Hoy es el lunes de los olvidados, de la
nostalgia atemporal, y de las almas románticas, de esos ambientes en los que se escuchaba a Brassens y los gritos de las huelgas, de aquella postal que hizo del
cielo Jaime Gil de Biedma al llegar a
París. Hoy es el día del instante, de la intensidad, de recordar aquellos
momentos felices que vivimos, como hoy, en el que la vida nos devuelve la voz, las
canciones robadas y las llaves, porque hubo algunos que las perdieron ayer, justo en el momento en el que el amor venía definir el domingo, porque, cuando se ama, se suelen perder las llaves y
la cordura también. Después, uno ya no se acuerda de lo que pasó, pero sí de
que mereció la pena. Uno solo se acuerda de eso, de que jamás había vivido tanto ni
tan rápido.
El sonido acústico de la melancolía nos
abraza en otoño y, de paso, abraza a los
náufragos, a los vagabundos, y a ese tenor que da el do de pecho en la calle
del Carmen en una mañana fría, antes de poder desayunar. Es la confesión en toda regla de una canción inocente. Una música
de la que se hacen versiones con el desgarro de la necesidad, aunque la
reputación esté por los suelos. Canciones de otoño entre la decencia humana,
los primeros rayos del sol y una taza de café. Morir por las ideas o ponerse a
vivir y a arreglar el mundo, que es un juguete roto que se estropea muy a
menudo. Canciones en vivo a pie de calle, entre las gitanas que venden lotería
y los transeúntes que acuden a la llamada del destino, que algunas mañanas
suena como una trompeta. Letras, respeto y agua para beber. La vida desde un
rincón, en una esquina, en un escenario donde se ganan la vida aquellos que olvidaron
la bandera de la fama en un camerino y que enarbolan ahora la de la libertad. Huellas
de aquella vida con subtítulos en francés, de aquellas canciones, de aquellos
tiempos en los que el pasado se iba borrando sentados en los bancos de los parques
públicos, mientas aprendíamos a definir
lo que era la libertad, que en francés sonaba de otra manera: Liberté, Égalité,
Fraternité.
Afuera quedan los hechiceros y los que son
capaces de romper el silencio, tras lavarse la cara en una fuente pública. Y
los gatos, después de estar de juerga. Calles sin puertas, sin recibidor, sin
un espejo donde poder contar su historia. Versos, trincheras y muchas miradas
de las gentes que atraviesan la ciudad. Reflejos en un ojo dorado, en la otra orilla, y gente diversa
y alegre, combativa. Los Olvidados,
de Buñuel, que traen un perfume fresco y dejan un aire limpio por donde pasan.
Brújulas de los nuevos tiempos, de la nueva gente, que, como diría Alfonsina
Storni, “corre, camina, gira, sube y vuela”, mientras se miran los unos a los
otros y se quedan callados, porque a veces no hay mucho más que decir cuando
todo está dicho, cuando ya se han ido todos y han puesto rumbo a un otoño lejano y gris, con las hordas
saliendo hacia el exilio, a la aventura, bajo un cielo con mucho desencanto. De nuevo la huida, la vieja
realidad, el viejo camino, el viejo barrio. Y la vieja indiferencia, que irá
dejando un planeta vacío.
Hoy
también es el lunes del pespunte, del
roto/El Roto (la viñeta), y del zurcido,
o del remiendo y las costuras, porque, cuando la vida se nos atraganta, siempre se descose algún trozo del alma, que,
primero, hay que hilvanar y, después,
terminar de confeccionar de manera artesanal
o en la máquina de coser, que, dicho sea
de paso, lleva un tiempo sin que se le haya cambiado la aguja y, claro, la
Singer tiene sus momentos. Tejer
y destejer, e ir de la puntada al parche. Coser a destajo y hacer un hueco entre prenda
y prenda para darle unas caladas al cigarrillo. Y vuelta al surco, que suele
ser un atelier que hace de modistería, donde se cosen alas para que vuelen los
diablos o los inoportunos. La vida ha cambiado muchísimo…, tanto que solo gira
en torno al dinero o de una obsesión. De
ahí que por la tarde la vida sea todo un rosario de reproches por donde jamás aparece el enemigo, ya que, en
lo que va de siglo XXI, hemos cambiado hasta de enemigo, si bien se siguen revisitando
los mitos, aunque la “tabla periódica” de la mitología se ha quedado en una lista más pequeña que la de la
compra o de los equipos de fútbol que
conforman la quiniela. Así que tenemos al diablo volando, al enemigo con una cara
fabricada por la IA y los mitos en la lumbre. Todo anda manga por hombro. Suele
pasar todos los lunes, que es cuando toca coser y cantar, y coger el legendario
huevo de madera para fijar el agujero del calcetín y reparar el roto, porque
nunca fue igual un roto que un descosido, ya que el primero, el roto, siempre
dio mucho más juego literario, como toda metáfora, como lo
dio la puntada sin hilo, ya que hay quienes son unos especialistas en este tema,
sobre todo en las tertulias, en las reuniones o en las cenas de Navidad, en las
que el champaña hace de las suyas. Coser, bordar y amar. Historias y recuerdos.
La hebra, la tela y el punto de cruz, con el que aprendimos a hacer nuestras iniciales,
cuando la ropa tenía nombre, que era un salto hacia la distinción, un símbolo
del estatus y de la exclusividad. Pero nosotros éramos demasiados anónimos, gente
a granel, gente pobre y muy repetida, como
las calcomanías, con funciones subalternas, a la que se le iluminaba la mirada
cuando sonaba el timbre de clase y salíamos corriendo para saludar a nuestras
compañeras en uno de los pasillos y no en
la clase de Labores, que era exclusiva para las
niñas, donde se daba Economía Doméstica e Higiene, y se hacía vainica, amén de
coser y bordar. Una enseñanza diseñada por el tardofranquismo para las féminas
diestras, ya que las zurdas no tenían su bendición y eran desterradas a otros
menesteres. Todo régimen tiene sus mártires. Pero lo
que no sabían aquellos fascistas es que las niñas zurdas eran pícaras y ambidextras,
y con una mano remaban y con otra tocaban la zambomba.
Recuerdos sin fisuras para no dejarle
entrar al miedo, cogidos con pinzas. Un trapo cosido y una funda de almohada
remendada. Hilos de las fisuras y de las caídas, los hilos de las costuras, hoy
lunes, de la hebra que une una tela con otra y un cuerpo con otro, y su
mandato, el mandato del deseo, a nuestras edades, preparados
para el encuentro y cosernos el uno al otro, y espantar así la soledad,
tan necia en algunas ocasiones, antes de que venga la noche y nos quedemos a oscuras,
ahora, en seguida, con la camisa desabrochada y el rostro fermentado, y el ruido del último
botón, del siguiente latido, volviendo al deseo, al gozo, descosiendo la vida y
uniendo los labios para dejar de estar muertos y seguir yendo y viniendo como
hace la aguja cuando entra y sale y borda el amor sobre la piel en este otoño
tan francés.


1 Comentarios
¡Buenísimo!
ResponderEliminarMenudo cierre más poético…coser un cuerpo con otro a través de los besos para espantar la soledad y ganar a la muerte. ¡Brutal!