelen ser molestos, tangentes a la cultura oficial, y van por libre,
pero son los que marcan el latido de la actualidad o la parte fascinante de
otros tiempos. Marcan la horquilla en la que se mueve la resistencia a lo
establecido. Y claro, no interesan, excepto para teatralizar la vida o darle un
poco de glamour a un municipio insípido, tan insípido como la sopa que,
a pesar de la que está cayendo en este agosto encendido, en
algunas casas se sigue haciendo sopa para toda la semana. Cuando llega el
viernes, la sopa está algo ácida y solo sabe a la harina de los fideos, que
llevan días peleándose entre ellos. En realidad, sabe a la sangre del fideo cabellín, porque, aunque no lo creamos,
un fideo tiene su orgullo, como lo tiene la angula, que es la prima hermana de
los fideos, pero que vive en el mar.
A medida que se acerca la semana de las fiestas, los días se van afinando
como se afina un arpa, al apretar las clavijas, pero lo que realmente se
aprieta es el bolsillo de los vecinos. Y
eso se nota a la hora de las compras, y en el corte de pelo, y en el bigotillo
que se dejan algunos, y en los gemelos de los puños de la camisa que estaban en
un cajetín del baúl, y en la gargantilla de oro para el cuello, y en el jarrón
con flores que hay en la entrada de la casa, que da la bienvenida a los
foráneos que se acercan por estos lares a vivir la alegría de unos días tan
señalados. Las fiestas le dan continuidad a la vida, además de ánimos para
poder aguantar y seguir despiertos, aunque, una minoría, siga saliendo a la calle con sus escudos y sus
banderas, ebrios de patria, siguiendo el tufo y la metáfora del vino, que por
estas tierras es el líquido a tener en cuenta, ya que actúa sobre los
sentimientos. Un chato de vino, unos altramuces, aceitunas con sosa cáustica y
unos cacahuetes, sentados en unas sillas de enea
alrededor de un pupitre o de una mesa pequeña, más la música de fondo, ya se
trate de Miguel Molina o de Farina, más unas cintas y papeles de colores, un
perímetro de cañas y juncos traídos del río…, y una techumbre de “tente
mientras cobro”, y ya tenemos una de aquellas cantinas que se hacían cuando llegaba la feria y
donde se bebía y se disfrutaba sin lujos de aquello que le ofrecía la vida a la
gente humilde, capaz de aprovecharse de
esos momentos de magia que ofrecía la luna, la misma que por las noches se
ponía golfa y dispuesta a todo, no fuera a ser que la soledad hiciera de las
suyas. Y venía otra botella de vino tinto o rosado, y otro brindis, y otro
arenque en salazón, la vianda salada que acompañaba al morapio, que ponía en
pie a la parroquia cuando Mariano se “estiraba” por un fandango campero, con el
gaznate y el corazón calientes, embelesando al público y al cantinero, que en seguida
invitaba a otra ronda para que la noche siguiera perpetuándose bajo aquellas
luces de colores colgadas sobre las cañas, que habían sido traídas del río Cabriel.
Tambores y trompetas en las dulces tardes de los días siguientes. El calor
ha remitido, en parte. Las mañanas son suaves y las noches frescas, sobre todo cuando
aparece el Solano, que es como si apareciera la verdad sin capa y sin espada.
El frescor anima a salir del interior de las casas y acercarse a la verbena,
entre boleros y pasodobles, y algún vals de las mariposas, que las gentes bailan
acompasadas, creando, en cada movimiento, muchas figuras entre las luces del
recinto, a medida que disfrutan de la música.
Manuel y Manuela bailan despacio, apoyándose ambos en cada “M”, en ese amor joven de cuando
eran novios, que aún dura, aunque se manifieste de manera distinta a como lo
hacía en aquellos días de ilusiones, de celo y miradas furtivas, de paseos por
las calles buscando un rincón donde robarle un afecto al deseo, tan lleno de
flores y de ramas y de formas, porque la forma era el envoltorio donde se
guardaba aquel sentimiento recién florecido. Bailan acompasados con las
mayúsculas guardadas para cuando llegue el momento y la danza se transforme en
un rumor de rumores sobre la cama del dormitorio donde seguirán escuchando la
orquesta de la verbena y las voces a lo lejos, siguiendo las propuestas que
trae la noche antes de que se terminen las fiestas. ¡Por las fiestas…!



1 Comentarios
Qué sensibilidad tienes para tejer los pequeños detalles …
ResponderEliminar¡Me encanta!