La banda sonora apuntala con sus sonidos y su música las imágenes diarias antes de que sean comercializadas por las televisiones, donde convierten el drama en un reality, en el circo mediático, unas cadenas encimas de las otras, buscando el share y devorando contenidos. El éxito viene bendecido por la estupidez. El tiempo se monetiza, ya que a los directivos les fascina los resultados y el dinero, sin importar los escombros que deje. Al dinero, no le dejan ni que se enfríe y que se convierta en lingotes de oro. Les gustan los billetes. Con ellos hacen barquitos de papel, sin nombre, sin timón…, y sin bandera.
El 23-F fue otra puesta en escena de las cloacas para que luego se pudiera hacer una serie de cuatro capítulos. La democracia estaba en camisón y ahora está con el mono de trabajo, mientras le dan una mano de pintura. Todo son parches sobre la goma, en la recamara de los palacios, entre alfombras, tapices y moquetas. El día que se limpien y se saquen para que les dé el aire en los balcones, van a salir volando todas las golferías, las mentiras, las manipulaciones, la pelusa, y el miedo. En las instituciones estuvo escondido hasta el miedo. Se podía oír en los baños, al tirar de la cadena. Nos hemos pasado muchos años ensimismados con la democracia y cubiertos con el chal de la patria, que siempre nos deja un tanto helados. Cuando le abran la puerta a los papeles y los desclasifiquen, nos vamos a acordar hasta del apuntador. Y del relato, del cómo nos lo contaron para que nada cambiara, ni la raya del pelo, ni las reuniones clandestinas, ni los retablos barrocos, ni los intereses, ni la luz de La Transición, que era una triste bombilla de 125v. Memoria y secretos, y de nuevo las urnas de cristal por donde se veía el tongo de la socialdemocracia, que aprobó las oposiciones y nos metió en la OTAN como el que se mete un gol en propia puerta con la ayuda de Butanito, que no era otro que José María García, en el programa de Jueves a Jueves, conducido por Mercedes Milá, cuando la tentación venía de arriba.
Y esa era la letra y la música de aquella canción de encargo, que ahora se intenta revitalizar, o remasterizar, por si alguien se olvidó de alguna frase o de unas cuantas corcheas, no fuera a ser que… La banda sonora espantaba a los pesimistas (y no digo a las moscas porque era invierno) y Moncloa mandaba al chico de los recados hasta el Metro de Suances para que todo estuviera dispuesto para la primera plana del periódico: “Obras son amores, que no buenas razones”, y órdenes son órdenes, y se cumplen. Así quedó aquel 1986, después de que los dirigentes se rasgaran las vestiduras y con las cortinas se hicieran uniformes. La cosa iba quedando clara, mientras la intelectualidad subía por la escalera de caracol hacia el campanario o se aproximaba a Julio Anguita, el Califa, que casi llegó a mear fuera de tiesto cuando pensó en aquello con Aznar.
Sombra aquí, sombra allá…, maquíllate… Maquillajes varios: la cubertería, nueva; el balance, lamentable; la sopa de ajo…, aguada; y la chepa de la historia, creciendo, mientras le íbamos haciendo un hoyo a la esperanza. Episodios oscuros, episodios nacionales, colecciones de incongruencias para corroborar que la historia va por libre, que detrás de cada suceso épico hay un engaño y detrás de cada juego de tronos una señora vestida de luto, con la lágrimas negras cayendo sobre las causas perdidas y sobre los olvidados, los marginales desnudos de Buñuel, sobre todo cuando se reina por partes, a trozos.., con la mano larga y la puerta cerrada. Trozos del verdadero retablo, de la luz que entraba por los ventanales y que las emociones del alma no nos dejaron ver. Quizás no fueran las emociones sino el ruido, porque hubo mucho ruido de sables para que aquello fuera más creíble y más operístico, más musical..., si cabe, de tal manera que se jugaba con los extras y con el público, de tal modo que, llegado el final, todos se pusieran de pie y no dejaran de aplaudir aquella obra tan mediocre en la que la verdad estaba entre bastidores.


1 Comentarios
¡Muy bueno!
ResponderEliminar