MIRAR HACIA DENTRO

 

Mirar hacia dentro es aceptar las sombras. El equilibrio está en mirar hacia dentro y  vivir hacia fuera. Todo un reto. Queremos ser  fuertes, indestructibles,  indiferentes, pero en realidad estamos cansados, tenemos miedo y ocultamos nuestra debilidad.  Cuesta quitarse el envoltorio. Por eso, un  buen día decidimos que preferíamos vivir  con la máscara puesta. Pessoa, el escritor  portugués, era un coleccionista de máscaras. Era un gran fingidor. Dentro de él llegaron a vivir algunos genios. Nombres y voces. Casi 316 nombres y más de setenta personajes. Entre ellos, hubo algunas mujeres. Él también fue otro personaje, un personaje complejo, que creó los heterónimos que escribieron sus mejores novelas. No eran pseudónimos, sino nombres y apellidos con  unas biografías cargadas de datos: edad, lugar de nacimiento…Los heterónimos más cercanos o más utilizados fueron Bernardo Soares, que firmó uno de los textos más singulares, El libro del desasosiego; Álvaro de Campos, nacido en 1890, en Tavira, cerca del Algarve, que en uno de sus famosos poemas decía “no soy nada, nunca seré nada, no puedo querer ser nada";  Alberto Caeiro, natural de Lisboa, que nació en 1889 y murió en 1919; y Ricardo Reis, nacido en Oporto en 1887,  del que no sabemos mucho, ni tan siquiera el año que murió, pero lo que sí sabemos es que, cuando, en 1910,  se proclamó en Portugal la República, dado que él era monárquico, se marchó a Brasil. La voz de Pessoa se multiplica y se convierte en un viaje de almas, de otros cuerpos y de otra literatura. Se inventa una poesía plural.  Fue el inventor de un universo de egos: siendo todos los nombres uno solo. Decía: ―”Sigue tu destino, riega tus plantas, ama tus rosas. El resto es la sombra de los árboles ajenos”. Su vida estuvo dedicada a explorar el alma humana desde múltiples miradas: ―”Vivir no es necesario; lo que es necesario es crear”.  Valoraba la intensidad de las cosas y no el tiempo que duraban. Por eso, para él, existían momentos inolvidables y personas incomparables.  Y cuando creía que el camino que había cogido lo llevaba a los mismos lugares de siempre, cambiaba de camino. No quería quedarse al margen de sí mismo. Aseguraba vivir una vida falsa en la convivencia con los demás. La zozobra de querer ser otro lo llevó  a pensar que había heredado la locura de su abuela Dionisia. Fue un caso de personalidad múltiple. Tanto los apócrifos de Machado  como los heterónimos de Pessoa son producto de una época: ― “¿Pensáis que un hombre no puede llevar dentro de sí más que un poeta? Lo difícil sería lo contrario, que no llevase más que uno”. (Antonio Machado. “Juan de Mairena”). Son los comienzos de la inspiración romántica. Se buscaba un espíritu que tuviera pluralidad de espíritus (Schlegel). Muchos escritores comenzaban a ocultarse tras un pseudónimo: Azorín, Clarín… Kierkegaard lo justificó diciendo que algunos autores necesitaban mantenerse  imparciales e impasibles. Fuera como fuere, hay quienes opinan que Pessoa no inventó personajes, sino que inventó personas a las que les daba vida y luego desaparecía detrás de ellas. Dejó un baúl de 27.000 páginas firmadas con nombres que no eran el suyo. No era un hombre el que escribía. Eran varios que no podían dejar de hacerlo.

Fue un mago, un escultor del lenguaje. Nació en Lisboa en 1888 y murió en la misma ciudad en 1935.  Murió solo en la cama del hospital. Vivió entre la poesía, el periodismo, la publicidad y el comercio. Buena parte de su juventud la pasó en Sudáfrica, donde estudió inglés, idioma en el que también tradujo y escribió poemas. Quizás lo más fascinante es que Pessoa mantenía correspondencia entre sus propios personajes, creando diálogos y críticas literarias entre ellos. Una práctica que desafiaba las nociones tradicionales de autoría e identidad, lo que lo convirtió en un autor único que necesitó ser muchos para poder ser él mismo.  Llevaba dentro demasiadas voces. Era un hombre lleno de gente. Y si bien publicó en vida, especialmente en revistas, la parte fundamental de su obra quedó inédita y fue publicada durante todo el siglo XX.

 Poeta de las multitudes, de las caras, de los gestos, de las edades, de infinidad de vidas…, aunque luego aseguraba que no se acordaba del día, ni del mes en el que vivía. Con él vamos viendo los principios del sensacionalismo:  “Sentir es comprender. Pensar es equivocarse. Comprender lo que otra persona piensa, es estar en desacuerdo con ella. Comprender lo que otra persona siente, es ser ella. Ser otra persona es de una gran utilidad metafísica. Dios es toda la gente.” Fernando Pessoa se multiplicó, se desnudó, se extralimitó, se desbordó, y se entregó con la única intención de sentirse a sí mismo. En cada rincón de su alma había un altar para cada dios diferente.




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