Ha
comenzado la restauración del Juicio Final, de Miguel Ángel, en la Capilla
Sixtina. Veintidós años después de que pintara la bóveda por encargo del Papa
Julio II, el pintor fue llamado por
Pablo III Farnesio, el nuevo Papa, para pintar en la pared del altar de dicha capilla el
mayor fresco que se había llevado a cabo hasta entonces. Estamos en 1534. Terminada
la obra, el pontífice, al verla, se emocionó de tal manera, que,
arrodillado, se puso a rezar. Los
restauradores afirman que “no podemos acostumbrarnos jamás a tanta belleza”.
El Juicio Final se asoma a nuestras vidas diariamente con tan solo escuchar las noticias o las bombas. La obra va dirigida al mundo de los justos en la que la vara de medir trae la recompensa, la vida eterna en el cielo, o el castigo. Una inmortalidad que, a través de los siglos, ha llevado al alma a un viaje interminable por el universo, con distintas escalas: el cielo, el purgatorio o el infierno. El primero, dedicado a los que obedecen sin rechistar el mandato divino; el segundo, el purgatorio, es el vestíbulo o la estación de la ITV por la que debe pasar el ser humano inseguro, dubitativo, antes de acceder a la gloria; y el tercero, el infierno, amén de ser un lugar indescriptible, representa la derrota, el fracaso, la huida, mientras caminamos descalzos sobre el fuego, con las botas en la mano, y una dotación de bomberos intenta apagar las llamas.
Miguel Ángel realizó una composición que giraba en torno a una figura
central, que venía a ser un Cristo musculado, un titán que superaba la grandeza
de cualquier dios clásico. Los expertos aseguran que el autor se inspiró en el
Apolo de Belvedere, obra del siglo II d.C, que se encuentra en el Museo del
Vaticano, un dios pagano, al que el pintor le cubrió la espalda y el hombro
izquierdo con un manto púrpura, que es el color de la penitencia, queriendo dar a entender que la gracia solo
se le otorga a quienes asuman la fe de forma libre y voluntaria, es decir, a los que se inclinan ante esa figura divina como se inclinaría cualquier esclavo, ya que el tiempo de la
misericordia se ha acabado. Ha llegado la hora de obedecer en el reclinatorio,
con la cabeza baja y la mirada sostenida sobre esa figura imponente, que los va a juzgar.
Es el momento de la justicia. Todos desnudos, sin un sastre que los vista, tiritando, asustados... Multitudes amontonadas, casi surrealistas, presas de la
fatalidad y de la angustia, extrañas…, híbridas…, diría yo, en tanto que el reloj de la medianoche, ese símbolo infalible que va marcando el tiempo, nos vuelve a recordar que ha llegado el momento, el minuto decisivo. Pero…, ¿realmente, estamos ante el final de nuestros
días? ¿Se acerca el fin de la humanidad…? ¿O la tierra vivirá para siempre, como se
afirma en la Biblia… ? Demasiadas preguntas, quizás, cuando de lo que hablamos
es de la restauración de unas pinturas maravillosas donde tal vez haya más
soberbia que belleza, más doctrina que justicia, por no hablar de la voluntad
endiablada de poder, tan antigua, ´de la voluntad de sometimiento y desequilibrio, de imponer
un credo a través de unas pinturas, que sirven como advertencia y como metáfora,
superadas hoy con creces con el alcance de ciertas tecnologías, bastante peligrosas,
por cierto, capaces de destruir nuestra civilización. Creo que ha llegado el
momento de salirse del cuadro, por mucho alboroto que se forme en el cielo.
Nadie borrará jamás la belleza, que seguirá existiendo sin un juez justo y
riguroso. Sinceramente, no deseo que me juzgue nadie. Albert Camus, decía:
-“¿Quién nos juzgará en un mundo donde nadie es inocente…?”.
El
Juicio Final ha recuperado los colores y nosotros tenemos que recuperar la
cordura e ir descubriendo los secretos de esa leyenda que siempre nos tuvo en
ascuas, sobre todo cuando lo que nos propone es un destino hecho por un ebanista que merma la figura humana, su individualidad, su dignidad, y sobre todo su libertad. Un retablo sin sexo, con figuras
desconocidas, puesto que, entre ellas, no están nuestros amigos, ni nuestros
familiares, tampoco las chicas del barrio, tan espléndidas, ni el cojo, que es
ateo, o el príncipe valiente, que es un chapero con pinta de Adonis, vestido de
Hugo Boss. Tampoco está don Luis, el maestro, que era republicano; ni Belcebú,
el perro; o Saturnino, que hablaba con los astros; o doña Margarita, que
organizaba alguna bacanal que otra; ni la botella de wiski, que sabía a lejía. Por
no aparecer, no aparezco ni yo, aquel niño al que le hacía reír la bruja de los
cuentos o la hija de Paquillo, que era estrábica, y me hacía burla sacándome la
lengua. Luego, se acercaba y me propinaba un beso. Fuimos novios, siendo niños. De mayores…, había
unas distancias insalvables entre nosotros, y no pudo ser... Así que..
Yo prefiero uno de esos frescos en los
que todos aparecemos despojados de las formas majestuosas de palacio, que se
daban bastante en las pinturas de encargo, uno de esos frescos repleto de artesanos y señoras
y transeúntes del siglo XXI, los que votan y cotizan al fisco, los que intentan
ser honrados todos los días, sin necesidad de que nadie venga a inmortalizarlos
como se hacía con aquellos ángeles de Pegurino o con los demonios pecadores, cuando el pecado no
existe. Lord Byron, decía: -“Me arrepiento de los pecados que no he cometido”. Unos, los que ascienden, colocados a la derecha; a la izquierda, los
desterrados, los que han decidido incumplir las órdenes de un dios todopoderoso y
terrible que intenta asustarlos con esos cuatro grafitis perfilados sobre la
pared, por donde aparece también Caronte, como era de esperar, porque Caronte
siempre está en todas las salsas haciendo la recolecta final, cuando, en nuestra sociedad, desde bien temprano, el viejo barquero es sustituido por las casas de seguros, que se hacen con los decesos, se apoderan del
negocio de la muerte. Desde entonces, la
historia dio por amortizada la penitencia de la carne y todas aquellas representaciones
que se hicieron de ella. Ahora todos vivimos despojados de formas, de esquemas,
también de los votos de castidad, ya que el proyecto de vida lo solemos llevar
siempre con nosotros mismos, sin que nadie nos lo tenga que
recordar a cada paso. El arte también es el código, la tiranía del poder, la
doctrina de quien paga, por muy bello que sea. Lo ambiguo siempre viene a
definir el castigo. Por la noche
estrellada se pasean los servicios secretos del cielo. Y no podemos caer en la
tentación…, más líbranos del mal… A cualquiera le dan gato por liebre.


1 Comentarios
¡Buenísimo!
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