Regresan
los tiempos del ego, de ese enigma que siempre despertó bastante curiosidad en
los demás. Retumba sobre nuestras cabezas el eco de nuestra identidad, de
nuestra arrogancia o de nuestro narcisismo. Regresa la infancia en estado puro y ese mundo interior,
tan desconocido, en pleno desarrollo y en plena batalla con el
deseo, con los impulsos, mientras le echábamos un pulso al inconsciente, tan
temido, que, de vez en cuando, nos
dejaba a los pies de los caballos. Regresa aquel juego peligroso en el que desarrollamos un egocentrismo insoportable, ya en plena adolescencia, y que nos guio hasta el precipicio. Y, aunque jóvenes,
sabíamos perfectamente que aquello era un timo, pero le
obedecíamos. Por vanidad, por pura vanidad. Y, cuando le venía en gana al señor ego, nos
volvía a engañar. Si, por un casual, nos atrevíamos a preguntarle, o
cuestionábamos cualquier actividad que nos imponía, la contestación era la de siempre: -“Yo soy
Tú”. Y nos la creíamos. Y nos la creíamos porque, con aquel juego, lo que realmente fuimos
creando no fue otra cosa que una forma de culpar a los demás de nuestros
actos, de nuestros errores, ya que en el espejo de nuestra habitación no cabían otros puntos de
vista. Tampoco tenía cabida la culpa. Como se sabe, un ególatra es un ser sin
conciencia. Y, claro, como dice Iván Durán, para quienes disfrutan haciendo de
sus propios jueces, “el ego es un hotel de cinco estrellas”.
Regresa
el “sabelotodo” y sus réplicas, el que arruina su memoria y se arruina a sí
mismo, el pelma, el que borda con la lengua y yerra con el mensaje…; regresa el
manipulador, el envidioso y el piojo, el que se apropia de lo que saben o dicen
los demás, y que además lo hace de manera silenciosa, sutilmente, hasta que un día se cae
del andamio y se le ven las falsas ideas y la escasez de valores, se le ve el
tanga y el tango, el color de los sentimientos, a medio de elaborar, algo
amarillos, que de siempre fue el color de la locura, porque la locura también
crea, aunque sean monstruos.
Hoy es
el día de los arrogantes, que están protagonizando un desfile sin precedentes,
al no saber sujetar el ego, que siempre se esconde en el último lugar en el que
nos pondríamos a buscar, en el más inconcebible, porque el ego es un camaleón,
un superviviente de la jungla. El problema es que, por donde pasan estos
engreídos, además del tufo que dejan, generan un escándalo impresionante, entre
caótico y vergonzoso, al no controlar
las apariencias, cuando no se ponen a boxear con quien sea. O a escribir, o a pintar…
Pero sus versos son muy malos..., todo hay que decirlo.
Del “yo”
pasamos al “nosotros”, de la minucia al todo…, hasta que nos cansamos, porque
el ego es muy poco voluntarioso y acostumbra a disfrazar sus pensamientos, y también los nuestros, que es una manera de no tener que moverse de sitio, ya que el gachó, además de vago, no conoce límites, e igual se viste de Spiderman que de la Ratita
Presumida. El caso es llevarnos donde él quiere…, y anularnos, sin que
sepamos, que, al final, los que vamos a pagar la cuenta del destrozo vamos a
ser nosotros. Pero, hasta que logremos ver la luz, entretanto, somos sus
prisioneros y vivimos en su cárcel, cuyo guardián no
es otro que él mismo, ya que hoy se disfraza de carcelero y mañana de
diablo… Y, vestido de esa guisa, nos vigila para que no nos asomemos a la verdad, como diría el Dr. Deepak Chopra. No hay enemigos externos. Nuestros
enemigos los crea el ego. Así lo entiende Peter Fansgy.
Yo,
me, mí, conmigo… Formas de la primera persona del singular.. El pronombre
personal y la persona. “Me lo guardo para mí”, “me lo llevo conmigo”… Es la nueva gramática contra ese Yo, yo, yo…,
tan personalísimo, porque, como viene a decir Obadiah Harris, “tu mayor enemigo
es tu propia ignorancia”. El hombre y el personaje en un constante duelo, llevado por la fascinación de los otros, a los
que les sopla en el nuca, mientras sufre, y le da la espalda a lo más simple,
ya que vive en una confusión continua. El ego herido o muerto, al que le vendría muy bien un baño de humildad, que es por
donde se mide el tamaño de una persona, puesto que el ego es muy ruidoso y
propio de los psicópatas, a los que, por cierto, el mundo les da la razón.


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