Vuelve
a ondear la bandera del marujismo,
tras la colada, que ahora, en algunos hogares, ha pasado a manos del hombre
moderno, al que la mujer llama “mi
pareja” o “mi compañero”. Vuelve el blanco nuclear sobre las terrazas o los
balcones donde ondean al viento las banderas de la igualdad, del mal llamado marujismo, tan despectivo, que venía a
definir todo aquello que pensábamos que no haríamos. Hasta que llegó la hora, que es el título de un western dirigido
por Sergio Leone y con una banda sonora de Morricone, que habla por sí sola,
como también hablan las sábanas cuando el que pone la pinza es el macho, el
nexo de unión entre la familia y el amor, todavía sin afeitar, con la camiseta
de dormir, y tarareando una canción, contento en su nuevo papel, lejos ya de
las cavernas, de Altamira, porque el nuevo orden es una tierra llena de sueños.
La
mujer ha resucitado al macho y lo ha convertido en nuevo hombre que sabe
deslizarse por la ternura como si fuera un tobogán que lo lleva a la gloria.
Han vuelto las sábanas y el hombre, el compañero que ha abandonado el sofá,
sube presto las escaleras y pone una pinza aquí y otra allá. Al bajar, la niña
se le echa en sus brazos y la mujer le da un beso. Son detalles que mantienen
unida a la familia. Lavar la ropa es lavar al mismo tiempo los sentimientos,
porque en la lavadora se junta todo: lo blanco y lo de color; el amor y el
deseo; los besos y el destino; las estrecheces y la alegría.
Las
sábanas están llenas de las emociones de la noche y proyectan algunas sombras sobre
el cielo. Ondean alegres y limpias como las velas de una embarcación que se
hace a la mar. Todo está tranquilo, después de la lujuria, la búsqueda del otro
en la noche, con el deseo desbordándose por la cama, hasta el punto de que se
estremecían hasta los cuerpos.
Los
sábados, en los balcones, ondean al mismo tiempo el cuerpo y el alma, mientras
desayunan y se preparan para salir y balancearse sobre otro sueño. La vida es el
trono de la rutina, de la verdad y de la fuerza. La mañana ha puesto a secar
las sábanas, las toallas, las servilletas y el mantel, sobre el que regresará la familia para hacer con el pan cuantas mitades sean necesarias,
mientras la luz de la cocina, porque los sábados comen en la cocina, los envolverá
con la dulzura del cobre, con las cuatro bombillas que tiene la lámpara del
techo, con esa habilidad y esa grandeza de hacer a cada miembro más humano
que nunca. Cada cual en su papel, con sus sombras, con su voz, y con su risa,
porque mamá ha soltado una frase y todos han comenzado a reírse como
indolentes. Casi se atragantan, pero no importa. La mesa de la cocina es como
un santuario en el que los cubiertos tocan una música como si fuera ejecutada por un órgano.
Todo tiene su ritmo, su decorado, sus rostros…
La
lavadora pone a funcionar el día, sin más trámites que unas cuantas pinzas. El
desayuno arranca el motor de cada cuerpo. La ducha se lleva el pijama, la otra
piel. Y los buenos días y el beso ponen el acento para seguir viviendo.
Después, encadenados, se echan a la calle a seguir con las horas, con lo que
queda del día… Esto no se enseña: se mama. Lejos queda la oscuridad de aquellos
días en los que la familia era un ensayo sobre la violencia por donde siempre
aparecía el déspota.


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